1-Timoteo-1-El-real-decreto

1 Timoteo: 1 El real decreto

Pablo, apóstol de Jesucristo por real decreto de Dios, nuestro Salvador, y de Jesucristo, nuestra esperanza, escribe esta carta a Timoteo, su auténtico hijo en la fe. Gracia, misericordia y paz te sean concedidas de nuestro Señor Jesucristo.

Nunca ha habido una persona que haya apreciado su misión tanto como Pablo. No la elevaba por orgullo, sino maravillado de que Dios le hubiera escogido para una tarea así. Dos veces en las palabras introductorias de esta carta establece la grandeza de su privilegio.

(i) Primero, se llama apóstol de Jesucristo. Apóstol es la forma española de la palabra griega apóstolos, del verbo apostellein, que quiere decir enviar; un apóstolos era uno que era enviado. Ya en los tiempos de Heródoto quería decir un mensajero, un embajador, uno que es enviado como representante de su país y de su rey. Pablo siempre se consideraba el mensajero y embajador de Cristo. Y, en verdad, esa es la tarea de todo cristiano. Es la primera obligación de todo embajador el establecer contacto entre el país al que es enviado y el país que le ha enviado. Es un enlace. Y su primera obligación es ser un enlace entre sus semejantes y Jesucristo.

(ii) Segundo, dice que es apóstol por real decreto de Dios. La palabra que usa es epitagué. Esta es la palabra que usaban los griegos para las obligaciones que le imponía a una persona alguna ley inviolable; para el decreto que le llegaba a una persona del rey; y, sobre todo, para las instrucciones que le llegaban a uno, ya fuera directamente o mediante algún oráculo, de Dios. Por ejemplo: en una inscripción, un hombre dedica un altar a la diosa Cibeles kat›epitaguén, de acuerdo con la orden de la diosa que, nos dice, se le había aparecido en un sueño. Pablo se consideraba un hombre que había recibido una comisión del Rey.

Si uno pudiera llegar a esa seguridad de ser enviado de Dios, tendría un nuevo esplendor en su vida. Por muy humilde que fuera su papel, estaría al servicio del Rey.

La vida ya no puede parecer aburrida si de par en par hemos abierto las ventanas y visto el ancho mundo que está esperando fuera, y con recogimiento nos hemos susurrado: – ¡Se nos contrata para la empresa del gran Rey!

Es siempre un privilegio hacer aunque sea las cosas más sencillas por alguien a Quien amamos y respetamos y admiramos.

El cristiano está toda la vida en el negocio del Rey.

Pablo pasa a dar a Dios y a Jesús dos grandes títulos. Habla de Dios como nuestro Salvador. Esta es una nueva forma de hablar. No encontramos este título de Dios en ninguna de las cartas anteriores de Pablo. Hay dos trasfondos de los que procede.

(a) Viene del trasfondo del Antiguo Testamento. Moisés acusa a Israel de que Jesurún «abandonó al Dios Que le había hecho, y menospreció a la Roca de su salvación» (Deuteronomio 32:15). El salmista canta del hombre que recibirá la bendición del Señor y la vindicación del Dios de su salvación (Salmo 24:5). María dice en su cántico: « ¡Engrandece, alma mía, al Señor, y regocíjate, espíritu mío, en Dios mi Salvador!» (Lucas 1:46s). Cuando Pablo llama a Dios Salvador, estaba volviendo a una idea que siempre había sido muy querida a Israel.

(b) Tiene un trasfondo pagano. Resulta que precisamente por este tiempo el título sótér estaba bastante de moda. La gente lo había usado siempre. En los días antiguos, los romanos habían llamado a su gran general Escipión «nuestra esperanza y nuestra salvación.» Pero, por este tiempo, era el título que los griegos le daban a Esculapio, el dios de la sanidad. Y era uno de los títulos que el emperador romano Nerón se había asignado. Así es que, en esta frase inicial, Pablo está tomando el título que estaba a menudo en los labios de un mundo buscador e ilusionado, y dándoselo a la única Persona a la Que pertenecía por derecho propio.

No debemos olvidar nunca que Pablo llamó a Dios Salvador. Es posible tener una idea equivocada de la Reconciliación.

Algunas veces se habla de ella de una manera que indica que algo que Jesús hizo apaciguó la ira de Dios. La idea que dan es que Dios estaba decidido a destruirnos, y que de alguna manera Jesús consiguió transformar Su ira en amor. En ningún lugar del Nuevo Testamento se encuentra la más mínima insinuación de tal cosa. Fue porque de tal manera amó Dios al mundo por lo que envió a Jesús al mundo (Juan 3:16). Dios es Salvador. No debemos pensar nunca, ni predicar, ni enseñar, que Dios tuviera que ser apaciguado y persuadido a amarnos, porque todo empieza por Su amor.

La esperanza del mundo

Pablo usa un título que ha llegado a ser uno de los grandes títulos de Jesús -«Jesucristo, nuestra esperanza.» Mucho tiempo antes, el salmista se había preguntado: «¿Por qué te abates, alma mía?» Y se había respondido: « ¡Espera en Dios!» (Salmo 43:5). Pablo mismo habla de «Cristo en vosotros, la esperanza de gloria» (Colosenses 1:27). Juan habla de la perspectiva deslumbradora que aguarda al cristiano, la de ser como Cristo; y pasa a decir: «Todo el que tiene esta esperanza en Él se purifica a sí mismo así como Él es puro» (1 Juan 3:2s).

En la Iglesia Primitiva este había de llegar a ser uno de los títulos más preciosos de Cristo. Ignacio de Antioquía, cuando iba de camino a su propia ejecución en Roma, escribe a la iglesia de Éfeso: «Tened buen ánimo en Dios el Padre y en Jesucristo nuestra común esperanza» (Ignacio de Antioquía: A los Efesios 21:2). Y Policarpo escribe: «Perseveremos por tanto en nuestra esperanza y en las arras de nuestra justicia que es Jesucristo» (Epístola de Policarpo 8).

(i) Los hombres encontraron en Cristo la esperanza de la victoria moral y de la conquista del yo. El mundo antiguo conocía su pecado. Epicteto había hablado anhelantemente de «nuestra debilidad en las cosas necesarias.» Séneca había dicho que «odiamos nuestros vicios y los amamos al mismo tiempo.» Y dijo también: « No nos hemos mantenido valerosamente firmes en nuestras resoluciones; a pesar de nuestra voluntad y resistencia hemos perdido nuestra inocencia. Y no es sólo que hayamos fallado en el pasado, sino que seguiremos igual hasta el final.» El poeta latino Persio escribía impactantemente: «Que los culpables vean la virtud, y lamenten haberla perdido para siempre.» También habla del «inmundo Natta, embrutecido por el vicio.» El mundo antiguo reconocía su indefensión demasiado bien; y Cristo vino, no solamente para decirle a la humanidad lo que es correcto, sino para darle el poder para vivirlo. Cristo dio a las personas que la habían perdido la esperanza de la victoria en vez de la derrota moral.

(ii) Las personas encontraron en Cristo la esperanza de la victoria sobre las circunstancias. El Cristianismo vino a un mundo en una edad de la más terrible inseguridad personal. Cuando el historiador latino Tácito llegó en su historia a la edad en que la Iglesia Cristiana empezó a existir escribió: «Me adentro en la historia de un período rico en desastres, entenebrecido por guerras, rasgado por sediciones; más aún, salvaje hasta en sus momentos de paz. Cuatro emperadores perecieron por la espada; hubo tres guerras civiles; hubo más guerras con .los extranjeros, y algunas eran las dos cosas a un tiempo… Roma, desolada por incendios; sus viejos templos, quemados; el mismo Capitolio, ardiendo en llamas provocadas por manos romanas; profanación de los ritos sagrados; el adulterio, en los lugares más encumbrados; el mar, abarrotado de exiliados; las islas rocosas, inundadas de crímenes; y aun más salvaje era el frenesí en Roma: la nobleza, la riqueza, el rechazo de los cargos, su aceptación… todo era un puro crimen, y la virtud era el camino más seguro a la ruina. Las recompensas de los informadores no eran menos odiosas que sus obras. Uno encontraba su botín en el sacerdocio o en el consulado; otro, en un gobierno de provincia; otro, detrás del trono. Todo era un delirio de odio y terror; se sobornaba a los esclavos para que traicionaran a sus amos; a los libertos para que traicionaran a sus patronos; y el que no tenía enemigo, era traicionado por su amigo» (Tácito: Historias 1,2). Como decía Gilbert Murray, toda la edad sufría de «falta de nervio.» La gente anhelaba alguna muralla de defensa contra « el caos mundial que se les echaba encima.» Fue Cristo Quien en tales tiempos dio a las personas la fuerza para vivir, y el coraje, si era necesario, para morir. En la certidumbre de que nada en la tierra podía separarlos del amor que Dios les había mostrado en Jesucristo, los cristianos encontraron la victoria sobre los terrores de la edad.

(iii) Los hombres encontraron en Cristo la esperanza de la victoria sobre la muerte. Encontraron en Él al mismo tiempo la fuerza para las cosas mortales y la esperanza inmortal. (Cuando murió la madre de este vuestro traductor, mi padre, don Carlos Araujo García, de bendita memoria, escogió las tres palabras de este texto para la lápida que sería también la suya: «Jesucristo, nuestra esperanza»). Ese fue -y sigue siendo el grito de combate de la Iglesia.

Timoteo, hijo mío

Era a Timoteo a quien se dirigía esta carta, y Pablo no podía nunca hablar de él sin poner afecto en su voz. Timoteo era natural de Listra, en la provincia de Galacia. Era una colonia romana; se daba el nombre de « La muy esplendente Colonia de Listra,» aunque en realidad era una población pequeña al final de la tierra civilizada. Su importancia radicaba en que había allí una guarnición romana acuartelada para mantener el control de las tribus salvajes de las montañas de Isauria que se encontraban más allá. Fue en su primer viaje misionero cuando Pablo y Bemabé llegaron allí (Hechos 14:821). Entonces no se menciona a Timoteo en el relato; pero se ha sugerido que, cuando Pablo estuvo en Listra, tal vez se alojó en la casa de Timoteo, en vista del hecho de que conocía bien la fe y la consagración de la madre de Timoteo, Eunice, y de su abuela Loida (2 Timoteo 1:5).

En aquella primera visita Timoteo sería muy joven, pero la fe cristiana arraigó en él, y Pablo se convirtió en su héroe. Fue en la visita de Pablo a Listra en su segundo viaje misionero cuando empezó la vida para Timoteo (Hechos 16:1-3). Aunque era joven, había llegado a ser una de las promesas de la iglesia cristiana de Listra. Había tal encanto y entusiasmo en el muchacho que todos los miembros de la congregación hablaban bien de él. A Pablo le pareció que era el hombre ideal para ser su ayudante. Puede ser que ya entonces tuviera el sueño de que ese muchacho fuera la persona idónea a la que podía entrenar para que le sucediera cuando su tiempo llegara a su fin.

Timoteo era hijo de un matrimonio mixto. Su madre era judía y su padre griego (Hechos 16:1). Pablo le circuncidó, no porque fuera un esclavo de la Ley, ni porque viera en la circuncisión ninguna virtud especial; pero sabía muy bien que si Timoteo había de trabajar entre los judíos, habría un primer juicio inicial contra él si no estaba circuncidado; así que dio este paso como medida práctica para aumentar su utilidad como evangelista.

Desde entonces en adelante Timoteo fue el compañero constante de Pablo. Le dejó en Berea con Silas cuando él, Pablo, escapó a Atenas, y más tarde se reunió con él allí (Hechos 17:14s. y 18:5). Fue enviado como mensajero de Pablo a Macedonia (Hechos 19:22). Estaba allí cuando se hizo la colecta de las iglesias para la de Jerusalén (Hechos 20:4). Estaba con Pablo en Corinto cuando Pablo escribió su carta a Roma (Romanos 16:21). Fue a Corinto cuando hubo problemas en aquella iglesia conflictiva (1 Corintios 4:17; 16:10). Estaba con Pablo cuando Pablo escribió 2 Coriñtios (1:1,19). Fue a Timoteo a quien Pablo envió a ver cómo iban las cosas en Tesalónica, y estaba con Pablo cuando escribió su primera carta a esa iglesia (1 Tesalonicenses 1:1; 3:2,6). Estaba con Pablo cuando este estaba preso y escribió a Filipos, adonde Pablo tenía intención de enviarle como su representante (Filipenses 1:1; 2:19). Estaba con Pablo cuando escribió a la iglesia de Colosas y a Filemón (Colosenses 1:1; Filemón 1:1). Timoteo estaba casi constantemente al lado de Pablo, y cuando Pablo tenía una tarea difícil se la encomendaba a él.

Una y otra vez vibra con afecto la voz de Pablo cuando habla de Timoteo. Cuando le envía a aquella tristemente dividida iglesia de Corinto, escribe: «Os he enviado a Timoteo, que es mi hijo amado y fiel en el Señor» (1 Corintios 4:17). Cuando tiene intención de mandarle a Filipos, escribe: «Porque no tengo a ningún otro… que como hijo a padre me haya servido en el Evangelio» (Filipenses 2:20,22). Aquí le llama «su auténtico hijo.» La palabra que usa para auténtico es gnésios, que tiene dos sentidos: el normal de legítimo como opuesto a ilegítimo, y el de genuino como opuesto a falso.

Timoteo era el hombre en quien Pablo podía confiar y al que podía mandar adonde fuera. ¡Feliz el líder que tiene un lugarteniente semejante! Timoteo es nuestro ejemplo de cómo se debe servir. Cristo y Su Iglesia necesitan siervos así.

Gracia, misericordia y paz

Pablo empezaba siempre sus cartas con una bendición (Romanos 1:7; 1 Corintios 1:3; 2 Corintios 1:2; Gálatas 1:3; Efesios 1:2; Filipenses 1:2; Colosenses 1:2; 1 Tesalonicenses 1:1; 2 Tesalonicenses 1:2; Filemón 3). En todas sus otras cartas solo aparecen las palabras Gracia y Paz. Es solo en las cartas a Timoteo y Tito donde se nombra también Misericordia (2 Timoteo 1:2; Tito 1:4) Veamos estas tres grandes palabras.

(i) En Gracia hay siempre tres ideas dominantes.

(a) En griego clásico, la palabra jaris quiere decir gracia exterior o favor, belleza, atractivo, encanto. Corrientemente, aunque no siempre, se aplica a personas. (Los hispanohablantes tenemos la gran suerte de que nuestra palabra gracia tenga todos estos significados, y sea por tanto una traducción fiel de jaris). Gracia es característicamente algo atractivo y encantador.

(b) En el Nuevo Testamento siempre conlleva la idea de una generosidad a ultranza. Gracia es algo que no se gana ni se merece. Es lo contrario de una deuda. Pablo dice que al que se lo ha ganado no se le da su salario por gracia, sino porque se le debe (Romanos 4:4). Se opone también a obras. Pablo dice que la elección de Dios a Su pueblo no fue debida a obras que ellos hubieran hecho, sino a la gracia de Dios (Romanos 11:6).

(c) En el Nuevo Testamento siempre conlleva la idea de universalidad. Una y otra vez Pablo usa la palabra gracia en relación con la recepción de los gentiles en la familia de Dios. Da gracias a Dios por la gracia que se ha concedido a los corintios en Jesucristo (1 Corintios 1:4). Habla de la gracia que Dios ha otorgado a las iglesias de Macedonia (2 Corintios 8:1). Y de que los gálatas fueron llamados a la gracia de Cristo (Gálatas 1:6). La esperanza que recibieron los tesalonicenses vino por gracia (2 Tesalonicenses 2:16). Fue la gracia de Dios lo que hizo a Pablo apóstol de los gentiles (1 Corintios 15:10). Fue por la gracia de Dios por lo que trabajó él entre los corintios (2 Corintios 1:12). Fue por gracia por lo que Dios le llamó y apartó desde el vientre de su madre (Gálatas 1:15). Es la gracia que Dios le ha concedido lo que le hace atreverse a escribir a la iglesia de Roma (Romanos 15:15). Para Pablo, la gran prueba de la gracia de Dios era la entrada de los gentiles en la Iglesia y su apostolado entre ellos.

La gracia es algo encantador; es algo gratuito; y es algo universal. Como F. J. Hort escribió hermosamente: « Gracia es una palabra inclusiva, que reúne en sí todo lo que se puede suponer que puede expresarse en la sonrisa del Rey celestial mirando a Su pueblo aquí abajo.»

(ii) Paz era la palabra judía normal de saludo; y en el pensamiento hebreo expresa, no simplemente la ausencia de guerra, sino «la forma más inclusiva de bienestar.» Es todo lo que contribuye al máximo bien de la persona. Es el estado del que se encuentra arropado por el amor de Dios. F. J. Hort escribe: « La paz es la antítesis de cualquier clase de conflicto o guerra o malestar, de toda enemistad exterior o inquietud interior.»

(iii) Misericordia es la palabra nueva en la bendición apostólica. En griego es éleos, y en hebreo jésed. «Misericordia -decía don Juan Fliedner- es tener el corazón dispuesto para con el mísero.» Cuando Pablo pedía misericordia sobre Timoteo estaba diciendo sencillamente: « Timoteo, que Dios sea bueno contigo.» Pero hay más que eso en esta palabra. Jésed se usa en los Salmos no menos de 127 veces. Una y otra vez tiene el significado de ayuda en tiempo de necesidad.

Denota, como dice Parry, « la intervención activa de Dios para ayudar.» Y Hort la define como « la condescendencia del Altísimo para ayudar al indigente.» En el Salmo 40:11 el salmista exclama con gozo: «¡Tu misericordia y Tu verdad me guardan siempre!» Y el Salmo 57:3 dice: « Él enviará desde los cielos y me salvará… Dios enviará Su misericordia y Su verdad.» En el Salmo 86:14-16 el salmista piensa en las fuerzas de los malvados desplegadas contra él, y se conforta con el pensamiento de que Dios es «grande en misericordia y fidelidad.» Es por Su generosa misericordia por lo que Dios nos ha hecho renacer a una esperanza viva por la Resurrección de Jesucristo (1 Pedro 1:3). Los gentiles deben glorificar a Dios por esa misericordia que los ha rescatado del pecado y de la desesperación (Romanos 1 S: 9). La misericordia de Dios es Dios actuando para salvar. Bien puede ser que Pablo añadiera misericordia a sus dos palabras corrientes, gracia y paz, porque Timoteo se encontrara en una situación difícil, y necesitara en una palabra que se le dijera que el Altísimo era la ayuda de los necesitados.

Error y herejía

Te estoy escribiendo ahora para insistir en la petición que ya te hice cuando te exhorté a que te quedaras en Efeso mientras yo iba a Macedonia para que transmitieras la advertencia a algunos de los de allí de que no enseñaran errores novedosos, ni prestaran atención a leyendas improductivas y a genealogías interminables que solo consiguen producir vanas especulaciones más bien que la edificación efectiva del pueblo de Dios que debe basarse en la fe. La instrucción que te di estaba diseñada para producir el amor que brota de un corazón puro, de la buena conciencia y de la fe firme auténtica. Pero algunas de estas personas de las que estoy hablando no han tratado nunca de encontrar el verdadero camino, y se han desviado siguiendo vanas e inútiles discusiones en su pretensión de llegar a ser maestros de la Ley, aunque no saben de lo que están hablando ni se dan cuenta del verdadero significado de las cosas sobre las que dogmatizan.

Está claro que por detrás délas Epístolas Pastorales se encuentra alguna herejía que amenazaba a la Iglesia. Desde el mismo principio será bueno tratar de ver cuál era esa herejía. Por tanto, recojamos los datos acerca de ella.

Este mismo pasaje nos coloca cara a cara con dos de sus grandes características. Trataba de leyendas improductivas y genealogías interminables. Estas dos cosas no eran peculiares de esta herejía, sino estaban profundamente enraizadas en el pensamiento del mundo antiguo.

Primero, las leyendas improductivas. Una de las características del mundo antiguo era que los poetas, y aun los historiadores, se deleitaban en desarrollar historias románticas y ficticias sobre la fundación de ciudades y familias. Hablaban de algún dios que había venido a la tierra y fundado la ciudad, o tomado en matrimonio a alguna joven mortal y creado una familia.

El mundo antiguo estaba lleno de historias por el estilo.

Segundo, las genealogías interminables. El mundo antiguo tenía verdadera pasión por las genealogías. Podemos ver esto hasta en el Antiguo Testamento, con sus capítulos de nombres, y en el Nuevo Testamento con las genealogías de Jesús que se encuentran en los evangelios de Mateo y Lucas. Un hombre como Alejandro Magno hizo que le construyeran un pedigrí totalmente artificial en el que trazaba su ascendencia por una parte hasta Aquiles y Andrómaca, y por la otra hasta Perseo y Hércules.

Sería la cosa más fácil del mundo para el Cristianismo el perderse en historias interminables y fabulosas acerca de sus orígenes, y en genealogías elaboradas e imaginarias. Ese era un peligro inherente en la situación en la que se iba desarrollando el pensamiento cristiano.

Era especialmente amenazador desde dos direcciones.

Amenazaba desde la tradición judía. Para los judíos no había libro en el mundo que se pudiera comparar con el Antiguo Testamento. Sus investigadores se pasaban la vida estudiándolo y exponiéndolo. Muchos capítulos y secciones del Antiguo Testamento son largas genealogías; y una de las ocupaciones favoritas de los estudiosos judíos era construir una biografía imaginaria y edificante de cada uno de los nombres de la lista; uno podía dedicarse a eso interminablemente, y puede ser que eso fuera lo que Pablo tuviera en mente. Puede que estuviera diciendo: «Cuando deberíais estar trabajando en la vida cristiana, estáis elaborando biografías y genealogías imaginarias. Estáis perdiendo el tiempo en curiosidades elegantes, cuando deberíais dedicaros a vivir íntimamente la vida cristiana.» Esta puede ser una advertencia para nosotros para que no dejemos nunca que nuestro pensamiento se pierda en especulaciones que no aprovechan.

Las especulaciones de los griegos

Pero este peligro presentaba una amenaza aun más grande desde el lado griego. En aquel tiempo de la Historia se estaba desarrollando una línea de pensamiento griego que llegó a conocerse como el gnosticismo. Lo encontramos especialmente en el trasfondo de las Epístolas Pastorales, la carta a los Colosenses y el Cuarto Evangelio.

El gnosticismo era totalmente especulativo. Empezaba con el problema del origen del pecado y del sufrimiento. Si Dios es totalmente bueno, no podía haberlos creado. Entonces, ¿cómo se introdujeron en el mundo? La respuesta gnóstica era que la creación no había sido de la nada, sino que desde toda eternidad había existido la materia. Creían que esta materia era esencialmente imperfecta, una cosa mala, y de esta materia fue creado el mundo.

Tan pronto como llegaron a este punto, se metieron en otro problema. Si la materia es esencialmente mala y Dios es esencialmente bueno, Dios no podía haber tocado esta materia. Así es que empezaron otra serie de especulaciones. Decían que Dios había producido una emanación, y esta a su vez otra, y la segunda una tercera, y así sucesivamente hasta que hubo una emanación tan distante de Dios que podía manejar la materia; y que no había sido Dios, sino esa emanación la que había creado el mundo.

Y llegaban aún más lejos. Mantenían que cada emanación sucesiva conocía menos a Dios que las anteriores, hasta el punto de que llegó una etapa en la serie cuando las emanaciones Le desconocían totalmente, y más: hubo una etapa final cuando las emanaciones, no solo no conocían a Dios, sino Le eran activamente hostiles. Así es que llegaron a la ideas de que el dios que había creado el mundo desconocía y era hostil al verdadero Dios. Más tarde llegaron aún más lejos identificando al Dios del Antiguo Testamento con ese dios creador, y al Dios del Nuevo Testamento con el verdadero Dios.

Además proveían a cada una de las emanaciones con una biografía completa. Así es como construyeron una mitología elaborada de dioses y emanaciones, cada una con su historia, y biografía, y genealogía. No cabe duda que el mundo antiguo se enredaba en esa clase de pensamientos; y que esto también penetró en la Iglesia. Hacía de Jesús si acaso la más grande de las emanaciones, la más próxima a Dios. Le catalogaba como el primer eslabón de la cadena interminable que iba desde Dios hasta el hombre.

Esta línea gnóstica de pensamiento tenía ciertas características que aparecen por todas partes en las Epístolas Pastorales como las de aquellos cuyas herejías amenazaban a la Iglesia y la pureza de la fe.

(i) El gnosticismo está claro que era altamente especulativo, y era por tanto intelectualmente cursi. Creía que toda esta especulación intelectual estaba muy por encima de la percepción mental de la gente corriente, y no era nada más que para unos pocos escogidos, la elite de la Iglesia. Así es que se advierte a Timoteo contra «la charla impía y las contradicciones de lo que llaman falsamente conocimiento» (1 Timoteo 6:20). Se le advierte contra una religiosidad de cuestiones especulativas en lugar de una fe humilde (1 Timoteo 1:4). Y se le advierte contra el hombre que está orgulloso de su inteligencia, pero que realmente no sabe nada de nada, y no hace más que inventar cuestiones y luchas de palabras (1 Timoteo 6:4). Se le dice que evite la «charla impía,» porque no produce más que impiedad (2 Timoteo 2:16). Se le dice que evite «controversias estúpidas e insensatas» que no acaban más que en peleas (2 Timoteo 2:23). Además, las Epístolas Pastorales dejan bien claro que esta idea de una aristocracia intelectual es totalmente errónea, porque el amor de Dios es universal. Dios quiere que todos los hombres sean salvos, y que todos vengan al conocimiento de la verdad (1 Timoteo 2:4). Dios es el Salvador de todos los hombres, especialmente de los creyentes (1 Timoteo 4:10) La Iglesia Cristiana no debe tener nada que ver con ninguna especie de fe que se base en la especulación intelectual y que presuponga una aristocracia intelectual arrogante.

(ii) El gnosticismo investigaba la larga serie de emanaciones. Le daba a cada una de ellas una biografía y un pedigrí y una importancia relativa en la cadena entre Dios y los hombres. Estos gnósticos se interesaban por «genealogías interminables » (1 Timoteo 1:4). Les encantaban «los mitos impíos y estúpidos» acerca de las emanaciones (1 Timoteo 4:7).

Apartaban los oídos de la verdad, y los aguzaban a los mitos (2 Timoteo 4:4). Traficaban en fábulas como los mitos judíos (Tito 1:14). Lo peor de todo era que pensaban en términos de dos dioses, y en Jesús como uno de una serie de mediadores entre Dios y los hombres; mientras que « no hay más que un solo Dios, y un solo Mediador entre Dios y los hombres, el Hombre Jesucristo» (1 Timoteo 2:5). No hay más «que un solo Rey de los siglos, inmortal, invisible; no hay más que un solo Dios (1 Timoteo 1:17). El Cristianismo tuvo que repudiar una religión que despojaba a Dios y a Jesucristo de Su unicidad.

La ética de la herejía

El peligro del gnosticismo no era solamente intelectual. Tenía serias consecuencias morales y éticas. Debemos recordar que su creencia básica era que la materia era esencialmente mala, y solo el espíritu era bueno. Aquello producía dos resultados opuestos.

(i) Si la materia es esencialmente mala, el cuerpo también lo es; y hay que despreciar y humillar el cuerpo. Por tanto, el gnosticismo podía conducir a un ascetismo riguroso. Prohibía casarse, porque había que suprimir los instintos del cuerpo. Establecía severas leyes alimentarias, porque había que suprimir las necesidades del cuerpo en la medida de lo posible. Así es que las Epístolas Pastorales hablan de los que prohíben casarse y mandan abstenerse de viandas (1 Timoteo 4:3). La respuesta a esas personas es que todo lo que Dios ha creado es bueno y se ha de recibir con acción de gracias (1 Timoteo 4:4). Los gnósticos consideraban la creación una cosa mala, la obra de un dios malo; el Cristianismo considera la creación una cosa noble, el don de un Dios bueno. El cristiano vive en un mundo en el que todas las cosas son puras; el gnóstico vivía en un mundo en el que todo era inmundo (Tito 1:15).

(ii) Pero el gnosticismo podía conducir a la actitud ética totalmente opuesta. Si el cuerpo es malo, no importa lo que se haga con él. Por tanto, se le puede permitir que sacie sus apetitos. Tales cosas no tienen ninguna importancia. Por tanto, uno puede usar su cuerpo de la manera más licenciosa, porque todo es exactamente lo mismo. Así es que las Epístolas Pastorales hablan de los que descarrían a mujeres débiles hasta que están cargadas de pecado y son víctimas de toda clase de concupiscencias (2 Timoteo 3:6). Tales hombres profesan conocer a Dios, pero Le niegan con sus obras (Tito 1:16). Usaban sus creencias religiosas como licencia para la peor inmoralidad.

(iii) El gnosticismo tenía todavía otra consecuencia. El cristiano cree en la resurrección del cuerpo. Eso no es decir que se haya creído nunca que resucitamos con este cuerpo humano mortal; pero siempre se ha creído que, después de la resurrección, una persona tendría un cuerpo espiritual provisto por Dios. Pablo trata de toda esta cuestión en 1 Corintios 15. Los gnósticos mantenían que no hay tal cosa como la resurrección del cuerpo (2 Timoteo 2:18). Después de la muerte una persona sería una especie de fantasma desencarnado. La diferencia básica está en que los gnósticos esperaban la destrucción del cuerpo; los cristianos creen en su redención. Los gnósticos creían en lo que llamarían la salvación del alma; los cristianos creemos en la salvación de toda la persona.

Así es que por detrás de las Epístolas Pastorales se encuentran estos herejes peligrosos que dedicaban sus vidas a especulaciones intelectuales; que veían este mundo como malo, lo mismo que al dios creador; que ponían entre el mundo y Dios una serie interminable de emanaciones y dioses inferiores, y se pasaban la vida equipando a cada una de ellas con fábulas y genealogías interminables; que reducían a Jesús a la posición de un eslabón de la cadena, y Le despojaban de Su unicidad; que vivían, o en un ascetismo riguroso o en una licencia desmadrada; que negaban la resurrección del cuerpo. Las Epístolas Pastorales se escribieron para combatir esas creencias heréticas.

La mentalidad del hereje

En este pasaje tenemos una clara descripción de la mentalidad del hereje. Hay una clase de herejía en la que una persona difiere de la fe ortodoxa porque ha pensado las cosas honradamente y no puede estar de acuerdo con ella. No es que se enorgullezca de ser diferente; es diferente sencillamente porque no lo puede evitar. Tal herejía no echa a perder el carácter de la persona; puede hasta llegar a elevarlo, porque ha pensado a fondo su fe, y no vive de una ortodoxia de segunda mano. Pero ese no es el hereje cuyo retrato se nos traza aquí. Aquí se distinguen cinco características del hereje peligroso.

(i) Lo que le mueve es el deseo de lo novedoso. Es como el que tiene que ir a la última moda, y experimentar la última novedad. Desprecia las cosas antiguas por la sencilla razón de que lo son, y desea cosas nuevas nada más que por serlo. El Cristianismo ha tenido siempre el problema de presentar la verdad antigua de una manera nueva. La verdad no cambia; pero cada edad tiene que encontrar su propia manera de presentarla. Un maestro y predicador debe hablar a su audiencia en el lenguaje que puede entender. La antigua verdad y la nueva presentación deben ir de la mano.

(ii) Exalta la mente a expensas del corazón. Su concepción de la religión es que es especulación y no experiencia. El Cristianismo no ha exigido nunca que una persona dejara de pensar por sí misma; pero sí exige que su pensamiento esté dominado por una experiencia personal de Jesucristo.

(iii) Se dedica a la discusión en lugar de a la acción. Está más interesado en la discusión rebuscada que en la edificación efectiva de la casa de la fe. Olvida que la verdad no es solamente lo que una persona acepta con la mente, sino también algo que se traduce en acción. Hace mucho se trazó una comparación entre los griegos y los judíos. A los griegos les encantaba la discusión como tal; no había nada que les gustara más que sentarse en un grupo de amigos, y entregarse a una serie de acrobacias mentales y gozar del «estímulo del paseo mental.» Pero no estaban especialmente interesados en llegar a conclusiones, ni en desarrollar un principio de acción. Al judío también le gustaba la discusión; pero quería llegar siempre a una decisión que exigiera acción. Siempre hay peligro de herejía cuando caemos en la fascinación de las palabras, y olvidamos las obras; porque las obras son la piedra de toque por la que se comprueba todo argumento.

(iv) La mueve la arrogancia y no la humildad. Mira por encima del hombro despectivamente a la gente sencilla que no puede seguir sus vuelos de especulación intelectual. Considera a los que no pueden llegar a comprender sus conclusiones como necios ignorantes. El cristiano tiene que combinar de alguna manera una certeza inamovible con una humildad amable.

(v) Es culpable de dogmatismo sin conocimiento. No sabe realmente de lo que está hablando, ni entiende realmente el significado de las cosas sobre las que dogmatiza. Lo extraño de la discusión religiosa es que todo el mundo se cree con derecho a expresar su opinión dogmáticamente. En todos los otros terrenos se exige que la persona tenga un cierto conocimiento antes de establecer una ley. Pero hay algunos que dogmatizan acerca de la Biblia y su enseñanza aunque no han tratado nunca de descubrir lo que han dicho los expertos en el lenguaje y en la historia. Bien puede ser que la causa cristiana haya sufrido más por el dogmatismo ignorante que por ninguna otra causa.

Cuando pensamos en las características de los que estaban turbando a la iglesia de Efeso podemos ver que sus descendientes siguen entre nosotros.

La mentalidad del pensador cristiano

De la misma manera que este pasaje traza el retrato del pensador que causa problemas en la Iglesia, también lo traza del verdadero pensador cristiano. También él tiene cinco características.

(i) Su pensamiento se basa en la fe. La fe quiere decir tomarle a Dios la palabra. Quiere decir creer que Dios es como Jesús nos Le ha presentado. Es decir: parte de la base de que Jesucristo nos ha dado la plena revelación de Dios.

(ii) Su pensamiento está motivado por el amor. Lo que Pablo se propone por encima de todo es producir amor. El pensar con amor siempre nos librará de ciertas cosas. Nos librará de pensar arrogantemente. Nos librará de pensar despectivamente. Nos librará de condenar, ya sea aquello con lo que no estamos de acuerdo, o lo que no entendemos. Nos librará de expresar nuestros puntos de vista de tal manera que hiramos a tras personas. El amor nos libra del pensamiento destructivo y de hablar destructivamente. Pensar con amor es siempre pensar con simpatía. El que conversa con amor no trata de derrotar a sus oponentes, sino de ganárselos.

(iii) Su pensamiento procede de un corazón puro. La palabra que se usa aquí es significativa, katharós, que quería decir en un principio simplemente limpio como opuesto de sucio o inmundo. Más tarde llegó a tener ciertos usos de lo más sugestivos. Se usaba del grano que se había trillado y aventado y estaba limpio de polvo y paja. Se usaba de un ejército que hubiera sido purgado de todos los soldados cobardes o indisciplinados hasta tal punto que no quedaban en él más que luchadores de primera clase. Se usaba de algo que no tenía ninguna mezcla que lo empobreciera. Así pues, un corazón puro es un corazón cuyos motivos son absolutamente limpios y sin mezcla. En el corazón del pensador cristiano no existe el deseo de demostrar lo inteligente que es, ni de ganar una victoria puramente polémica, ni de demostrar la ignorancia del oponente. Su único deseo es ayudar e iluminar y guiar hacia Dios. El pensador cristiano no tiene más móvil que el amor a la verdad y a las personas.

(iv) Su pensamiento viene de una buena conciencia. La palabra griega para conciencia es syneídésis, que quiere decir literalmente conocer con. El verdadero sentido de la palabra es conocer con uno mismo. Tener una buena conciencia es poder mirar a la cara el conocimiento que uno no comparte con nadie más que consigo mismo, y no avergonzarse. Emerson comentaba de Séneca que decía las cosas más encantadoras, pero sin tener derecho a decirlas. El pensador cristiano es aquel cuyos pensamientos y cuyas acciones le dan derecho a hablar -y esa es la prueba más definitiva de todas.

(v) El pensador cristiano es la persona de fe auténtica. La frase quiere decir literalmente una fe en la que no hay hipocresía. Eso quiere decir sencillamente que la gran característica del pensador cristiano es la sinceridad. Es sincero tanto en su deseo de encontrar la verdad como en el de comunicarla.

Los que no necesitan ninguna ley

Todos sabemos que la ley es buena, siempre que se use legítimamente, sabiendo que no se ha establecido para tener a raya a las buenas personas, sino a los sin ley y a los rebeldes, a los irreverentes y pecadores, a los desvergonzados y contaminados, a los que han caído tan bajo que llegan hasta a golpear a su padre y a su madre, son asesinos, inmorales, homosexuales, traficantes de esclavos y secuestradores, mentirosos, perjuros, y todos los que son culpables de todo lo que es el reverso de la sana enseñanza, de la que está de acuerdo con el glorioso Evangelio del Dios bendito. Ese es el Evangelio que se me ha confiado.

Este pasaje empieza con un pensamiento favorito del mundo antiguo. La ley está para tener a raya a los malhechores. Una buena persona no necesita ninguna ley para controlar sus acciones que la amenace con castigos; y en un mundo de buenas personas no harían falta leyes.

El griego Antífanes decía; « El que no hace nada malo no necesita ley.» Aristóteles proclamaba que « la filosofía le permite a una persona hacer sin control externo lo que otros hacen por miedo a las leyes.» El gran obispo cristiano Ambrosio escribió: «El justo tiene la ley de su propia mente, de su propia .equidad y de su propia justicia como su principio; y por tanto no se retiene de cometer una falta por miedo al castigo, sino por regla de honor.» Los paganos y los cristianos estaban de acuerdo en considerar la verdadera bondad como algo que tiene su fuente en el corazón de la persona; como algo que no depende de las recompensas y los castigos de la ley.

Pero en una cosa diferían los paganos y los cristianos. Los paganos recordaban con añoranza una edad de oro pasada en la que todos eran buenos y no se necesitaban leyes. El poeta latino Ovidio trazó una de las descripciones más famosas de aquella edad de oro imaginaria: « Dorada fue la primera edad, en la que, sin nadie que lo impusiera, sin ninguna ley, por propia voluntad, se guardaba la fe y hacía lo recto. No existía el miedo al castigo, ni había que leer palabras amenazadoras en tablas de bronce; ninguna multitud suplicante miraba con temor el rostro del juez; sino, sin jueces, la gente vivía segura. Todavía no se había talado el pino de sus montañas nativas, y ya descendía de ellas a la llanura regada para visitar otras tierras; la gente no conocía más orillas que las propias. Ni tampoco había ciudades ceñidas con fosos profundos; no había trompetas de alarma, ni cornetines de bronce, ni espadas, ni cascos. No había necesidad en absoluto de gente armada, porque las naciones, libres de las alarmas de la guerra, pasaban los años en benigna paz.» (Metamorfosis 1:90-112). El historiador romano Tácito nos deja la misma descripción: «En los primeros tiempos, cuando las personas todavía no tenían malas pasiones, vivían vidas inocentes, intachables, sin castigos ni limitaciones. Guiados por su propia naturaleza para proponerse solamente fines virtuosos, no requerían recompensas; y, como no deseaban nada contrario al derecho, no había necesidad de penas ni castigos.» El mundo antiguo añoraba los remotos días ideales. Pero la fe cristiana no mira hacia atrás a una supuesta edad de oro pasada; mira hacia adelante, al día en que la única ley será el amor de Cristo en cada corazón; porque el día de la ley no podrá terminar hasta que amanezca el día del amor.

No tiene por qué haber más que un factor controlador en la vida de cada uno de nosotros. Nuestra bondad debe venir, no del miedo a la ley, ni siquiera del miedo del juicio, sino del temor de defraudar el amor de Cristo, y de entristecer el corazón paternal de Dios. La dinámica del cristiano viene del hecho de que sabe que el pecado es, no solamente quebrantar la Ley de Dios, sino también quebrantar Su corazón. No es la Ley de Dios, sino el amor de Dios lo que nos constriñe.

A los que condena la ley

En un Estado ideal, cuando viniera el Reino, no habría necesidad de ninguna ley que no fuera el amor de Dios dentro del corazón humano; pero, según están las cosas, el caso es muy diferente. Y aquí Pablo traza un catálogo de pecados que la ley debe controlar y condenar. El interés del pasaje está en que nos presenta el trasfondo que había cuando la Iglesia Cristiana empezó a crecer. Esta lista de pecados es de hecho una descripción del mundo en que vivían y se movían los primeros cristianos. Esto nos muestra claramente que la Iglesia Cristiana era una isleta de pureza en un mundo vicioso.

Hablamos a veces de lo difícil que es ser cristiano en la civilización moderna; no tenemos más que leer un pasaje como este para ver lo infinitamente más difícil que tiene que haber sido en las circunstancias en que la Iglesia empezó su andadura. Tomemos esta terrible lista, y veamos cada una de sus entradas.

Están los sin ley (anomoi). Son los que conocen perfectamente las leyes del bien y el mal, y las quebrantan con los ojos abiertos. No se puede culpar a una persona por quebrantar una ley que no sabe que existe; pero los sin ley son los que violan deliberadamente las leyes con el fin de satisfacer sus propios deseos y ambiciones.

Están los rebeldes (anypotaktoi). Son los insubordinados que viven fuera del orden, que se niegan a obedecer cualquier autoridad. Son como soldados que se amotinan para desobedecer la voz de mando. Son, o demasiado orgullosos o demasiado indisciplinados para aceptar ningún control.

Están los irreverentes (asebeis). Asebés es una palabra terrible. No describe ni la indiferencia ni la caída en pecado, sino « la irreligiosidad positiva y activa,» el espíritu que niega desaEantemente a Dios lo que Le pertenece. Describe a la naturaleza humana «en guerra con Dios.»

Están los pecadores (hamartóloi). En su uso más corriente esta palabra describe un carácter. Se puede usar, por ejemplo, de un esclavo que tiene un carácter negligente e inútil. Describe a la persona que ha dejado de tener principios éticos.

Están los impíos (anosíoi). Hosios (singular) es una palabra noble. Describe, como dice Trench, «las ordenanzas duraderas del derecho, que no ha constituido ninguna ley o costumbre humana, porque son previas a toda ley y costumbre.» Las cosas que son hosios son parte de la constitución misma del universo, las santidades perdurables. Los griegos, por ejemplo, declaraban sobrecogidos que la costumbre egipcia según la cual un hermano podía casarse con su hermana, y la costumbre de los persas según la cual un hijo podía casarse con su madre, eran anosia, totalmente impías. La persona que es anosios es peor que la que quebranta la ley. Es la persona que viola las últimas decencias de la vida.

Están los corrompidos (bebéloi). Bébélos (singular) es una palabra fea con una historia curiosa. Originalmente quería decir simplemente lo que se puede pisotear, en contraposición a lo que está consagrado a un dios, y es por tanto inviolable.

De ahí pasó a significar profano en oposición a sagrado, y de ahí la persona que profana las cosas sagradas, que profana el día de Dios, desobedece Sus leyes y menosprecia Su culto. La persona que es bebélos contamina todo lo que toca.

Están los que golpean y hasta matan a sus padres (patralóai y métralóai). Bajo la ley romana, a un hijo que golpeara a sus padres se le condenaba a la pena de muerte. Las palabras describen a hijos o hijas que han perdido la gratitud, el respeto y la vergüenza. Y se debe recordar que el más cruel de los golpes no es el que se da en el cuerpo, sino el que se dirige al corazón.

Están los asesinos (androfonoi), literalmente los que matan a hombres. Pablo está pensando en los Diez Mandamientos, y ve la manera de quebrantarlos que caracteriza al mundo pagano. No debemos pensar que por lo menos esto no tiene nada que ver con nosotros, porque Jesús amplió el mandamiento hasta incluir, no solamente el acto del asesinato, sino también el sentimiento de ira contra un semejante.

Están los fornicarios y los homosexuales (pornoi y arsenokoitai). Nos es difícil darnos cuenta del estado del mundo antiguo en cuestiones de moralidad sexual. Estaba resquebrajado por el vicio contra naturaleza. Una de las cosas más sorprendentes era la relación entre la inmoralidad y la religión. El templo de Afrodita, la diosa del amor, en Corinto tenía adscritas a mil sacerdotisas que eran en realidad prostitutas sagradas, y que por las tardes bajaban a las calles de la ciudad para realizar su comercio. Se dice que Solón fue el primer legislador de Atenas que legalizó la prostitución, y que con las ganancias de los burdeles públicos edificó un templo nuevo a Afrodita, la diosa del amor.

E. F. Brown fue misionero en la India, y en su comentario a las Epístolas Pastorales cita una sección extraordinaria del código penal de la India. Una sección de ese código prohibía representaciones obscenas, y a continuación decía: «Esta sección no incluye cualquier representación o escultura, grabado, pintura o representación de cualquier tipo que se encuentre en cualquier templo, o cualquier coche usado para transportar las imágenes, o que se guarde y se use para cualquier propósito religioso.» Es algo extraordinario que en las religiones no cristianas una y otra vez la inmoralidad y la obscenidad florecen bajo la protección de la misma religión. Se ha dicho a menudo, y con verdad, que la castidad fue la única virtud completamente nueva que aportó el Cristianismo. No era nada fácil en los primeros días de la Iglesia esforzarse para vivir de acuerdo con la ética cristiana en un mundo así.

Están los andrapodistai. Esta palabra puede querer decir, o traficantes de esclavos o secuestradores de esclavos. Posiblemente aquí se incluyen los dos sentidos. Es verdad que la esclavitud era una parte integrante de la vida del mundo antiguo. Es verdad que Aristóteles declaraba que la civilización estaba fundada sobre la esclavitud, que ciertos hombres y mujeres no existían nada más que para llevar a cabo las tareas serviles de la vida para la conveniencia de las clases cultas. Pero hasta en el mundo antiguo se levantaron voces contra la esclavitud. Filón habló de los traficantes de esclavos como los que «despojan a las personas de su más preciosa posesión: su libertad.»

Pero esto se refiere más probablemente a los secuestradores de esclavos. Los esclavos eran una propiedad valiosa. Un esclavo ordinario que no tuviera dones especiales contaba de 30 a 40 dólares -para usar un equivalente actual, aunque debe recordarse que el poder adquisitivo del dinero era muy superior al actual. Un esclavo especialmente dotado podría costar tres o cuatro veces más. Los jóvenes hermosos estaban en especial demanda como pajes y camareros, y costaban hasta 1,500 ó 2,000 dólares. Marco Aurelio se dice que pagó 4,000 dólares por dos jóvenes que parecían gemelos. En los días en que Roma estaba especialmente ansiosa por aprender de Grecia y los esclavos instruidos en literatura y música y artes griegas eran especialmente valiosos, un cierto Lutatius Dafnis se vendió por 7,000 dólares. El resultado era que frecuentemente a los esclavos valiosos, o bien se los engatusaba para que dejaran a sus dueños, o los secuestraban. El secuestro de esclavos especialmente hermosos o dotados era una característica corriente de la vida antigua.

Por último estaban los mentirosos (pseustai) y los perjuros (epiorkoi), hombres que no dudaban en tergiversar la verdad para obtener fines deshonestos.

Aquí tenemos una descripción gráfica del ambiente en que creció la Iglesia antigua. De una infección así buscaba proteger a los cristianos a su cargo el autor de las Epístolas Pastorales.

La palabra purificadora

A este mundo vino el mensaje cristiano, y este pasaje nos dice cuatro cosas acerca de él.

(i) Es doctrina sana. La palabra que se usa para sana (hyguiainein) quiere decir literalmente portadora de salud; El Cristianismo es una religión ética. Exige de la persona, no solamente la observancia de ciertas leyes rituales, sino vivir de acuerdo con la fe. E. F. Brown traza una comparación entre el Cristianismo y el Islam. Puede que se considere a un musulmán un hombre muy santo si observa ciertas ceremonias rituales, aunque su vida moral esté muy por debajo. Cita a un escritor marroquí: « La gran mancha en el credo del Islam es que el precepto y la práctica no se espera que vayan juntos, excepto en lo que se refiere al ritual, así que uno puede ser notoriamente malvado, y sin embargo estimado como religioso, buscándose su bendición como la de alguien que tiene influencia con Dios, sin el más ligero sentimiento de incongruencia.

La situación real me la presentó claramente un moro de Fez que me advirtió: «¿Quieres saber en qué consiste nuestra religión? Nosotros nos purificamos con agua mientras programamos adulterio; vamos a rezar a la mezquita mientras pensamos en la mejor manera de engañar a nuestro vecino; damos limosnas a la puerta y volvemos a nuestra tienda a robar; leemos nuestro Corán, y salimos a cometer pecados innombrables; ayunamos, y vamoj de peregrinación, y sin embargo engañamos y matamos.»» Se ha de recordar siempre que el Cristianismo no significa la observancia de un ritual, ni siquiera si ese ritual consiste en la lectura de la Biblia y la asistencia a la iglesia; quiere decir vivir una vida buena. El Cristianismo, si es real, es portador de salud; es el único antiséptico moral que puede limpiar la vida.

(ii) Es un Evangelio glorioso; es decir, es una buena noticia gloriosa. Es la buena noticia del perdón de los pecados pasados y del poder para conquistar el pecado en los días por venir; la buena noticia de la misericordia de Dios, de la purificación de la gracia de Dios.

(iii) Es la buena noticia que viene de Dios. El Evangelio cristiano no es un descubrimiento hecho por el hombre, sino algo revelado por Dios. No ofrece solo una ayuda humana; ofrece el poder de Dios.

(iv) Esa buena noticia viene por medio de personas. Le fue confiado a Pablo el llevársela a otros. Dios hace Su ofrecimiento, y necesita mensajeros. El verdadero cristiano es la persona que ha aceptado el ofrecimiento de Dios, y se ha dado cuenta de que no puede guardarse tan buena noticia para él solo, sino que debe compartirla con otros que todavía no la han recibido.

Salvados para servir

Doy gracias a Jesucristo, nuestro Señor, que me ha llenado de Su poder. Que ha demostrado que cree que puede confiar en mí al nombrarme para Su servicio, aunque yo fui antes blasfemo, perseguidor y hombre de violencia insolente y brutal. Pero El tuvo misericordia de mí, porque fue por ignorancia por lo que actué de esa manera en los días de mi incredulidad. Pero la gracia de nuestro Señor se elevó por encima de mi pecado, y yo la encontré en la fe y el amor de aquellos que viven sus vidas en Jesucristo. Este es un dicho del que nos podemos fiar y que estamos totalmente obligados a aceptar: Que Jesucristo vino al mundo para salvar pecadores, de los cuales yo soy el primero. Por eso fui yo recibido con misericordia, para que Jesucristo pudiera desplegar en mi toda su paciencia, para que yo pudiera ser el primer boceto de los que algún día llegarían a creer en Él, para que ellos puedan encontrar la vida eterna. Al Rey, eterno, inmortal, invisible, al Dios único, sea honor y gloria por siempre jamás. Amén.

Este pasaje empieza con un himno de acción de gracias. Había cuatro cosas tremendas por las que Pablo quería dar gracias a Jesucristo.

(i) Le daba gracias porque le había escogido. Pablo no había tenido nunca la impresión de que había sido él el que había escogido a Cristo, sino siempre que había sido Cristo Quien le había escogido a él. Fue como si, cuando iba lanzado hacia su propia destrucción, Jesucristo le hubiera puesto la mano en el hombro y le hubiera arrestado. Fue como si, cuando él estaba empeñado en tirar su vida por la borda, Jesucristo le hubiera devuelto a la sensatez de pronto. En los días de la guerra conocía un piloto polaco. Había coleccionado más escapadas de la muerte y de cosas peores por los pelos en unos pocos años de los que la mayoría de los hombres experimentan en toda una vida. Algunas veces contaba la historia de su escapada de la Europa ocupada, de tirarse en paracaídas, de ser rescatado del mar y al final de su odisea alucinante siempre acababa diciendo con un gesto de admiración en sus ojos: « ¡Y ahora soy un hombre de Dios!» Ese era el sentimiento de Pablo, era un hombre de Cristo, porque Cristo le había escogido.

(ii) Daba gracias a Jesucristo porque había confiado en él. Era para Pablo una cosa alucinante el que se le hubiera escogido a él, siendo el superperseguidor, para ser misionero de Cristo. No era solamente que Jesucristo le hubiera perdonado; era que Jesucristo había puesto Su confianza en él. Algunas veces perdonamos a una persona que ha cometido alguna equivocación o que ha sido culpable de algún pecado pero dejamos bien claro que por su pasado es imposible confiar en ella otra vez para asignarle ninguna responsabilidad. Pero Cristo, no solo había perdonado a Pablo, sino le había confiado un trabajo en el que El tenía mucho interés. El que había sido perseguidor de Cristo fue hecho embajador de Cristo.

(iii) Le daba gracias porque le había nombrado. Debemos tener cuidado de fijarnos en para qué sentía Pablo que se le había nombrado. Se le había nombrado para servir. Pablo no creyó nunca que se le había elegido para un honor, o para un puesto de autoridad en la Iglesia. Había sido salvado para servir. Plutarco cuenta que, cuando un espartano obtenía una victoria en los juegos, su recompensa era el poder estar al lado del rey en la guerra. A un luchador espartano en los juegos olímpicos le ofrecieron un soborno muy considerable para que se retirara de la contienda, pero él se negó. Finalmente, después de un esfuerzo imponente, obtuvo la victoria. Alguien le dijo: «Bien, espartano, ¿qué has ganado con la costosa victoria que has obtenido?» Él contestó: « He ganado el privilegio de estar delante de mi rey en el campo de batalla.» Su recompensa era servir a su rey y, si llegaba la ocasión, morir por él. Fue para el servicio, no para el honor, para lo que Pablo sabía que había sido elegido.

(iv) Le daba las gracias porque le había dotado de poder. Pablo había descubierto y experimentado que Jesucristo nunca le da a una persona una tarea sin darle también el poder para realizarla. Pablo no habría dicho nunca: « ¡Fijaos en lo que he hecho!,» sino siempre: «¡Mirad lo que Jesucristo me ha capacitado para hacer!» No hay nadie que sea suficientemente bueno, o fuerte, o puro, o sabio, para ser siervo de Cristo; pero, si se entrega a Cristo, irá, no en su propia fuerza, sino en la fuerza de su Señor.

Medios para la conversión

Hay otras dos cosas interesantes en este pasaje.

Resalta el trasfondo judío de Pablo. Dice Pablo que Jesucristo había tenido misericordia de él porque él había cometido sus pecados contra Cristo y Su Iglesia en los días de su ignorancia. A menudo se piensa que los judíos creían que el sacrificio expiaba el pecado: uno pecaba, su pecado quebrantaba su relación con Dios, y entonces el sacrificio se ofrecía y Dios se apaciguaba y se restauraba la relación.

Puede que fuera esa la opinión popular y vulgar del sacrificio; pero el pensamiento judío más elevado insistía en dos cosas. Primera, insistía en que el sacrificio no podía nunca expiar por el pecado deliberado, sino solamente por los pecados que uno cometiera por ignorancia o arrastrado por la pasión. La segunda, el pensamiento judío más elevado insistía en que ningún sacrificio podía expiar por ningún pecado a menos que hubiera contrición en la persona que lo ofrecía. Aquí Pablo está hablando desde su trasfondo judío. La misericordia de Cristo le había quebrantado el corazón; sus pecados los había cometido en los días antes de conocer a Cristo y Su amor; y por estas razones tenía la convicción de que había alcanzado misericordia.

Hay un asunto todavía más interesante, que señala E. F. Brown. El versículo 14 es difícil. En la versión Reina-Valera dice: «La gracia de nuestro Señor fue más abundante con la fe y el amor que es en Cristo Jesús.» La primera parte no es difícil: quiere decir sencillamente que la gracia de Dios se elevó por encima del pecado de Pablo, cubriéndolo. Pero, ¿qué es lo que quiere decir exactamente «con la fe y el amor que es en Cristo Jesús»? E. F. Brown sugiere que es que la obra de la gracia de Cristo en el corazón de Pablo fue ayudada por la fe y el amor que él encontró en los miembros de la Iglesia Cristiana, cosas como la simpatía y la comprensión y la amabilidad que le mostraron hombres como Ananías, que le devolvió la vista y le llamó « hermano» (Hechos 9:10-19), y Bernabé, que se puso a su lado cuando el resto de la Iglesia le miraba con fría, y razonable, sospecha (Hechos 9:26-28). Esta es una idea muy preciosa; y, si es correcta, podemos ver que hay tres factores que cooperan en la conversión de cualquier persona.

(i) Primero, está Dios. Fue la oración de Jeremías: «Haz que nos convirtamos a Ti, Señor, y nos convertiremos» (Lamentaciones 5:21). Como decía Agustín, no habríamos nunca empezado a buscar a Dios si no fuera porque Él ya nos había encontrado. El Primer Motor es siempre Dios; por detrás del primer deseo de bondad que podamos sentir nosotros, está Su amor buscándonos.

(ii) Está la propia persona. La Versión Autorizada inglesa traduce Mateo 18:3 totalmente en pasiva: «Except ye be converted and become as little children, ye will never enter the kingdon of heaven» que podríamos traducir: « A menos que se os convierta y se os vuelva como niñitos, nunca entraréis en el reino del cielo.» En las versiones españolas se usa la forma reflexiva, más idiomática en nuestra lengua: « Si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el Reino del Cielo.» Debe haber una respuesta humana a la invitación divina. Dios le da a cada uno libre albedrío, que puede usar para aceptar o para rechazar Su ofrecimiento.

(iii) Está la intervención de alguna persona cristiana. Pablo estaba convencido de que había sido enviado para abrirles los ojos a los gentiles, para que se volvieran de las tinieblas a la luz y de la potestad de Satanás a Dios, para que recibieran el perdón de sus pecados (Hechos 26:18). Y Santiago creía que cualquier persona que convierta al pecador del error de su camino «salvará un alma de la muerte y cubrirá una multitud de pecados» (Santiago 5:19s). Así que se nos impone una doble obligación. Se ha dicho que un santo es alguien que hace a otros más fácil creer en Dios, y alguien en quien Cristo vive otra vez.

Debemos dar gracias por los que nos mostraron a Cristo, cuyas palabras y ejemplo nos trajeron a Él; y debemos esforzarnos para ser la influencia que traiga a otros a Él. En esta cuestión de la conversión, se combinan la iniciativa de Dios, la respuesta de la persona, y la influencia de los cristianos.

La vergüenza inolvidable y la inspiración constante

Lo que resalta en este pasaje es la insistencia con que Pablo recuerda su propio pecado. Se remonta con un verdadero clímax de palabras para demostrar lo que él Le hizo a Cristo y a la Iglesia. El insultó a la Iglesia; les había dirigido palabras ardientes y airadas a los cristianos, acusándolos de crímenes contra Dios; había sido perseguidor; había echado mano de todos los medios a su alcance bajo la ley judía para aniquilar la Iglesia Cristiana; y entonces viene una terrible palabra: había sido un hombre de violencia insolente y brutal. En griego usa la palabra hybristés, que indica una clase de sadismo arrogante, y describe a un hombre que se dedica a infligir dolor por el simple placer de infligirlo. El nombre abstracto correspondiente es hybris, que Aristóteles definía: «Xybris quiere decir hacer daño y afligir a las personas de tal manera que se apila vergüenza sobre el que es herido y afrentado, sin que la persona que inflige el daño y la injuria gane nada más de lo que ya posea, sino que lo haga por el placer que encuentra en su propia crueldad y en el sufrimiento ajeno.»

Así había sido Pablo en relación con la Iglesia Cristiana. No contento con palabras de insulto, llegó al límite de la persecución legal; y no contento con la persecución legal, llegó al límite de la brutalidad sádica en su intención de erradicar la fe cristiana. Recordaba aquello; y hasta el fin de su vida se consideraba el primero de los pecadores. No es que había sido el primero de los pecadores; lo seguía siendo. Es verdad que no podía olvidar nunca que era un pecador perdonado; pero tampoco podía olvidar nunca que era un pecador. ¿Por qué había de recordar su pecado tan vivamente?

(i) El recuerdo de su pecado era la manera más segura de guardarse del orgullo. No podía haber tal cosa como orgullo espiritual para un hombre que había hecho las cosas que había hecho Pablo. John Newton fue uno de los grandes predicadores y autores de himnos de la Iglesia; había caído en lo más bajo a que puede llegar un hombre en los días que navegaba los mares en un barco de tráfico de esclavos. Así es que, cuando se convirtió y llegó a ser predicador del Evangelio escribió un texto en letras grandes, y lo colocó en la parte de su despacho donde no podía por menos de verlo: «Te acordarás de que fuiste siervo en la tierra de Egipto, y que el Señor tu Dios te rescató» (Deuteronomio 15:15). Y él también escribió su propio epitafio: « John Newton, empleado, antaño infiel y libertino, traficante de esclavos en Africa, fue por la misericordia de nuestro Señor y Salvador Jesucristo preservado, restaurado, perdonado y nombrado para predicar la Fe que tanto había tratado de destruir.» John Newton nunca olvidó que era un pecador perdonado; y tampoco Pablo. Y tampoco debemos olvidarlo nosotros. Es bueno para una persona recordar sus pecados; la libra del orgullo espiritual.

(ii) El recuerdo de su pecado era la manera más segura de mantener la llama de su gratitud. El recordar que hemos sido perdonados es la manera más segura de mantener vivo nuestro amor a Jesucristo. F. W. Boreham cita una carta que le escribió el antiguo puritano Thomas Goodwin a su hijo: «Cuando yo amenazaba con enfriarme en mi ministerio, y cuando sentía llegar el domingo por la mañana y que no tenía lleno el corazón con la maravilla de la gracia de Dios, o cuando me estaba disponiendo a administrar la Cena del Señor, ¿sabes lo que solía hacer? Solía darme un repaso arriba y abajo por todos los pecados de mi vida pasada, y siempre volvía con el corazón contrito y humillado, dispuesto a predicar como se predicaba antes, el perdón de los pecados.» «No creo -lecíaque he subido nunca las escaleras del púlpito sin detenerme un momento al pie de ellas y darme un repaso por los pecados de mis años pasados. No creo que he preparado nunca un sermón sin darme una vuelta alrededor de mi mesa de despacho mirando atrás a los pecados de mi juventud y de toda mi vida hasta el presente; y muchas mañanas de domingo, cuando estaba con el alma fría y seca por falta de oración durante la semana, volvía a dar un repaso a mi vida pasada antes de entrar en el púlpito, quebrantaba mi duro corazón y me aplicaba el Evangelio a mi propia alma antes de empezar a predicar.» Cuando recordamos como hemos herido a Dios y a los que nos aman y a nuestros semejantes, y cuando recordamos cómo nos han perdonado Dios y los hombres, ese recuerdo debe despertar la llama de la gratitud en nuestros propios corazones.

(iii) El recuerdo de su pecado era un acicate constante para realizar un mayor esfuerzo. Es absolutamente cierto que un hombre no puede ganar nunca la aprobación de Dios, o merecer Su amor; pero es igualmente cierto que no puede nunca dejar de tratar de hacer algo para mostrar hasta qué punto aprecia el amor y la misericordia que le han hecho lo que es. Siempre que amamos a una persona no podemos evitar el tratar siempre de demostrar nuestro amor. Cuando recordamos cuánto nos ama Dios, y lo poco que lo merecemos, cuando recordamos que fue por nosotros por lo que Jesucristo pendió de la Cruz y murió en el Calvario debe impulsarnos a un esfuerzo que Le diga a Dios que nos damos cuenta de lo que ha hecho por nosotros, y que Le muestre a Jesucristo que Su Sacrificio no fue en vano.

(iv) El recuerdo de su pecado no podía por menos de ser un aliento constante para otros. Pablo usa una imagen plástica. Dice que lo que le sucedió a él era una especie de boceto de lo que les iba a suceder a los que aceptaran a Cristo en los días por venir.

La palabra que usa es hypotyposis, que quiere decir un croquis, bosquejo, esquema, esbozo, apunte, proyecto. Es como si Pablo dijera: « ¡Fijaos en lo que Cristo ha hecho por mí! Si uno como yo se puede salvar, hay esperanza para todo el mundo.»

Supongamos que un hombre está sumamente grave, y tiene que someterse a una operación peligrosa; sería el máximo ánimo que se le pudiera dar si hablara con alguien que había pasado aquella operación y había quedado totalmente curado. Pablo no ocultaba tímidamente su pasado; se lo presentaba claramente a otros para que tuvieran coraje y se llenaran de esperanza de que la gracia que le había cambiado a él podía cambiarlos igualmente a ellos.

El gran-corazón de El Peregrino les decía a los chicos: «Tenéis que saber que el Prado del Olvido es el lugar más peligroso de todos estos parajes.» El pecado de Pablo era algo que él se negaba a olvidar; porque cada vez que recordaba la grandeza de su pecado recordaba la aún mayor grandeza de Jesucristo. No era que estuviera obsesionado de una manera enfermiza con su pecado; era que lo recordaba para regocijarse en la maravilla de la gracia de Jesucristo.

El alistamiento irrenunciable

Te encargo esta responsabilidad, joven Timoteo, porque es la consecuencia natural de los mensajes que recibieron de Dios los profetas, y que te marcaron como el hombre preciso para esta tarea; para que, obedeciendo a estos mensajes, pelees una buena campaña, manteniendo todo el tiempo la fe y la buena conciencia, porque hay algunos que, en lo relativo a la fe, han rechazado la dirección de la conciencia y han sufrido un naufragio. Entre ellos están Himeneo y Alejandro, a los cuales ya he entregado a Satanás para que por medio de la disciplina salgan de sus insultos a Dios y a Su Iglesia.

La primera sección de este pasaje está sumamente comprimida. Lo que se ve detrás de él es lo siguiente. Tiene que haber habido una reunión de los profetas de la Iglesia. Eran hombres a los que se notaba que eran de la confianza de Dios y que Él los admitía a Sus consejos. «Porque no hará nada el Señor Dios sin revelar Su secreto a Sus siervos los profetas.» (Amós 3:7). En la referida reunión se pensó sobre la situación que amenazaba a la iglesia, y se llegó a la conclusión de que Timoteo era el hombre ideal para hacerse cargo. Podemos ver a los profetas actuando exactamente de esta manera en Hechos 13:13. La Iglesia se encontraba ante la gran decisión de si llevar el Evangelio a los gentiles o no; y fueron los profetas los que recibieron el mensaje del Espíritu Santo: «Apartadme a Bemabé y a Saulo para el trabajo al que los he llamado» (Hechos 13:7). Eso había sido lo que había sucedido con Timoteo. Había sido señalado por los profetas como el hombre para hacerse cargo de la situación de la Iglesia. Bien puede haber sido que él se encogiera ante la grandeza de la tarea que se le presentaba; y en este pasaje Pablo le anima con ciertas consideraciones.

(i) Pablo le dice: «Tú eres el hombre que ha sido escogido, y no puedes rechazar la responsabilidad.» Algo así le sucedió al reformador escocés John Knox. Había estado enseñando en Saint Andrews. Se suponía que su enseñanza era privada, pero muchos acudían a él porque era obvio que era un hombre con un mensaje. Así es que le exhortaron a «que se hiciera cargo del ministerio de la predicación. El se negó en redondo, alegando que no podía meterse donde Dios no le había llamado… A lo cual ellos, después de tener una consulta privada con sir David Lindsay of the Mount, concluyeron que debían encargar al dicho John, y públicamente por boca de su predicador.»

Así que llegó el domingo, y Knox estaba en la iglesia, y John Rough estaba predicando. «El dicho John Rough, el predicador, dirigió sus palabras al dicho John Knox diciéndole: «Hermano, no te debes dar por ofendido de que yo te diga lo .que me han encargado todos los que están aquí presentes, que es lo siguiente: En nombre de Dios, y de Su Hijo Jesucristo, y en el nombre de estos que en el momento presente te llaman por mi boca, te exhorto que no rehúses esta santa vocación, sino… que asumas la responsabilidad pública y el ministerio de la predicación, tan ciertamente como tratas de evitar la seria desaprobación de Dios y deseas que multiplique Sus gracias sobre ti.» Y acabó diciendo a los que estaban presentes: «¿No fue esto lo que me encargasteis? ¿Y no aprobáis esta vocación?» Ellos respondieron: «En efecto; y nosotros lo aprobamos.» A lo cual el dicho John Knox, humillado, rompió en abundantísimas lágrimas, y se retiró a su habitación. Su aspecto y comportamiento, desde aquel día hasta el día en que se vio obligado a presentarse en el lugar público de la predicación, declaraban con suficiente claridad la angustia y preocupación de su corazón; porque nadie vio la menor señal de ligereza en él, ni tampoco encontró placer en estar en compañía de nadie durante muchos días.»

John Knox fue elegido; no quería aceptar la vocación, pero tuvo que aceptar porque la elección la había hecho Dios. Años después, el regente Morton pronunció su famoso epitafio junto a la tumba de Knox: «Con respecto a cómo asumió el mensaje de Dios, porque es a Él a Quien debe atribuirse, él (aunque era débil y una criatura indigna, y un hombre tímido, no temió ante ningún hombre.» La conciencia de ser elegido le infundió el coraje que necesitaba.

Así es que Pablo le dice a Timoteo: «Tú has sido escogido; no Le puedes fallar a Dios, ni a los hombres.» A cualquiera de nosotros llega la elección de Dios; y cuando se nos convoca para un trabajo para Él, no osaremos rechazarlo.

(ii) Puede ser que Pablo estuviera diciendo a Timoteo: «Sé fiel a tu nombre.» Timoteo -la forma completa de su nombre era Timótheos- se compone de dos palabras griegas: timé, que quiere decir honor, y theós, Dios; así es que Timótheos quiere decir el honor de Dios. Si nos llamamos cristianos, del rebaño de Cristo, debemos ser fieles a ese nombre.

(iii) Por último, Pablo le dice a Timoteo: « Te encargo de esta responsabilidad.» La palabra que usa Pablo para encargar es paratízesthai, que es la que se usa para confiar algo valioso a alguien para que lo mantenga a salvo. Se usa, por ejemplo, de hacer un depósito en un banco, o de confiar algo al cuidado de alguien. Siempre quiere decir que se le ha confiado a alguien un depósito del que luego se le pedirán cuentas. Así es que Pablo dice: « Timoteo, estoy poniendo en tus manos un depósito sagrado. Mírate muy mucho que no falles.» Dios deposita Su confianza en nosotros; deja en nuestras manos Su honor y el de Su Iglesia. Nosotros también debemos asegurarnos de no fallarle.

Lanzado a la campaña de Dios

Entonces, ¿qué es lo que se le ha confiado a Timoteo? Se le ha destinado a realizar una buena campaña. La alegoría de la vida como campaña siempre ha fascinado los pensamientos de los hombres. Máximo de Tiro decía: «Dios es el general; la vida es la campaña; el hombre es el soldado.» Séneca decía: «Para mí la vida, mi querido Lucilio, es una milicia.» Cuando uno mostraba interés en convertirse en seguidor de la diosa Isis y se iniciaba en los misterios relacionados con el nombre de la diosa, la llamada que se le dirigía era: « ¡Alístate en el ejército sagrado de Isis!»

Hay tres cosas que se deben notar.

(i) No es para una batalla para lo que se nos alista; es para una campaña. La vida es una larga campaña, un servicio del que no se licencia uno; no es una lucha breve y aguda después de la cual uno puede dejar las armas y descansar en paz. Cambiando la metáfora, la vida no es un sprint; es una carrera de maratón. Ahí es donde radica su peligro. Es menester estar siempre alerta. «La vigilancia eterna es el precio de la libertad.» Las tentaciones de la vida no cesan nunca en su búsqueda de una grieta en la armadura del cristiano. Es uno de los peligros más corrientes de la vida el proceder en una serie de espasmos. Debemos recordar que se nos alista para una campaña que se prolonga tanto como la vida.

(ii) Fue a una campaña preciosa a la que se convocó a Timoteo. Aquí tenemos de nuevo la palabra kalós, que gusta tanto a las Pastorales. No quiere decir solamente algo que es bueno y fuerte; quiere decir algo que es también precioso y atractivo. El soldado de Cristo no es un forzado que sirve lúgubremente y de mala gana. Es un voluntario que sirve con la ilusión y dedicación de un caballero andante. No es un esclavo del deber, sino un siervo de la alegría.

(iii) A Timoteo se le instruye que tome consigo dos armas como equipo.

(a) Debe tomar la fe. Hasta cuando las cosas estén más negras, debe tener fe en la esencial rectitud de su causa y en el triunfo definitivo de Dios. Fue la fe lo que mantuvo firme a John Knox cuando estaba desesperado. Una vez, cuando era un galeote, su barco estaba frente a Saint Andrews. Él estaba tan débil que tuvieron que auparle para que lo viera. Le señalaron la torre de la iglesia, y le preguntaron si la conocía. « Sí -dijo-, la conozco muy bien; y estoy convencido de que, aunque ahora parezco estar más débil que nunca, no me voy a ir de este mundo hasta que mi lengua glorifique Su santo nombre en ese mismo lugar.» Escribe sus sentimientos en 1554 cuando tuvo que huir del país para escapar de la venganza de María Tudor: « No sólo los impíos, sino hasta mis hermanos fieles, sí, y hasta yo mismo, es decir todo pensamiento natural, juzgaba mi causa desesperada. La frágil carne, oprimida por el temor y el dolor, deseaba liberación, aun aborreciendo y retrayéndose de la obediencia comprometida. ¡Oh, hermanos cristianos, escribo por experiencia… Conozco las quejas lastimosas y murmuradoras de la carne; conozco la ira, la rabia y la indignación que se concibe contra Dios, invocando todas Sus promesas con dudas, y estando dispuesto en cualquier momento a apartarse irremisiblemente de Dios. Contra lo cual permanece solamente la fe.» El soldado cristiano necesita en la hora más tenebrosa le fe que no se rinde.

(b) Ha de tomar como arma defensiva una buena conciencia. Es decir, el soldado cristiano debe por lo menos tratar de vivir de acuerdo con su propia doctrina. La virtud se ausenta del mensaje de un hombre cuando su propia conciencia le condena cuando habla.

Una severa reprensión

Este pasaje cierra con una seria reprensión a dos miembros de la iglesia. que habían injuriado a la iglesia, entristecido a Pablo y arruinado sus propias vidas. Himeneo se menciona otra vez en 2 Timoteo 2:17; y Alejandro puede que sea el que se menciona en 2 Timoteo 4:14. Pablo tiene tres quejas de ellos.

(i) Se habían apartado de la dirección de la conciencia. Habían dejado que sus propios deseos hablaran con voz más persuasiva que la de Dios.

(ii) Habían vuelto atrás, a prácticas malvadas. Una vez que abandonaron a Dios, la vida se les hizo sucia y baja. Cuando se echa a Dios de la vida, la belleza se va con Él.

(iii) Se habían entregado a una doctrina falsa. También esto era casi inevitable. Cuando una persona se desvía, su primer instinto es buscarse disculpas. Toma la enseñanza cristiana, y la tergiversa a su gusto para que le dé la razón. De lo correcto extrae argumentos retorcidos para justificar lo incorrecto. Encuentra argumentos en las palabras de Cristo para justificar los caminos del diablo. En cuanto una persona desobedece la voz de la conciencia, su conducta se rebaja y su pensamiento se retuerce.

Así es que Pablo pasa a decir que « se los ha entregado a Satanás.» ¿Qué quiere decir esta frase terrible? Hay tres posibilidades.

(i) Puede que esté pensando en la práctica judía de la excomunión. De acuerdo con la práctica de la sinagoga, si un hombre era un malhechor, primero se le reprendía públicamente. Si eso resultaba ineficaz, se le excluía de la sinagoga por un período de treinta días. Si aún seguía tozudamente impenitente, se le colocaba bajo excomunión, lo que le convertía en una persona maldita, separada de la sociedad humana y de la comunión con Dios. En tal caso se podía muy bien decir que se le había entregado a Satanás.

(ii) Puede que esté diciendo que los ha separado de la iglesia y dejado otra vez en el mundo. En una sociedad pagana era inevitable que se trazara una línea divisoria clara y dura entre la Iglesia y el mundo. La Iglesia era el territorio de Dios; el mundo, el de Satanás. Y el ser excluido de la Iglesia era quedar en el territorio que estaba bajo la dictadura de Satanás.

La frase puede que quiera decir que estos dos que causaban problemas en la iglesia se abandonaban al mundo. (iii) La tercera explicación es la más probable. Se consideraba a Satanás responsable del sufrimiento y del dolor humano.

Un hombre de la iglesia .de Corinto había sido culpable del terrible pecado de incesto. El consejo de Pablo fue que debía ser entregado a Satanás «para la destrucción de la carne, para que el espíritu pueda ser salvo en el día del Señor Jesús» (1 Corintios 5:5). La idea es que la Iglesia debe pedir a Dios que le recaiga a esa persona algún castigo físico, alguna enfermedad o dolor en su cuerpo, que le haga volver en sí. En el caso de Job fue Satanás el que le trajo sufrimientos físicos (Job 2:6s). En el Nuevo Testamento mismo tenemos la terrible consecuencia que sufrieron Ananías y Safira (Hechos 5:5-10), y la ceguera que le sobrevino a Elimas por oponerse al Evangelio (Hechos 13:11). Bien puede ser que Pablo pidiera a Dios que esos dos hombres experimentaran alguna dolorosa visitación que fuera para ellos tanto un castigo como una advertencia.

Es lo más probable, porque la esperanza de Pablo era que aquellos dos hombres no quedaran excluidos definitivamente y destruidos, sino disciplinados y rehabilitados. Para él, como debería ser para nosotros, el castigo no era nunca vindicativo, sino una disciplina remedia¡ que no estaba diseñada simplemente para hacer daño, sino para curar.

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