1-Timoteo-2-La-universalidad-del-Evangelio

1 Timoteo 2: La universalidad del Evangelio

Así pues, la primera cosa que os recomiendo encarecidamente es que ofrezcáis peticiones, oraciones, ruegos, acciones de gracias, por todos los seres humanos. Orad por los reyes y por todos los que están en autoridad, para que gocen una vida que sea tranquila y reposada y que puedan actuar con toda piedad y reverencia. Esa es la manera digna de vivir, la que cuenta con la aprobación de Dios nuestro Salvador, Que quiere que todas las personas se salven y que vengan a un conocimiento pleno de la verdad. Porque hay un solo Dios, y un solo Mediador entre Dios y el hombre, el Hombre Jesucristo, Que Se dio a Sí mismo en expiación por todos. Fue así como Él dio Su testimonio de Dios en Su propio tiempo propicio, un testimonio del que yo he sido nombrado heraldo y enviado (estoy diciendo la verdad, esto no es ninguna mentira), maestro de los paganos, y mi mensaje esta basado en la fe y en la verdad.

Antes de estudiar este pasaje en detalle, debemos fijarnos en una cosa que resalta de manera que no se puede por menos de notar. Pocos pasajes de Nuevo Testamento hacen un hincapié tan claro en la universalidad del Evangelio. La oración se ha de hacer por todos los hombres; Dios es el Salvador Que desea que todos los hombres se salven; Jesús dio Su vida en rescate por todos. Como escribe Walter Lock, «la voluntad salvífica de Dios es tan amplia como Su voluntad creadora.»

Esta es una nota que suena una y otra vez en el Nuevo Testamento. Por medio de Cristo, Dios estaba reconciliando al mundo consigo mismo (2 Corintios 5:18s). De tal manera amó Dios al mundo que dio a Su Hijo (Juan 3:16). Jesús tenía confianza en que, cuando fuera elevado sobre la Cruz, más tarde o más temprano atraería a todos los hombres a Sí mismo (Juan 12:32).

E. F. Brown llama a este pasaje « la carta magna de la obra misionera.» Dice que es la prueba de que todas las personas son capax Dei, capaces de recibir a Dios. Puede que estén perdidos, pero pueden ser encontrados; puede que sean ignorantes, pero pueden ser iluminados; puede que sean pecadores, pero pueden ser salvos. George Wishart, el precursor de John Knox, escribe en su traducción de la Primera Confesión Suiza: «El fin y el propósito de la Escritura es declarar que Dios es benevolente y amigable para con la humanidad; y que ha declarado esa amabilidad Suya en y por medio de Jesucristo, Su único Hijo; la cual amabilidad se recibe por la fe.» Por eso se deben ofrecer oraciones por todos los seres humanos. Dios quiere a todas las personas; y así, por tanto, debe querer Su Iglesia.

(i) El Evangelio incluye a los de arriba y los de abajo. Tanto el emperador en la cumbre de su poder como el esclavo en su indefensión están incluidos en el abrazo del Evangelio. Tanto el filósofo con su sabiduría como el hombre sencillo en su ignorancia necesitan la gracia y la verdad que el Evangelio les puede traer. En el Evangelio no hay diferencias de clase. El rey y el plebeyo, los ricos y los pobres, los aristócratas y los campesinos, el amo y el esclavo están todos incluidos en su abrazo ilimitado.

(ii) El Evangelio incluye a buenos y malos. Hay una extraña enfermedad que está afligiendo a la Iglesia en los tiempos modernos, que la hace insistir en que uno tiene que ser respetable antes de ser admitido, y mirar con suspicacia a los pecadores que tratan de entrar por sus puertas. Pero el Nuevo Testamento deja bien claro que la Iglesia existe, no solamente para edificar a los buenos, sino para recibir y salvar a los pecadores.

Uno de los grandes santos de los tiempos modernos, y de todos los tiempos, fue Toyohiko Kagawa. Fue a Shinkawa adonde se dirigió para buscar hombres y mujeres para Cristo, y vivió allí en los suburbios más abandonados y asquerosos del mundo.

W. J. Smart describe la situación: «Sus vecinos eran prostitutas no inscritas, ladrones que presumían de su astucia para burlar a toda la policía de la ciudad, asesinos que estaban orgullosos no solo de su ficha de crímenes sino siempre dispuestos a añadir a su curriculum nuevos delitos. Toda la gente, ya fueran débiles o retrasados mentales o criminales, vivían en condiciones de miseria abismal, en calles resbaladizas de porquería donde las ratas salían arrastrándose de las alcantarillas abiertas para morir. El aire estaba siempre cargado de hedor. Una chica idiota que vivía en la chabola de al lado de la de Kagawa tenía pinturas viles pintadas en la espalda para seducir a los hombres a su nido. Por todas partes había cuerpos humanos pudriéndose de sífilis.» Kagawa quería a las personas así lo mismo que Jesucristo, porque El quiere a todos los seres humanos lo mismo buenos que malos.

(iii) El Evangelio abraza a los cristianos y a los no cristianos. La oración se ha de hacer por literalmente todos los seres humanos. Los emperadores y gobernantes por los que esta carta nos exhorta a orar no eran cristianos; eran de hecho hostiles a la Iglesia; y, sin embargo; había que presentarlos ante el trono de la gracia en las oraciones de la Iglesia. Para el verdadero cristiano no hay tal cosa como un enemigo en todo el mundo. Nadie está fuera de sus oraciones, porque nadie está fuera del amor de Cristo ni del propósito de Dios, Que quiere que todos los seres humanos se salven.

El camino de la oración

Aquí se agrupan cuatro palabras diferentes para la oración. Es verdad que no se deben distinguir abruptamente; pero cada una de ellas tiene algo que decirnos acerca del camino de la oración.

(i) La primera es déésis, que hemos traducido comcapeticiones. No es exclusivamente una palabra religiosa; se puede referir indistintamente a una petición que se hace a otra persona o a Dios; pero su idea fundamental es un sentimiento de necesidad. Nadie hace una petición a menos que se le haya despertado el deseo un sentimiento de necesidad. La oración empieza por ese sentimiento, con la convicción de que no podemos enfrentarnos con la vida solos. Ese sentimiento de debilidad humana es la base de que acudamos a Dios.

(ii) La segunda es proseujé, que hemos traducido por oración. La diferencia básica entre déésis y proseujé es que deésis se puede dirigir a un hombre o a Dios, pero proseujé nunca se usa nada más que en relación con Dios. Hay ciertas necesidades que sólo Dios puede satisfacer. Hay una fuerza que sólo Él puede dar; un perdón que sólo Él puede conceder; una certeza que Él sólo puede infundir. Bien puede ser que nuestra debilidad nos persiga porque presentamos nuestras necesidades donde no nos las pueden satisfacer.

(iii) La tercera es énteuxis, que hemos traducido como ruegos. De las tres palabras ésta es la más interesante. Tiene una historia alucinante. Es el nombre correspondiente al verbo entynjánein, que originalmente quería decir encontrarse o dar con una persona; de ahí paso a significar tener una conversación íntima con una persona; luego adquirió un significado especial, el de entrar a la presencia de un rey para someterle una petición. Eso nos dice mucho acerca de la oración. Nos dice que el acceso a Dios está abierto para todos y que tenemos derecho a presentarle nuestras peticiones a Uno Que es el Rey. No hay nada que
sea demasiado grande o imposible para pedírselo a Tal Rey.

(iv) La cuarta es eujaristía, que hemos traducido como acción de gracias. La oración no es sólo pedirle cosas a Dios; también quiere decir darle gracias a Dios por cosas. Porque muchos de nosotros practicamos la oración como un ejercicio de quejas, cuando debería ser un ejercicio de gratitud. Epicteto, que no era un cristiano sino un filósofo estoico, decía: «¿Qué puedo hacer yo, que soy un hombrecillo viejo y cojo, sino alabar a Dios?» Tenemos derecho a presentarle nuestras
necesidades a Dios; pero tenemos también el deber de presentarle nuestras acciones de gracias.

Orando por las autoridades

Este pasaje nos manda especialmente orar por los reyes y emperadores y todos los que están en autoridad. Éste era un principio cardinal de la oración cristiana en comunidad. Los emperadores puede que fueran perseguidores, y los que estaban en autoridad podrían estar decididos a erradicar el Cristianismo; pero la Iglesia Cristiana nunca, ni siquiera en los tiempos cuando la estaban persiguiendo con el más cruel sadismo, dejó de orar por ellos.

Es extraordinario seguir el rastro por los primeros días, días de cruel persecución, cuando la Iglesia consideraba un deber absoluto el orar por el emperador, y los reyes y gobernadores a él subordinados. «Temed a Dios -dice Pedro-. Honrad al emperador» (1 Pedro 2:17). Y debemos recordar que aquel emperador era nada menos que Nerón, un monstruo de crueldad. Tertuliano insiste en que los cristianos piden a Dios para el emperador «una larga vida, un dominio seguro, un hogar pacífico, un senado fiel, un pueblo íntegro y un mundo en paz» (Apología 30). «Pedimos por nuestros gobernantes – e scribía-, por el estado del mundo, por la paz de todas las cosas y por el aplazamiento del fin» (Apología 39).

También escribía: «El cristiano no es enemigo de nadie, y menos del emperador; porque sabemos que, puesto que ha sido elegido por Dios, es necesario que le amemos, y reverenciamos, y honremos, y deseemos su seguridad, lo mismo que la de todo el Imperio Romano. Por tanto sacrificamos por la seguridad del emperador» (Ad Scapulam 2). Cipriano, escribiendo a Demetriano, habla de la Iglesia Cristiana «sacrificando y aplacando a Dios noche y día por vuestra paz y seguridad» (Ad Demetrianum 20). En el año 311 el emperador Galerio pidió expresamente las oraciones de los cristianos, y les prometió misericordia e indulgencia si oraban por el Estado. Taciano escribe: «¿Que el emperador nos manda dar tributo? Lo ofrecemos de buena voluntad. ¿El gobernador nos manda prestar servicio o servidumbre? Reconocemos nuestra servidumbre.

Pero un hombre debe ser respetado como corresponde a un hombre, pero sólo hay que reverenciar a Dios» (Apología 4). Teófilo de Antioquía escribe: «El honor que yo le doy al emperador es tanto más grande, porque yo no le doy culto, sino oro por él. No adoro más que al verdadero y único Dios, porque sé que Él ha escogido al emperador… Los que le dan al emperador el verdadero honor son los que están bien dispuestos hacia él, a obedecerle, y que oran por él» (Apología 1:11).

Justino Mártir escribe: «Adoramos solamente a Dios, pero en todas las otras cosas te servimos alegremente, estamos contentos de servirte, reconociendo a los reyes y a los gobernadores de los hombres, y orando para que sean hallados actuando conforme a la verdadera razón con su poder real» (Apología 1:14,17).

La más grande de todas las oraciones por el emperador se encuentra en la Primera Carta a la Iglesia de Corinto que escribió Clemente de Roma hacia el año 90 d.C. cuando el salvajismo de Domiciano estaba todavía reciente en el recuerdo: «Tú, Señor y Maestro, has dado a nuestros gobernantes y autoridades el poder de soberanía en Tu poder excelente e indiscutible, para que nosotros, conociendo la gloria y el honor que Tú les has dado, nos sometamos a ellos en todo aquello que no se oponga a Tu voluntad. Concédeles, por tanto, oh Señor, salud, paz, concordia, estabilidad, para que administren sin falta el gobierno que Tú les has dado. Porque Tú, oh Dueño soberano, Rey de los siglos, das a los hijos de los hombres gloria y honor y poder sobre todas las cosas que están sobre la Tierra. Dirige, Señor, su consejo de acuerdo con lo que consideras bueno y agradable, para que, administrando el poder que Tú les has dado en paz y benevolencia con piedad, obtengan Tu favor. Oh Tú, que eres el único capaz de hacer estas cosas, y cosas incalculablemente mejores que estas por nosotros, te alabamos mediante el Sumo Sacerdote y Guardián de nuestras almas, Jesucristo, por medio de Quien la gloria y la majestad sean dadas a Ti tanto ahora como por todas las generaciones y por siempre jamás. Amén» (1 Clemente 61).

La Iglesia siempre consideró un deber inexcusable el orar por los que ocupaban puestos de autoridad en los reinos de la Tierra; y traía incluso a sus perseguidores ante el trono de la gracia como Jesucristo nos ha mandado: «Orad por los que os ultrajan y os persiguen» (Mateo 5:44).

Los dones de Dios

La Iglesia pedía ciertas cosas para los que estaban en autoridad.

(i) Pedía para ellos «una vida tranquila y reposada.» Ésa era la oración por liberación de guerra, de rebelión y de cualquier cosa que inquietara o disturbara la paz del reino. Ésta es la oración de un buen ciudadano.

(ii) Pero la Iglesia pedía mucho más que eso. Pedía «una vida que se vive en piedad y reverencia». Aquí se nos presentan dos grandes palabras que son clave en las Epístolas Pastorales y describen cualidades que debe ambicionar no solamente el gobernante sino todo cristiano.

La primera es la piedad, eusébeia. Esta es una de las grandes y casi intraducibles palabras griegas. Describe reverencia tanto para con Dios como para con el hombre, esa actitud de la mente que respeta al hombre y honra a Dios. Eusebio la definía como «reverencia hacia el solo y único Dios, y la clase de vida que Él quiere que vivamos.» Para los griegos, el gran ejemplo de eusébeia fue Sócrates, a quien Jenofonte describe con los siguientes términos: «Tan piadosa y devotamente religioso que no daría un paso fuera de la voluntad del cielo; tan justo y recto que no cometería nunca ni aun la injuria más insignificante a ningún alma viviente; tan controlado, tan templado, que nunca en ninguna ocasión escogió lo más dulce en lugar de lo más amargo; tan sensible y sabio y prudente que nunca erraba al distinguir lo mejor de lo peor» (Jenofonte: Memorabilia, 4, 8,11). Eusébeia está muy cerca de la gran palabra latina pietas, que Warde Fowler describe así: « La cualidad conocida por los latinos como pietas se eleva a pesar de pruebas y peligros por encima de los engaños de la pasión individual y de la facilidad egoísta. La pietas de Eneas era un sentimiento del deber para con la voluntad de los dioses, tanto como para su padre, su hijo y su pueblo; y este deber nunca le abandona.» Está claro que eusébeia es una cosa tremenda. Nunca olvida la reverencia que le es debida a Dios; nunca olvida los derechos que se deben a los hombres; nunca olvida el respeto que se debe a uno mismo. Describe el carácter de la persona que nunca falla a Dios al hombre o a sí misma.

Segundo, está la reverencia, semnótés. Aquí nos encontramos otra vez en el reino de lo intraducible. El adjetivo correspondiente, semnós, se aplica constantemente a los dioses. R. C. Trench dice que el que es semnós «tiene una gracia y una dignidad que no presta la Tierra.» Dice que es el que, «sin pedirla, inspira reverencia.» Aristóteles fue el gran maestro griego de ética. Tenía una manera de describir cualquier virtud como el término medio entre dos extremos. A un lado estaba el extremo por exceso y al otro, por defecto; y entre los dos estaba el término medio en el que se encontraba la virtud. Aristóteles dice que semnótés es el término medio entre areskía, servilismo, y authadía, arrogancia. Bien se puede decir que para el que es semnós toda la vida es un acto de culto; toda la vida se vive en la presencia de Dios; se mueve por el mundo, como ha dicho alguien, como si fuera el templo del Dios vivo. Nunca olvida la santidad de Dios ni la dignidad del hombre.

Estas dos son grandes cualidades regias que cada uno debe codiciar y pedir para sí en oración.

Un solo Dios y un solo Salvador

Pablo concluye con la afirmación de las grandes verdades de la fe cristiana.

(i) Hay un solo Dios. No vivimos en un mundo como el que los gnósticos inventaron con sus teorías de dos dioses hostiles entre sí. No vivimos en un mundo como el que suponían los paganos con su horda de dioses, a menudo rivales entre sí. Los misioneros nos dicen que uno de los grandes alivios que trae el Cristianismo a los paganos en la convicción de que no hay más que un solo Dios. Viven constantemente aterrados con los dioses y es para ellos una emancipación el descubrir que no hay más que un solo Dios cuyo nombre es Padre y cuya naturaleza es amor.

(ii) Hay un solo Mediador. Aun los judíos habrían dicho que hay muchos mediadores entre Dios y el hombre. Un mediador es uno que se coloca entre dos partes y actúa como intermediario. Para los judíos, los ángeles eran mediadores.

El Testamento de Dan (6;2) dice: «Acércate a Dios, y al ángel que intercede por ti, porque él es un mediador entre Dios y el hombre.» Para los griegos había toda clase de mediadores.

Plutarco decía que era un insulto a Dios el concebir que estuviera de alguna manera involucrado directamente en el mundo; estaba en relación con el mundo solamente a través de ángeles y demonios y semidioses que eran, por así decirlo, sus relaciones públicas.

El hombre no tenía acceso directo a Dios, ni según el pensamiento judío ni según el griego. Pero por medio de Jesucristo, el cristiano tiene ese acceso directo, que nada puede interrumpir. Además, no hay más que un solo mediador. E. F. Brown nos dice que eso es, por ejemplo, lo que los hindúes encuentran tan difícil creer. Ellos dicen: « Vuestra religión está bien para vosotros y la nuestra para nosotros.» Pero a menos que haya un solo Dios y un solo mediador no podrá haber tal cosa como fraternidad humana. Si hay muchos dioses y muchos mediadores compitiendo por la lealtad y el amor de los humanos, la religión se convierte en algo que divide a los hombres en lugar de unirlos. Es precisamente porque hay un solo Dios y un solo mediador por lo que los hombres son hermanos entre sí.

Pablo pasa a llamar a Jesús el Que dio Su vida en rescate por todos. Eso quiere decir simplemente que Le costó a Dios la vida y la muerte de Su hijo el recuperar para Sí a los hombres. Hubo un hombre que había perdido un hijo en la guerra. Había vivido una vida de lo más descuidada y aun impía; pero la muerte de su hijo le colocó cara a cara con Dios como nada nunca antes. Llegó a ser un hombre cambiado. Cierto día estaba parado ante una lápida conmemorativa de la guerra, mirando en ella el nombre de su hijo. Y dijo muy humildemente: «Supongo que él tuvo que rebajarse hasta ese punto para elevarme a mí.» Eso es lo que hizo Jesús; dio Su vida para revelarnos el amor de Dios y traernos de vuelta a casa.

Entonces Pablo reclama para sí cuatro oficios.

(i) Es un heraldo de la historia de Jesucristo. Un heraldo es uno que hace un anuncio y que dice: «¡Esto es la verdad!» Es un hombre que trae una proclamación que no es suya propia, sino que le ha encargado el rey.

(ii) Es un testigo de la historia de Cristo. Un testigo es el que puede decir: «Esto es verdad, y yo lo sé» y también «produce resultados». Es uno que transmite, no solamente la historia de Cristo, sino también la historia de lo que Cristo ha hecho por él.

(iii) Es un enviado. Un enviado es uno cuyo deber es representar a su país en tierra extranjera. Un enviado en el sentido cristiano es por tanto uno que comunica la historia de Cristo a otros. Quiere comunicar la historia a otros para que represente tanto para ellos como representa para él.

(iv) Es un maestro. El heraldo es la persona que proclama los hechos; el testigo es la persona que proclama el poder de los hechos; el enviado es la persona que recomienda los hechos; el maestro es la persona que conduce a otros al significado de los hechos. No basta con conocer y saber que Cristo vivió y murió; debemos pensar a fondo lo que eso quiere decir. Una persona debe no sólo sentir la maravilla de la historia de Cristo; debe pensar a fondo en su significado para sí mismo y para el mundo.

Barreras para la oración

Así pues, es mi deseo que los hombres oren en todos los lugares elevando manos santas, sin ira en sus corazones ni dudas en sus mentes. De la misma manera es también mi deseo que las mujeres se adornen con modestia y discreción y ropa adecuada. Este adorno no debe consistir en peinados artificiosos y adornos de oro y perlas sino -como corresponde a mujeres que profesan reverenciar a Dios- deben adornarse con buenas obras. Que la mujer aprenda en silencio y con toda sumisión. Yo no permito enseñar o recibir el hombre de la mujer. Más bien mi consejo es que ésta mantenga silencio. Porque Adán fue formado primero y después Eva; y Adán no fue engañado, sino la mujer, que se vio envuelta en transgresión de esa manera. Pero las mujeres serán salvas criando hijos, si se mantienen en la fe y en el amor, y si se conducen con prudencia por el camino que conduce a la santidad.

La Iglesia Primitiva adoptó la actitud judía para la oración, que era de pie, con los brazos extendidos y las palmas hacia arriba. Más tarde Tertuliano había de decir que ésta reflejaba la postura de Jesús sobre la cruz.
Los judíos siempre habían sabido de ciertas barreras que impedían que las oraciones llegaran a Dios. Isaías oyó a Dios decirle a Su pueblo: «Cuando extendáis vuestros brazos, esconderé de vosotros Mis ojos; aunque elevéis muchas preces, no escucharé; vuestras manos están llenas de sangre» (Isaías 1:15). Aquí también se demandan ciertas condiciones.

(i) El que ore debe extender manos santas. Debe mantener elevadas hacia Dios manos que no toquen las cosas prohibidas. Esto no quiere decir ni por un momento que el pecador no tenga acceso a Dios; pero sí quiere decir que no hay realidad en las oraciones de la persona que sale a ensuciarse las manos con cosas prohibidas como si nunca hubiera orado. No se está pensando en el hombre que se encuentra en las garras de alguna pasión y desesperadamente luchando contra ella, amargamente consciente de su fracaso. Se está pensando en el hombre cuyas oraciones son un puro formulismo.

(ii) El que ore no ha de tener ira en su corazón. Se ha dicho que «el perdón es indivisible.» El perdón humano y el divino van de la mano. Una y otra vez Jesús subraya el hecho de que no podemos esperar recibir el perdón de Dios mientras estemos enemistados con nuestros semejantes. «Por tanto, si traes tu ofrenda al altar y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar y ve, reconciliate primero con tu hermano, y entonces vuelve y presenta tu ofrenda» (Mateo 5:23s). «Pero si no perdonáis sus ofensas a los hombres, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas» (Mateo 6:15). Jesús cuenta que el siervo que se negó a perdonar se encontró con que a él tampoco se le perdonaba, y termina: «Así también Mi Padre celestial hará con cualquiera de vosotros que no perdone a su hermano de todo corazón»

(Mateo 18:35). Para ser perdonado uno tiene que ser perdonador. La Didajé, el primero de los libros cristianos sobre el culto público, que data de alrededor del año 100 d.C. dice: «Que no venga a nosotros ninguno que tenga una pelea con su prójimo hasta que se reconcilien.» El rencor en el corazón de una persona es una barrera que impide que sus oraciones lleguen a Dios.

(iii) El que hace oración no debe tener dudas en la mente. Esta frase puede querer decir dos cosas. La palabra que se usa es dialoguismós, que puede querer decir o discusión o duda. Si la tomamos en el sentido de discusión, simplemente repite lo que precede y reitera el hecho de que el rencor y las peleas y las discusiones envenenadas son un obstáculo para la oración. Es mejor tomar el sentido de duda. Antes de que la oración sea contestada tiene que haber fe en que Dios contestará. Si una persona ora de una manera pesimista y sin una fe verdadera en que tiene sentido, su oración cae a tierra porque no tiene alas para remontarse. Antes de que una persona pueda ser curada, debe creer que puede ser curada; antes que una persona pueda echar mano de la gracia de Dios debe creer en esa gracia. Debemos dirigir a Dios nuestras oraciones en completa confianza de que Él escucha y contesta la oración.

Las mujeres en la iglesia

La segunda parte de este pasaje trata del lugar de las mujeres en la Iglesia. No se puede leer fuera de su contexto histórico por surgir totalmente de la situación en la que se escribió.

(i)Se escribió desde un trasfondo judío. No ha habido nunca una nación que diera a las mujeres un lugar más importante en el hogar y en la familia que los judíos; pero oficialmente la posición de la mujer era muy inferior. Para la ley judía no era una persona sino una cosa; estaba totalmente a disposición de su padre o de su marido. Se le prohibía aprender la Ley; el instruir a una mujer en la Ley era echar perlas a los puercos. Las mujeres no tomaban parte en el culto de la sinagoga; estaban encerradas aparte en una sección de la sinagoga, como si dijéramos en «el gallinero» donde no se las podía ver. Un hombre iba a la sinagoga para aprender; pero, como mucho, una mujer iba para oír. La lección de la escritura la leían en la sinagoga los miembros de la congregación; pero nunca mujeres, porque eso habría sido «quitarle honor a la congregación.» Estaba prohibido el que una mujer enseñara en una escuela; ni siquiera a los niños más pequeños. Una mujer estaba exenta de las demandas concretas de la Ley. No le era obligatorio asistir a las fiestas y a los festivales sagrados. Las mujeres, los esclavos y los niños eran de la misma clase. En la oración judía de la mañana, un varón daba gracias a Dios porque no le había hecho «gentil, esclavo o mujer.» En los Dichos de los Padres Rabí Yosé Ben Yohanán se cita como diciendo: «Que tu casa esté siempre totalmente abierta, y que los pobres sean tu familia y no hables mucho con ninguna mujer.» De ahí que los sabios hubieran dicho: «Cualquiera que habla mucho con una mujer trae desgracia sobre sí mismo, se aparta de las obras de la Ley y por último hereda de gehena». Un estricto rabino no saludaba nunca a una mujer en la calle, aunque fuera su esposa o hija o madre o hermana. Se decía de la mujer: «Su misión es enviar los niños a la sinagoga; atender a las cuestiones domésticas; dejar libre a su marido para que estudie en las escuelas; y mantener la casa para él hasta que vuelva.»

(ii) Se escribió desde un trasfondo griego. El trasfondo griego ponía las cosas doblemente difíciles. El lugar de la mujer en la religión griega era bajo. El Templo de Afrodita en Corinto tenía mil sacerdotisas que eran prostitutas sagradas, y todas las tardes cumplían su función en las calles de la ciudad. El Templo de Diana en Éfeso tenía centenares de sacerdotisas que se llamaban melissae, que quiere decir abejas, cuya función era la misma. Una mujer griega respetable llevaba una vida muy recluida. Vivía en una parte de la casa a la que no accedía nada más que su marido. No estaba presente ni en las comidas.

Nunca se la veía sola en la calle; nunca asistía a ninguna reunión pública. El hecho es que si en un pueblo griego las mujeres cristianas hubieran tomado una parte activa y hubieran hecho uso de la palabra, la Iglesia habría ganado inevitablemente la reputación de ser una guarida de mujeres livianas.

Además, en la sociedad griega había mujeres que no vivían más que para vestirse y peinarse elaborada y lujosamente. Plinio nos cuenta que hubo una novia en Roma, Lollia paulina, cuyo vestido de boda costó el equivalente de 100 millones de pesetas o un millón de dólares. Hasta los griegos y los romanos se escandalizaban del amor a los vestidos y las joyas que caracterizaba a algunas de sus mujeres. Las grandes religiones griegas se llamaban misterios o religiones misteriosas, que tenían precisamente las mismas reglas acerca del vestir que Pablo expone aquí. Hay una inscripción que dice: « Una mujer consagrada no ha de tener adornos de oro, ni colorines, ni polvos, ni diademas, ni pelo enrevesado, ni zapatos, excepto los que se hacen de piel de ante o de las pieles de animales sacrificados.» La Iglesia Primitiva no establecía estas reglas con carácter permanente, sino como cosas necesarias en la situación en que se encontraba.

En cualquier caso hay mucho que decir de la otra parte. En la antigua historia había una mujer que fue creada en segundo lugar y que sucumbió a la seducción del tentador de la serpiente tentadora; pero fue María de Nazaret la que dio a luz y crió al niño Jesús; fue María de Magdalena la primera persona que vio al Señor resucitado; fueron cuatro mujeres de entre todos los discípulos las que se mantuvieron al pie de la cruz.

Priscila, con su marido Aquila, eran maestros apreciados en la Iglesia Primitiva, que condujeron a Apolos al conocimiento pleno de la verdad (Hechos 18:26). Evodia y Síntique, a pesar de sus desavenencias, eran mujeres que trabajaban en el Evangelio (Filipenses 4:2s). El evangelista Felipe tenía cuatro hijas que eran profetisas (Hechos 21:9). Las mujeres de más edad tenían que enseñar (Tito 2:3). Pablo consideraba a Lidia y Eunice dignas del más alto honor (2 Timoteo 1:5); y hay muchos nombres de mujer en el cuadro de honor de los servidores de la Iglesia en Romanos 16.

Todo lo de este capítulo son reglas meramente temporales para satisfacer una situación dada. Si queremos saber el punto de vista definitivo de Pablo en esta cuestión, vayamos a Gálatas 3:28: « No hay diferencia entre judíos o griegos, esclavos o libres, varones o mujeres, porque todos vosotros sois una cosa en Jesucristo.» En Cristo se borran en la Iglesia las diferencias de lugar y honor y cargos.

Y sin embargo este pasaje termina con una verdad indudable. Las mujeres, dice, se salvarán criando hijos. Esto puede querer decir dos cosas. Es posible que sea una referencia al hecho de que María, una mujer, fue la madre de Jesús, y que eso quiera decir que las mujeres se salvarán -como también los hombres- por ese acto supremo de dar a luz al Mesías.

Pero es mucho más probable que el sentido sea mucho más sencillo; y que aquí se quiera decir que las mujeres encontrarán la salvación, no en hablar en las reuniones, sino en la maternidad, que es su corona. Aparte de todos los otros sentidos posibles, la mujer es la reina del hogar.

No debemos leer este pasaje como una barrera para el trabajo de las mujeres en la Iglesia, sino a la luz de su trasfondo judío y griego. Y debemos buscar el punto de vista permanente de Pablo en el pasaje en que nos dice que las diferencias se han borrado, y que hombres y mujeres, esclavos y libres, judíos y gentiles, son todos igualmente elegibles en el servicio de Cristo.

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