1 Timoteo 6: El peligro del amor al dinero

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Los que quieren hacerse ricos caen en tentación y en red, y en muchos deseos insensatos y peligrosos de cosas prohibidas, deseos que sumergen a las personas en un mar de ruina y pérdida total tanto en el tiempo como en la eternidad. Porque el amor al dinero es la raíz de la que brotan todos los males; y algunas personas, en su afán por poseerlo, han sido tristemente descarriadas, y se han visto atravesadas por innumerables dolores. Aquí tenemos uno de los dichos de la Biblia que se citan mal más corrientemente. La escritura no dice que el dinero sea la raíz de todos los males; dice que el amor al dinero es la raíz de todos los males. Ésta es una verdad de la que los gran des pensadores clásicos eran tan conscientes como los maes tros cristianos. « El amor al dinero decía Demócrito- es la metrópoli de todos los males.» Séneca habla del «deseo de lo que no nos pertenece, del cual brota todo el mal de nuestra mente.» «El amor al dinero decía Focílides- es la madre de todos los males.» Filón hablaba del «amor al dinero que es el punto de salida de las mayores transgresiones de la ley.» Ateneo cita un dicho: «El placer del vientre es el principio y la raíz de todos los males.»

El dinero no es en sí mismo ni bueno ni malo; pero el amor al dinero puede conducir al mal. Con el dinero puede que un hombre sirva egoístamente sus propios deseos; con él puede responder a la petición de ayuda de su prójimo necesitado. Con él puede facilitar el camino a las malas acciones; con él puede hacerle más fácil a otros el vivir como Dios quiere que vivan. El dinero no es en sí mismo un mal, pero sí es una gran responsabilidad. Es poderoso para el bien y poderoso para el mal. Entonces, ¿cuáles son los peligros especiales que conlleva el amor al dinero?

(i) El deseo de dinero tiende a convertirse en una sed insaciable. Había un proverbio latino que decía que la riqueza es como el agua del mar; lejos de calmar la sed, la intensifica. Cuanta más se obtiene, más se quiere.

(ii) El deseo de riqueza se basa en una ilusión. Se basa en el deseo de seguridad; pero la riqueza no puede comprar la seguridad. No puede comprar la salud, ni el verdadero amor; y no puede librar del dolor ni de la muerte. La seguridad que se
basa en cosas materiales está condenada anticipadamente a fracasar.

(iii) El deseo de dinero tiende a hacer a una persona egoísta. Si lo que le mueve es el deseo de riqueza, no le importará el que otros tengan que perder para que él gane. El deseo de riqueza fija los pensamientos de una persona en sí misma, y los demás se convierten en meros medios u obstáculos en el camino de su propio enriquecimiento. Es verdad que eso no tiene por qué pasar; pero pasa.

(iv) Aunque el deseo de riqueza se basa en el deseo de seguridad no conduce más que a la ansiedad. Cuanto más tenga una persona que guardar, más tendrá que perder; y tenderá a estar obsesionado por el riesgo de perder. Hay una vieja fábula acerca de un campesino que le prestó al rey un gran servicio, por lo que le recompensó con mucho dinero. Durante algún tiempo el hombre estuvo encantado; pero llegó un día cuando fue al rey y le suplicó que le quitara todo lo que le había dado, porque se había introducido en su vida una antes desconocida ansiedad de perder todo lo que tenía.

(v) El amor al dinero es fácil que conduzca a una persona a malas maneras de conseguirlo; y por tanto, al final acabe en dolor y remordimiento. Eso es cierto incluso físicamente. Puede forzar su cuerpo tanto en su pasión por obtener que arruina su salud. Puede que descubra demasiado tarde el daño que ha causado a otros su deseo y se vea abrumado de remordimientos.

El tratar de ser independiente y de proveer prudentemente para el futuro es un deber cristiano; pero el hacer del amor al dinero el motor de la vida no puede ser más que el más peligroso de los pecados.

Desafío a Timoteo

Pero tú, hombre de Dios, huye de estas cosas. Proponte la integridad, la bondad, la fe, el amor, la paciencia, la amabilidad. Pelea la buena pelea de la fe; aférrate a la vida eterna, a la que eres llamado ahora que has testificado una noble profesión de tu fe en presencia de muchos testigos. Te encargo a la vista de Dios, que hace vivir todas las cosas, y a la vista de Jesucristo, que en los días de Poncio Pilato testificó su noble profesión, que guardes el mandamiento, que te mantengas sin mancha ni vergüenza hasta el día en que aparezca nuestro Señor Jesucristo, cuya aparición mostrará en su propio buen tiempo el bendito y único Soberano, el Rey de reyes y el Señor de señores, el único que posee la inmortalidad, que mora en luz inaccesible, a Quien ninguna persona ha visto ni puede ver nunca, a Quien sea honor y poder eterno. Amén.

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