1 Timoteo 5 La corrección fraterna

1 Timoteo 5: La corrección fraterna

Si se te presenta la ocasión de reprender a un hombre de edad, no lo hagas con rudeza, sino exhortándole como lo harías con un padre. Trata a los más jóvenes como a hermanos; a las mujeres de edad, como a madres; a las mujeres más jóvenes, como a hermanas, con absoluta pureza.

Siempre es difícil reprender a alguien con benignidad; y para Timoteo habría veces que este deber fuera doblemente difícil -por tener que reprender a un hombre más mayor que él mismo. Crisóstomo escribía: «La reprensión es por su propia naturaleza ofensiva, especialmente cuando se le dirige a una persona mayor; y cuando procede de un joven también, hay un triple despliegue de atrevimiento. Por la manera y suavidad con que la administre debe hacerla más suave. Porque es posible reprender sin ofender, siempre que uno se lo proponga; requiere gran discreción, pero puede hacerse.» Es de temer que esta sea una asignatura pendiente en muchas iglesias.

La reprensión es siempre un problema. Puede que nos disguste tanto la obligación de dirigir una palabra de advertencia que la evitemos en todos los casos. Muchas personas se habrían librado del dolor y del naufragio si se les hubiera dirigido una palabra de advertencia a tiempo. No puede haber tragedia más impactante que la de oírle decir a alguien: « Yo no habría llegado nunca a encontrarme en esta situación si tú me lo hubieras dicho a tiempo.» Siempre es un error el callar la palabra que debía decirse.

Puede que reprendamos a una persona de tal manera que no haya en nuestra voz nada más que rabia ni en nuestra mente y corazón nada más que resentimiento. Una reprensión que se da solamente por ira puede que produzca temor; puede que cause dolor; pero es casi inevitable que cause resentimiento; y su última consecuencia bien puede ser que confirme a la persona equivocada en el error de su camino. La reprensión de la ira y la del enfado despectivo rara vez son eficaces, y es probable que hagan más mal que bien.

Se decía de Florence Allshorn, la gran maestra misionera, que, cuando era la directora de un colegio de mujeres, siempre reprendía a sus estudiantes, cuando hacía falta, rodeándolas con sus brazos. La reprensión que procede inconfundiblemente del amor es la única efectiva. Si alguna vez tenemos razones para reprender a alguien debemos hacerlo de tal manera que quede claro que no lo hacemos porque encontramos un placer cruel, ni porque queremos hacerlo, sino porque estamos obligados por el amor y tratamos de ayudar, no de lastimar.

El parentesco espiritual

Estos dos versículos definen el espíritu que se debe manifestar en el trato con personas de distintas edades en la familia de la iglesia.

(i) A las personas mayores debemos mostrarles afecto y respeto. A un hombre mayor hay que tratarle como a un padre y a una mujer mayor como a una madre. El mundo antiguo conocía muy bien la deferencia y el respeto que se deben a la edad. Cicerón escribía: « Es pues el deber de un joven el mostrar respeto a sus mayores, y el adscribirse a los mejores y más aprobados entre ellos para así recibir el beneficio de su consejo e influencia. Porque la falta de experiencia de la juventud requiere la sabiduría práctica de la edad para fortalecerla y dirigirla. Y esta época de la vida ha de ser protegida por encima de todo contra la sensualidad y entrenada para el trabajo y la resistencia tanto de mente como de cuerpo, para ser fuerte para cumplir los deberes del servicio militar y civil. Y aun cuando deseen relajar sus mentes y entregarse al placer, deben tener cuidado con los excesos y tener presentes las reglas de la modestia. Y esto será más fácil si los jóvenes están dispuestos a que se les unan sus mayores, aun en sus placeres» (Cicerón: De Officüs, 1:34). Aristóteles escribía: «A todas las personas mayores uno debe también dar el honor correspondiente a su edad, levantándose para recibirlos y encontrándoles sitios donde se sienten y cosas parecidas» (Aristóteles: Ética a Nicómaco, 9:2). Es una de las tragedias de la vida que los jóvenes encuentran muchas veces a los de edad un fastidio. Una frase francesa famosa dice con un suspiro: « ¡Si los jóvenes tuvieran el conocimiento, y los de edad tuvieran el poder!» Pero cuando hay respeto y afecto mutuos, entonces la sabiduría y la experiencia de la edad pueden cooperar con el vigor y el entusiasmo de la juventud para provecho de ambas edades.

(ii) Para con los de nuestra misma edad debemos mostrar fraternidad. Los más jóvenes deben tratarse como hermanos. Aristóteles lo expresa: «Con los camaradas y hermanos uno puede permitirse libertad de expresión y el uso en común de todas las cosas» (Aristóteles: Ética a Nicómaco, 9:2). Con los de nuestra edad debemos ser tolerantes y solidarios.

(iii) Con las personas del otro sexo nuestras relaciones deben estar marcadas siempre con la pureza. Los árabes tienen una frase para el verdadero caballero; le llaman «un hermano de las chicas.» Hay una frase famosa que habla de «las amistades platónicas.» El amor se debe guardar para una sola persona; es una cosa terrible que las cosas físicas dominen la relación entre los sexos y que un hombre no pueda mirar a una mujer sin pensar en términos de concupiscencia.

Deberes con la iglesia y la familia

Honra a las viudas que se encuentran de veras en la situación de viudas necesitadas. Pero si una viuda tiene hijos y nietos, que aprendan sus hijos a empezar a cumplir los deberes de la religión en sus propios hogares; y que aprendan a devolver a sus padres algo de lo que sus padres han hecho por ellos; porque esta es la clase de conducta que obtiene la aprobación de Dios. Ahora bien, la que se encuentra genuinamente en la posición de una viuda, y que se ha quedado totalmente sola, tiene puesta su esperanza en Dios, y se dedica noche y día a las intercesiones y oraciones. Pero la que vive en una libertad desmadrada está muerta aunque parezca estar muy viva.

Comparte estas instrucciones para que los demás sean irreprochables. Si alguno deja de proveer para su propio pueblo, y especialmente para los miembros de su propia familia, ha negado la fe y es peor que un no creyente. La Iglesia Cristiana heredó una preciosa tradición de beneficencia para con los necesitados. Ningún pueblo se ha cuidado más de sus necesitados y ancianos que los judíos. Aquí se dan consejos acerca del cuidado de las viudas. Puede que se trate de dos clases de mujeres. Había sin duda mujeres que se habían quedado viudas por la muerte de sus maridos. Pero no era extraño en el mundo pagano, en ciertos lugares, el que un hombre tuviera más de una mujer. Cuando un hombre se hacía cristiano, no podía seguir practicando la poligamia, y por tanto tenía que escoger con qué mujer iba a vivir. Eso suponía que algunas esposas tenían que ser despedidas y se encontraban en una posición muy desafortunada. Puede ser que tales mujeres también se consideraran como viudas y la Iglesia las ayudara.

La ley judía establecía que en el momento del matrimonio un hombre tenía que hacer provisión para su mujer en caso de que quedara viuda. Los primeros servidores que nombró la Iglesia Cristiana tenían entre sus deberes el de cuidarse fielmente de las viudas (Hechos 6:1). Ignacio estableció: «Que no se vean abandonadas las viudas. Después del Señor sé tú su guardián.» Las Constituciones Apostólicas exhortan al obispo: «Oh obispo, ten cuidado de los necesitados tendiéndoles una mano de ayuda y haciendo provisión para ellos como mayordomo de Dios, distribuyendo las ofrendas a su tiempo para cada uno de ellos, a las viudas, los huérfanos, los solitarios y los que pasan por aflicción.» El mismo libro contiene una instrucción interesante y amable: « Si alguno recibe algún servicio para llevar a una viuda o mujer pobre… que se lo dé el mismo día.» Como dice el proverbio: «Da dos veces el que da sin demora,» y la Iglesia se preocupaba de que los que padecían pobreza no tuvieran que esperar y padecer necesidad porque uno de los servidores de la iglesia se retrasara.

Ha de notarse que la Iglesia no se proponía asumir responsabilidad por las personas mayores que tenían hijos capaces de mantenerlos. El mundo antiguo era muy claro en cuanto al deber que tenían los hijos de mantener a sus padres ancianos y, como E. K. Simpson ha dicho muy bien: «Una confesión religiosa que caiga por debajo del nivel de deber reconocido por el mundo es un triste fraude.» La Iglesia no habría reconsentido nunca que su caridad se convirtiera en una excusa para que los hijos evadieran su responsabilidad.

Era ley griega desde los tiempos de Solón el que los hijos y las hijas estaban obligados, no sólo moralmente, sino también legalmente a mantener a sus padres. Cualquiera que incumpliera ese deber perdía sus derechos de ciudadanía. Esquines, el orador ateniense, dice en uno de sus discursos: « ¿Y a quién condenó al silencio en la Asamblea del pueblo nuestro legislador (Solón)? ¿Y dónde deja esto claro? «Que se haga dice un escrutinio de los oradores públicos, en caso de que haya alguien que hable en la Asamblea del pueblo que golpea a su padre o a su madre, o que incumple su deber de mantenerlos o darles un hogar.»» Demóstenes dice: «Considero al hombre que abandona a sus padres como incrédulo y aborrecedor de los dioses tanto como de los hombres.» Filón, escribiendo acerca del mandamiento de honrar a los padres dice: «Cuando las cigüeñas viejas ya no pueden volar, se quedan en sus nidos y las alimentan sus hijos, que se someten a duros trabajos para proveerles el alimento a causa de su piedad.» Para Filón estaba claro que hasta la creación animal reconocía su obligación para con los padres ancianos, y ¡cuánto más deben hacerlo así los seres humanos! Aristóteles, en la Ética a Nicómaco, establece: «Se pensaría que en lo referente al alimento debemos ayudar a nuestros padres antes que a todos los demás, puesto que les debemos nuestra nutrición a ellos, y es más honorable ayudar en este sentido a los autores de nuestro ser, aun antes que a nosotros mismos.» Según lo veía Aristóteles uno debe antes morirse de hambre que dejar padecer necesidad a sus padres. Platón en Las Leyes expresa la misma convicción de la deuda que se tiene con los padres: «Seguidamente viene el honor de los padres amantes, a los cuales, como es debido, tenemos que pagar la primera y la más grande y más antigua de las deudas, considerando que todo lo que tiene una persona pertenece a aquellos que le dieron nacimiento y la criaron, y que debe hacer todo lo que pueda para ministrarle; primero, con sus propiedades; segundo, con su persona; y tercero, con su alma; pagando las deudas que les debe por el cuidado y trabajo que ellos le otorgaron antiguamente en los días de su infancia, y que ahora se le ofrece la oportunidad de devolverles cuando ellos son ancianos y se encuentran en una necesidad extrema.»

Lo mismo encontramos en los poetas griegos. Cuando Ifigenia estaba hablando con su padre Agamenón en la Ifigenia en Aulis de Eurípides, dice: Yo fui la primera que te llamé padre, y tú a mí hija. Yo fui la que en un principio descansé mi cuerpo en tus rodillas y te di y recibí de ti dulces caricias. Y ésta era tu palabra: « Ah, mi chiquilla, me consideraré bendito cuan do te vea en la casa de tu marido viviendo y floreciendo de una manera digna de mí. » Y entretejiendo mis dedos en tu barba, a la que ahora me aferro, así te respondía yo: c«¿Y qué será de ti? ¿Le daré la bienvenida a tus canas, padre, amorosamente en mi casa, compensándote por todo el esfuerzo que tú has derramado conmigo?»

El gozo del hijo era esperar el día en que pudiera compensar a sus padres todo lo que habían hecho por él. Cuando Eurípides cuenta cómo descubrió Orestes que un hado cruel le había hecho matar involuntariamente a su propio padre, le hace decir: Él me crió cuando yo era un bebé y me prodigó sus besos. ¡Oh desgraciado corazón y alma míos! ¡He devuelto una paga miserable! ¿Qué velo de tinieblas puedo ponerme a la cara? Ojalá ante mí se extendiera alguna nube para esconderme de la mirada escrutadora del anciano.

Para Eurípides el más acuciante pecado del mundo era el fracaso en los deberes para con los padres. Los escritores éticos del Nuevo Testamento estaban seguros de que el sostenimiento de los padres era una parte esencial de los deberes del cristiano. Es algo que hay que tener presente. Vivimos en un tiempo cuando hasta los deberes más sagrados se dejan de lado o se deja que los cumpla el Estado, y cuando esperamos en tantos casos que la beneficencia pública haga lo que debería hacer la piedad privada. Como lo veían las Pastorales, la ayuda que se presta a los padres tiene dos vertientes. Primera es honrar a los que la reciben. Es la única manera en que un hijo puede manifestar la estima de su corazón. Segunda es un reconocimiento de las exigencias del amor. Es devolver el amor que se recibió en tiempo de necesidad con amor dado en tiempo de necesidad; y sólo con amor se puede pagar el amor.

Todavía nos queda una cosa por decir, y no estaría bien pasarla por alto. Este preciso pasaje pasa a establecer algunas de las cualidades de las personas a las que la Iglesia es llamada a sostener. Lo que es verdad de la Iglesia es verdad dentro de la familia. Si hay que mantener a una persona, esa persona tiene que dejarse mantener. Si se lleva a un padre a la casa de su hijo y con su conducta desconsiderada no causa más que problemas, surge otra situación. Aquí hay una doble obligación; la que tiene el hijo de mantener al padre, y el deber del padre de ser tal que ese mantenimiento sea posible dentro de la estructura del hogar.

Una honorable y útil ancianidad

Que no se apunte a una mujer como viuda nada más que si tiene más de sesenta años de edad; si ha sido la mujer de un solo marido; si ha merecido tener una fama confirmada de buenas obras; si ha criado hijos; si ha practicado la hospitalidad con los forasteros; si ha ayudado a los necesitados; si ha lavado los pies de los santos; si se ha dedicado a toda clase de buenas obras.

Por este pasaje se ve claramente que la iglesia tenía una lis ta oficial de viudas; y parece que la palabra viuda se usa aquí con un doble sentido. Mujeres que eran de edad avanzada y cuyos maridos había muerto y cuyas vidas eran preciosas y útiles eran la responsabilidad de la iglesia; pero también es verdad que, tal vez ya en un tiempo tan temprano, y ciertamente algo más tarde en la Iglesia Primitiva, había una orden oficial de viudas, una orden de mujeres mayores que se apartaban para deberes especiales. En las disposiciones de Las Constituciones Apostólicas, que nos dicen cómo eran la vida y la organización de la Iglesia en el siglo III, se establece: « Se nombrarán tres viudas, dos para perseverar en la oración por los que están en pruebas, y para recibir revelaciones cuando éstas sean necesarias, pero una para ayudar a las mujeres que han sido visitadas por la enfermedad; debe estar dispuesta a prestar un servicio, con discreción, diciéndoles a los ancianos lo que se necesita, sin avaricia, no excesivamente aficionada al vino, para que pueda mantenerse sobria y ser capaz de realizar los servicios por la noche y muchos otros deberes de amor.»

Tales viudas no eran ordenadas como los ancianos y los obispos; eran apartadas mediante la oración para el trabajo que tenían que hacer. No habían de ser apartadas hasta que tuvieran más de sesenta años. Esa era una edad que el mundo antiguo también consideraba especialmente conveniente para dedicarse a la vida espiritual. Platón, en su plan para el estado ideal, mantenía que sesenta años era la edad correcta para que los hombres y las mujeres llegaran a ser sacerdotes y sacerdotisas.

Las Epístolas Pastorales son siempre intensamente prácticas; y en este pasaje encontramos siete condiciones que debían satisfacer las viudas de la Iglesia.

Tenían que haber sido mujeres de un solo marido. En una edad en la que el vínculo matrimonial se miraba con tanta ligereza y se deshonraba casi universalmente, habían de ser ejemplos de pureza y fidelidad.

Tenían que haber ganado una buena reputación por buenas obras. Los encargados de la Iglesia, varones o mujeres, tenían a su cuidado, no solamente su propia reputación personal, sino también el buen nombre de la Iglesia. Nada desacredita tanto a una iglesia como los encargados indignos; y no hay mejor publicidad para la Iglesia que una persona responsable que aplica su cristianismo a las actividades de la vida diaria.

Tienen que haber criado hijos. Esto bien puede querer decir más de una cosa. Puede querer decir que las viudas tienen que haber dado pruebas de su piedad cristiana educando a sus propias familias cristianamente. Pero puede que quiera decir más que eso. En una edad en la que el vínculo matrimonial se había relajado mucho y los hombres y las mujeres cambiaban de cónyuge con una rapidez alucinante, los hijos se considerarían un obstáculo. Ésta era la gran edad de la exposición de los bebés. Cuando nacía un niño, se le traía y se le ponía a los pies de su padre. Si el padre se inclinaba y le levantaba, eso quería decir que le reconocía y que estaba dispuesto a aceptar responsabilidad por su crianza. Si el padre se daba la vuelta y se marchaba, al bebé se le arrojaba literalmente como si fuera una basura indeseable. Solía pasar que recogían esos niños no aceptados personas sin escrúpulos, y si eran chicas las criaban para emplearlas en los burdeles públicos, y si eran chicos, para venderlos como esclavos o entrenarlos como gladiadores en el circo. Era un deber cristiano el rescatar tales niños de la muerte o aun de cosas peores, y criarlos en un hogar cristiano. Así es que esto puede querer decir que las viudas habrían sido mujeres que habían estado dispuestas a darles un hogar a niños abandonados.

Tenían que haber practicado la hospitalidad con los forasteros. Las posadas del mundo antiguo eran notoriamente sucias, caras e inmorales. Los que abrían sus casas a viajeros o forasteros, o a los jóvenes cuyo trabajo o estudio los obligaba a estar fuera de su hogar, estaban haciendo un servicio sumamente valioso a la comunidad. La puerta abierta de un hogar cristiano es siempre una cosa preciosa. Tenían que haber lavado los pies de los santos. Esto no hay que tomarlo literalmente, aunque el sentido literal estaría también incluido. El lavarle los pies a una persona era una tarea propia de un esclavo, el más servil de todos los deberes. Esto querría decir que las viudas cristianas tenían que haber estado dispuestas a aceptar las tareas más humildes en el servicio de Cristo y de los cristianos. La Iglesia necesitaba responsables que vivieran desahogadamente; pero no menos a los que estuvieran dispuestos a hacer las tareas que no dan importancia ni casi se agradecen.

Tenían que haber ayudado a los que tenían problemas. En los tiempos de persecución no era una cosa insignificante el ayudar a los cristianos que estaban sufriendo por su fe. Eso era identificarse con ellos y asumir el riesgo de recibir un castigo semejante. El cristiano tenía que estar al lado de los que tuvieran problemas a causa de su fe, aun en el caso de, por hacerlo así, granjearse problemas.
Tenían que haberse dedicado a toda clase de buenas obras. Todos los hombres concentraban su vida en algo; el cristiano concentraba la suya en la obediencia a Cristo y la ayuda a los demás.

Cuando estudiamos estos requisitos para las que habían de ser reconocidas como viudas, vemos que eran las cualidades de cualquier buen cristiano.

Requisitos y peligros del servicio

Como ya hemos dicho, si no tan pronto como en el tiempo de las Epístolas Pastorales sí en días posteriores, las viudas llegaron a ser una orden reconocida en la Iglesia Cristiana. Su posición y trabajo se tratan en los primeros ocho capítulos del tercer libro de Las Constituciones Apostólicas, y estos capítulos revelan el uso que la tal orden podía representar y los peligros que surgían inevitablemente.

(i) Se establece que las mujeres que desearan servir a la Iglesia debían ser discretas. Especialmente habían de serlo en el habla: «Que cada viuda sea humilde, callada, benigna, sincera, libre de ira, no charlatana, no chillona, no rápida para hablar, no dada a hablar mal, no suspicaz, no de doble lengua, no una metomentodo. Si ve u oye cualquier cosa que no está bien, que se porte como si no lo hubiera visto y como si no lo hubiera oído.» Tales encargados de la Iglesia deben ser muy cuidadosos cuando discuten la fe con los de fuera: «Porque los incrédulos, cuando escuchan la doctrina relativa a Cristo, no explicada como es debido, sino defectuosamente, especialmente la que se refiere a Su Encarnación o Su Pasión, la rechazarán más bien con burla, y se reirán de ella como si fuera falsa, antes que alabar a Dios por ella.» No hay nada más peligroso que un encargado de la iglesia que hable acerca de cosas que deberían mantenerse secretas; y un encargado de la iglesia debe estar equipado para comunicar el Evangelio de una manera que haga a los oyentes pensar mejor y no peor de la verdad cristiana.

(ii) Se establece que las mujeres que sirven en la iglesia no deben ser zascandiles: «Que por tanto la viuda se reconozca como «el altar de Dios,» y que se esté sentada en su propia casa y no se meta en las casas de los incrédulos en busca de nada; porque el altar de Dios nunca anda vagando por ahí, sino que está fijo en un lugar. Por tanto que la virgen y la viuda sean tales que no anden vagando por ahí, o entrando en las casas de los que son ajenos a la fe. Porque las que eso hacen son zascandiles e impúdicas.» La chismosa inquieta está mal equipada para servir a la Iglesia.

(iii) Se establece que las viudas que acepten la caridad de la iglesia no deben ser ansiosas. «Hay algunas viudas que consideran que su negocio consiste en sacar beneficio; y como piden sin vergüenza, y no están nunca contentas con lo que reciben, hacen que los demás estén menos dispuestos a dar… Una mujer así está pensando en su mente adónde se puede dirigir para obtener, o que una cierta mujer que es su amiga se ha olvidado de ella, y ella tiene algo que decirle… murmura de la diaconisa que distribuye la beneficencia diciendo: «¿Es que no ves que yo estoy en más angustia y necesidad de tu ayuda? ¿Por qué entonces la has preferido a ella antes que a mí?»» Está muy feo tratar de vivir a costa de la iglesia más bien que para la iglesia.

(iv) Se establece que tales mujeres deben hacer todo lo posible para subvenir sus necesidades: «Que haga cosas de lana y ayude a otras en lugar de ser ella la que necesite ayuda.» La beneficencia de la iglesia no existe para hacer que las personas sean perezosas y dependientes.

(v) Tales mujeres no deben ser envidiosas ni celosas: «Oímos que algunas viudas son celosas, calumniadoras envidiosas y envidiosas de la tranquilidad de otras personas… Les corresponde, cuando una de sus compañeras de viudedad es vestida por alguno, o recibe dinero, o comida, o bebida, o calzado, dar gracias a Dios por el alivio de su hermana.» Aquí tenemos al mismo tiempo una descripción de las faltas de las que la iglesia suele estar llena, y de las virtudes que deberían ser las señales de la verdadera piedad cristiana.

Los peligros de la ociosidad

Resístete a apuntar a mujeres más jóvenes como viudas, porque cuando se ponen impacientes con las restricciones de la viudedad cristiana quieren casarse, por lo que merecen la condenación, porque han quebrantado el compromiso de su primera fe; y, al mismo tiempo, aprenden a estar ociosas y a correr de casa en casa. Sí, pueden llegar a estar más que ociosas; pueden convertirse en chismosas y zascandiles, diciendo lo que no se debe repetir. Mi deseo es que las viudas más jóvenes se casen y tengan hijos, y lleven su casa y hogar, sin dar a nuestros oponentes oportunidad de crítica.

Porque, tal como están las cosas, algunas de ellas se han descarriado para seguir a Satanás. Si algún creyente es pariente de alguna viuda, que la ayude, y no deje que la iglesia tenga que cargar con esa responsabilidad, para que pueda encargarse de las que están auténticamente en situación de viudas.

Un pasaje como éste refleja la situación social en que se encontraba la Iglesia Primitiva. No es que se condene a las viudas más jóvenes por casarse otra vez. Lo que se condena es otra cosa. Se muere un marido joven; y la viuda, en la primera amargura del dolor y siguiendo el impulso del momento, decide permanecer viuda toda la vida y dedicarse a la Iglesia; pero más tarde cambia de opinión y se casa otra vez. Esa mujer se ve que ha tomado a Cristo por esposo.

Al casarse otra vez se considera que está siendo infiel a su voto matrimonial con Cristo. Habría sido mejor que nunca hiciera ese voto.

Lo que complicaba mucho éste asunto era el trasfondo social de los tiempos. Era casi imposible para una mujer soltera o viuda el ganarse la vida honradamente. No había prácticamente ninguna profesión ni trabajo que le estuviera abierto. El resultado era inevitable; casi se veía impulsada a la prostitución para poder vivir. La mujer cristiana, por tanto, tenía o que casarse o que dedicar su vida completamente al servicio de la Iglesia; no había término medio.

En cualquier caso, los peligros de la ociosidad siguen siendo los mismos en cualquier edad. Estaba el peligro de sentirse inquieta; como esa mujer no tendría muchas cosas que hacer, podría volverse una de esas criaturas que vagan de casa en casa en un círculo social vacío. Era casi inevitable el que tal mujer se volviera una chismosa; como no tenía nada importante de que hablar, se dedicaría a hablar de escándalos, repitiendo cuentos de casa en casa, cada vez más bordados y con más malicia. Tal mujer corría el riesgo de volverse una zascandil; como no tenía nada propio para llamar la atención, estaría propensa a mostrar un interés excesivo y a interferirse excesivamente en asuntos ajenos.

Era verdad entonces, como lo es ahora, que «Satanás les encuentra algún quehacer a las manos desocupadas.» La vida plena es siempre la más segura, y la vida vacía siempre está en peligro.

Así que a las mujeres más jóvenes se les da el consejo de casarse y ocuparse en la tarea más importante de todas, la de cuidarse de una familia y hacer un hogar. Aquí tenemos otro ejemplo de uno de los principales pensamientos de las Epís tolas Pastorales. Siempre están preocupadas acerca de cómo se presenta el cristiano al mundo exterior. ¿Da oportunidad de criticar a la Iglesia, o razón para admirarla? Siempre es verdad que «el más grande obstáculo que tiene la Iglesia son las vidas deficientes de los que se profesan cristianos,» e igualmente verdad que la más convincente prueba a favor del Cristianismo es una vida genuinamente cristiana.

Reglas prácticas de administración

Los ancianos que cumplan bien sus deberes sean tenidos por dignos de un doble honor, especialmente los que trabajan en la predicación y en la enseñanza; porque la Escritura dice: «No le pongas bozal al buey que está trillando,» y «el obrero merece su paga.»

No aceptes una acusación contra un anciano a menos que esté respaldada por dos o tres testigos. Reprende en presencia de todos a los que persistan en el pecado, para que los demás desarrollen un sano temor al pecado.

Te amonesto delante de Dios y de Jesucristo y de los ángeles escogidos que guardes estas normas imparcialmente y que no hagas nada movido por prejuicios o favoritismos.

No te precipites a imponerle las manos a nadie, ni a solidarizarte con los pecados ajenos. Mantén tu pureza. Aquí tenemos una serie de disposiciones de lo más prácticas para la vida y la administración de la iglesia.

(i) Los ancianos deben ser honrados como es debido y pagados adecuadamente. Cuando se hacía la trilla en Oriente, lo mismo que en España hasta hace muy poco, las gavillas de la siega se colocaban en la era; seguidamente se hacía que parejas de bueyes y otros animales arrastraran el trillo sobre las gavillas, algunas veces atándolos a un poste central y haciéndoles dar vueltas sobre el grano; en cualesquiera formas, no se les ponía el bozal a los animales, dejándolos en libertad de comer todo lo que quisieran en recompensa por el trabajo que estaban haciendo. Esta ley concreta acerca de los bueyes de encuentra en Deuteronomio 25:4. El dicho de que el obrero merece su salario es un dicho de Jesús (Lucas 10:7). Suena a un dicho proverbial que Él citara y todos conocieran. Cualquier trabajador merece ganarse la vida, y cuanto más trabaje, tanto más merece ganar. El Cristianismo nunca ha tenido nada que ver con la ética sentimental que reclama la igualdad para todos. La recompensa de un hombre debe ser proporcional a su trabajo. Se ha de notar qué clase de ancianos han de ser honrados y recompensados especialmente: son los que trabajan en la predicación y la enseñanza. El anciano cuyo servicio consistía solamente en palabras y en discusiones y en razonamientos no es del que se trata aquí. A1 que la iglesia realmente honraba era al hombre que trabajaba para edificar y construir mediante su predicación de la verdad y su educación de los jóvenes y de los nuevos convertidos.

(ii) La ley judía establecía que ninguna persona podía ser condenada por la evidencia de un solo testigo: « No se tomará en cuenta a un solo testigo contra alguien en cualquier delito ni en cualquier pecado, en relación con cualquier ofensa cometida. Sólo por el testimonio de dos o tres testigos se mantendrá la acusación» (Deuteronomio 19:15). La Misná, la ley rabínica codificada, dice describiendo el proceso del juicio: «De la misma manera el segundo testigo era introducido y examinado. Si el testimonio de los dos se encontraba que estaba de acuerdo, se abría el turno para la defensa.» Si no constaba más que la evidencia de un solo testigo no había razón para dictar sentencia. En tiempos posteriores las reglas de la Iglesia establecieron que los dos testigos debían ser cristianos, porque le habría sido fácil a un pagano malicioso fabricar una acusación falsa contra un anciano cristiano con el propósito de desacreditarle, y con él a la Iglesia. En los primeros días, las autoridades de la Iglesia no dudaban en aplicar disciplina, y Teodoro de Mopsuesto, uno de los primeros padres, indica lo necesaria que era esta regla, porque los ancianos siempre estaban expuestos a no ser del gusto de todos, y estaban especialmente expuestos a ataques maliciosos « debidos a la venganza de algunos a los que hubieran reprendido por sus pecados.» Uno que hubiera sido disciplinado podría tratar de vengarse acusando maliciosamente a un anciano de alguna irregularidad o algún pecado. Es un hecho indudable que este mundo sería mucho más feliz, y la Iglesia también, si las personas se dieran cuenta de que no es menos que un pecado el difundir historias de cuya verdad no se está seguro. La charla irresponsable, crítica y maliciosa causa un daño infinito y un infinito dolor de corazón, y tal práctica no puede seguir indefinidamente sin recibir el castigo de Dios.

Reglas prácticas de administración

(iii) A los que persistan en el pecado ha de reprendérseles públicamente. Esa pública reprensión tenía un doble valor. Le hacía parar mientes al pecador para considerar sus propios caminos; y hacía que otros tuvieran cuidado no fuera que se vieran en una humillación semejante. La amenaza de la publicación del pecado no es una mala cosa si mantiene a la persona en el buen camino, aunque sea por temor. Un pastor sabio conocerá el momento en que se han de mantener las cosas reservadas y el momento en que se ha de llegar a la reprensión pública. Pero suceda lo que suceda, la Iglesia no debe dar nunca la impresión de que hace la vista gorda en situaciones de pecado manifiesto.

(iv) Se exhorta a Timoteo a cumplir con su responsabilidad sin favoritismos ni prejuicios. B. S. Easton escribe: « El bienestar de cualquier comunidad depende de la disciplina imparcial.» No hay nada que origine mayores perjuicios que el que algunas personas sean tratadas como si no pudieran hacer nada malo y otras como si no pudieran hacer nada bien. La justicia es una virtud universal, y la Iglesia debe asegurarse de no caer por debajo de los niveles imparciales que hasta el
mundo exige.

(v) A Timoteo se le advierte que no se precipite «en imponerle las manos a ninguno.» Eso puede querer decir una de dos cosas.

(a) Puede que quiera decir que no ha de ser demasiado rápido en imponerle las manos a nadie para ordenarle para una responsabilidad en la iglesia. Antes de conseguir un ascenso en los negocios, o en la enseñanza, o en el ejército, la marina o las fuerzas aéreas, uno tiene que demostrar que lo merece. Nadie debería nunca empezar en la cima. Esto es doblemente importante en la Iglesia; porque el que ocupa un lugar importante y fracasa, desacredita, no sólo a sí mismo, sino también a la Iglesia. En un mundo crítico, la Iglesia no puede pasarse en relación con la clase de personas que elige como sus dirigentes.

(b) En la Iglesia Primitiva había la costumbre de imponerle las manos a un pecador penitente que había dado pruebas de la sinceridad de su arrepentimiento y había vuelto al rebaño de la iglesia. Se establece: «Cuando un pecador se arrepiente, y muestra frutos de arrepentimiento, imponle las manos mientras todos oran por él.» Eusebio nos dice que era la costumbre antigua el que los pecadores arrepentidos fueran recibidos otra vez mediante la imposición de manos y la oración.

Si ése es el sentido aquí, sería una advertencia a Timoteo para que no se precipitara en recibir otra vez a uno que hubiera traído descrédito a la iglesia; el esperar hasta que mostrara que su penitencia era genuina, y que estaba decidido a remodelar su vida de acuerdo con su profesión de arrepentimiento. Eso no quiere decir ni un momento que tal persona había de mantenerse a cierta distancia y tratarse con suspicacia; tenía que tratarse con toda simpatía y con toda ayuda y dirección en este período de prueba.

Pero sí es decir que la membresía de la iglesia no se ha de tratar nunca con ligereza y que una persona debe dar muestras de su arrepentimiento por el pasado y de su determinación para el futuro antes de ser recibida, no en la compañía de la iglesia, sino en su membresía. La compañía de la iglesia existe para ayudar a tales personas a redimirse, pero su membresía es para las que han comprometido sus vidas de veras a Cristo.

Consejo a Timoteo

Deja de beber el agua sola, y usa un poco de vino por causa de tu estómago, para que te ayude en tus frecuentes enfermedades.

Esta frase muestra toda la intimidad de estas cartas. Entre los asuntos de la Iglesia y los problemas de la administración, Pablo encuentra el momento para introducir un detalle de consejo cariñoso para Timoteo acerca de su salud. Siempre había habido una vena de ascetismo en la religión judía. Siempre que un hombre asumía el voto nazareo (Números 6:1-21) se comprometía a no probar ninguna bebida fermentada (Números 6:3s). Los recabitas también se habían comprometido a abstenerse del vino. El Libro de Jeremías nos cuenta que Jeremías fue a ofrecerles a los recabitas vino, y ellos se lo rechazaron por fidelidad a su tradición ancestral (Jeremías 35:5-7). Ahora bien, Timoteo era judío por una parte -su madre era judía (Hechos 16:1)- y puede que hubiera heredado de su madre esta tendencia ascética. Por parte de su padre era griego. Ya hemos visto que en el trasfondo de las Pastorales se descubre la herejía del gnosticismo, que consideraba toda la materia como mala, y que conducía a veces al ascetismo; y bien puede ser que Timoteo estuviera influenciado inconscientemente por este ascetismo griego también.

Aquí encontramos una gran verdad que los cristianos olvidamos a veces para nuestro riesgo: Que no debemos desentendernos del cuerpo, porque el sopor y la aridez espiritual les proceden a menudo del hecho de que el cuerpo está cansado o abandonado. No hay máquina que funcione debidamente si no se la cuida; y lo mismo pasa con el cuerpo. No podemos hacer bien la obra de Cristo a menos que nos encontremos en la debida forma físicamente. No es ninguna virtud -sino más bien lo contrario- el olvidarse del cuerpo o el despreciarlo. Mens sana in corpore sano, una mente sana en un cuerpo sano, era un antiguo ideal latino, que coincide perfectamente con el ideal cristiano.

Este es un texto que ha llevado por la calle de la amargura a muchos abogados de la abstinencia total. Hay que recordar que no le da permiso a todo el mundo para beber alcohol en exceso; simplemente aprueba el uso del vino cuando puede ser de ayuda para la salud. Si establece algún principio de carácter general, E. F. Brown lo expresó muy bien: « Muestra que aunque la total abstinencia puede recomendarse como un consejo sabio, no debe nunca imponerse como una obligación religiosa.» Pablo quiere decir sencillamente que no hay ninguna virtud en un ascetismo que le produce al cuerpo más mal que bien.

Es imposible ocultar nada indefinidamente

Los pecados de algunas personas están a la vista de todo el mundo, y no pueden conducir más que al juicio, mientras que los pecados de otros acabarán por alcanzarlos debidamente. Pues lo mismo sucede con las buenas obras, que puede que estén a la vista de todo el mundo, mientras que hay cosas de una cualidad diferente que no se pueden ocultar.

Este dicho nos mueve a dejarle las cosas a Dios y estar tranquilos. Hay pecadores obvios, cuyos pecados los están conduciendo claramente al desastre y al castigo; mientras que hay pecadores secretos que, tras una apariencia de rectitud impecable, viven una vida que es en esencia malvada y fea. El hombre puede que no lo vea, pero Dios sí. « El hombre ve la acción, pero Dios ve la intención.» No hay manera de evitar la confrontación final con el Dios que lo ve y lo conoce todo.

Hay algunos cuyas buenas obras están a la vista de los demás, y que ya se han ganado las alabanzas y las gracias y las felicitaciones de los hombres. Hay algunos cuyas buenas obras no se notan, ni aprecian, ni agradecen, ni alaban, ni sé valoran como sería de desear. Ellos no tienen por qué sentirse ni defraudados ni disgustados. Dios conoce también las buenas obras, y Él pagará, porque no está nunca en deuda con nadie.

Aquí se nos dice que no debemos ni ponernos furiosos por el aparente escape de otros, ni amargarnos por la aparente ingratitud humana, sino debemos estar contentos de dejar todas las cosas al juicio definitivo de Dios.

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