1 Pedro 4: La obligación del cristiano

Así que, de la misma manera que Cristo sufrió en Su naturaleza humana, vosotros también debéis estar pertrechados con la misma convicción de que el que ha sufrido en su propia carne ha terminado para siemprq con el pecado, y en consecuencia su propósito es vivir lo que le quede de vida en la carne, no ya para obedecer, a las pasiones humanas, sino a la voluntad de Dios] Porque ya es bastante que hayáis vivido como los paganos en el pasado, una vida de desmadre, lujuria, borracheras, juergas, jaranas e idolatría abominable. A la gente les extraña que ya no corráis a reuniros con ellos en la misma inundación de vicio, y se burlan de vosotros por no hacerlo. Pero ellos tendrán que dar cuenta al Que está dispuesto para juzgara los que sigan vivos y a los que ya hayan muerto.

El cristiano se compromete a abandonar los caminos del paganismo y a vivir como Dios quiere que viva. Pedro dice: «El que ha sufrido en la carne ha terminado con el pecado.» ¿Qué quiere decir exactamente eso? Hay tres posibilidades diferentes.

(i) Hay una línea firme en el pensamiento judío de que el sufrimiento es en sí un gran purificador. En el Apocalipsis de Baruc el escritor, hablando de las experiencias del pueblo de Israel dice: «Así que, entonces, fueron castigados para ser santificados» (13:10). Con referencia a la purificación de los espíritus humanos, Enoc dice: «Y conforme el ardor de su cuerpo se vaya haciendo más severo, un cambio correspondiente tendrá lugar en su espíritu para siempre jamás; porque delante del Señor de los espíritus ninguno podrá proferir una palabra mentirosa» (67:9). Los sufrimientos terribles de aquel tiempo se describen en 2 Macabeos, y su autor dice: «Ruego a todos los que lean este libro que no se desanimen, atemoricen o vacilen por estas calamidades, sino que juzguen estos castigos, no para su destrucción, sino para la purificación de nuestra nación. Porque es una señal de Su gran bondad, cuando a los malhechores no se les permite proseguir en sus caminos por largo tiempo, sino son castigados pronto. Porque no como con las otras naciones, a las que el Señor espera pacientemente para castigar hasta que llegue el Día del Juicio y lleguen a la plenitud de sus pecados; así nos trata Él, no sea que, habiendo llegado al colmo del pecado, seguidamente tomara venganza de nosotros. Y aunque Él castigue a los pecadores con adversidad, sin embargo nunca olvida a Su pueblo» (6:12-16). La idea es que el sufrimiento santifica y que el no ser castigado es el mayor castigo que Dios puede imponer a nadie. «Bienaventurado el hombre a quien Tú, Señor, corriges,» dijo el salmista (Salmo 94:12). « He aquí, bienaventurado es el hombre a quien Dios castiga,» dijo Elifaz (Job 5:17). «Porque el Señor al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo» (Hebreos 12:6). Si esta es la idea, quiere decir que el que ha sido disciplinado por el sufrimiento se ha curado del pecado. Ese es un gran pensamiento. Nos permite, como dijo Browning, «recibir con agrado toda adversidad que suaviza lo áspero de la tierra.» Nos permite dar gracias a Dios por las experiencias que hieren pero salvan el alma. Pero, aunque éste es un gran pensamiento no es estrictamente pertinente aquí.

(ii) Bigg cree que Pedro está hablando en términos de la experiencia que tuvo su pueblo de sufrir por la fe cristiana. Lo expresa como sigue: « El que ha sufrido en humildad y en temor, el que ha soportado todo lo que la persecución puede producirle antes que asociarse con los malos caminos, se puede confiar que obrará íntegramente; es manifiesto que la tentación no tiene poder sobre él.» La idea es que, si una persona ha soportado la persecución y no ha negado el nombre de Cristo, ha salido por la otra orilla con un carácter tan probado y una fe tan fortalecida que la tentación ya no le puede tocar más. De nuevo encontramos aquí un gran pensamiento: el de que toda prueba y tentación nos viene para hacernos más fuertes y mejores. Toda tentación resistida nos hace más fácil resistir la siguiente; y cada tentación conquistada nos hace más capaces de vencer el siguiente ataque. Pero aquí también es dudoso que esta idea sea pertinente aquí.

(iii) La tercera explicación es muy probablemente la correcta. Pedro acaba de hablar del Bautismo. Ahora bien, el gran pasaje del Nuevo Testamento sobre el Bautismo es Romanos 6. En ese capítulo, Pablo dice que la experiencia del bautismo es como ser sepultados con Cristo en muerte, y resucitados con Él a novedad de vida. Creemos que esto es lo que está pensando Pedro aquí. Ha hablado del bautismo; y ahora dice: « El que en el bautismo ha compartido los sufrimientos y la muerte de Cristo, ha resucitado con Él a tal novedad de vida que el pecado ya no ejerce más dominio sobre él» (v. Romanos 6:14). De nuevo debemos tener presente que éste es el bautismo al que una persona viene voluntariamente del paganismo al Cristianismo.

En ese acto del bautismo se identifica con Cristo; comparte sus sufrimientos y hasta su muerte; y comparte su vida de resurrección y poder y es, por tanto, vencedor del pecado. Cuando ha sucedido esto, la persona le ha dicho adiós a su anterior manera de vivir. El gobierno del placer, el orgullo y la pasión ha desaparecido, y ha empezado el de Dios. Esto no era fácil de ninguna manera. Los anteriores compañeros se reirían de ese nuevo puritanismo que había entrado en su vida. Pero el cristiano sabe muy bien que el juicio de Dios vendrá, cuando se dará la vuelta a los juicios del mundo y los placeres que son eternos compensarán mil veces por los placeres transitorios que tuvo que abandonar en esta vida.

La última oportunidad

Porque para esto se les ha predicado el Evangelio hasta a los muertos: para que, aunque ya han sido juzgados en la naturaleza humana, puedan vivir en el Espíritu con la vida de Dios.

Este pasaje tan difícil acaba con un versículo muy difícil. De nuevo nos encontramos la idea de que el Evangelio les fue predicado a los muertos. Por lo menos tres significados diferentes se han adscrito a los muertos. (i) Se ha tomado como refiriéndose a los muertos en el pecado, no los que están físicamente muertos.

(ii) Se ha tomado como los que mueran antes de la Segunda Venida de Cristo; pero que oyeron el Evangelio antes de morir y no se perderán la gloria.

(iii) Se ha tomado, sencillamente, por todos los muertos. No cabe la menor duda de que este tercer sentido es el correcto; Pedro acaba de hablar del descenso de Jesús al lugar de los muertos, y aquí vuelve a la idea de Cristo predicando a los muertos.

No se le ha encontrado nunca un sentido plenamente satisfactorio a este versículo; pero creemos que la mejor explicación es la siguiente. Para las personas mortales, la muerte es el castigo del pecado, como dijo Pablo: « Como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombre, por cuanto todos pecaron» (Romanos 5:12). La muerte es ya en sí un juicio. Así que Pedro dice que todas las personas ya han sido juzgadas al morir; a pesar de eso, Cristo descendió al mundo de los muertos y predicó allí el Evangelio, dándoles otra oportunidad para vivir en el Espíritu de Dios.

De alguna manera éste es uno de los versículos más maravillosos de la Biblia; porque da una visión conmovedora del Evangelio de la segunda oportunidad.

El final inminente

El final de todas las cosas se aproxima. Aquí aparece una nota que suena con frecuencia en todo el Nuevo Testamento. Es el toque de diana de Pablo que ya es hora de que nos despertemos del sueño, porque la noche está en las últimas y el día está al llegar (Romanos 13:12). « El Señor: está al llegar,» escribe a los filipenses (Filipenses 4:5). « La~ venida del Señor está al llegar,» escribe Santiago (Santiago: 5:8). Juan dice que los días en que estaban viviendo los suyos: era la última hora (1 Juan 2:18). «El tiempo está cerca,» dice Juan en el Apocalipsis, y oye testificar al Señor Resucitado:. «No os quepa la menor duda de que voy a venir muy prontow; (Apocalipsis 1:3; 22:20).

Tales pasajes constituyen un problema para muchos; por-: que, si se toman literalmente, los autores del Nuevo Testamen-; to se equivocaron; ya han pasado mil novecientos y pico de años, y el fin no ha llegado todavía. Hay cuatro maneras de considerar estos pasajes.

(i) Podemos mantener que, de hecho, los autores del Nuevo. Testamento estaban equivocados. Esperaban la vuelta de Cristo y el fin del mundo en su tiempo y generación; y esos acontecimientos no tuvieron lugar. Lo curioso es que la Iglesia, Cristiana siguió manteniendo esas palabras, aunque no habría sido difícil suprimirlas- discretamente de los documentos del Nuevo Testamento. No fue hasta avanzado el segundo siglo cuando empezó a dársele al Nuevo Testamento la forma en que lo tenemos hoy; y sin embargo, afirmaciones como estas llegaron a ser parte incuestionable de él. La única conclusión evidente es que los miembros de la Iglesia Primitiva seguían, creyendo que estas palabras eran ciertas.

(ii) Hay una línea firme de pensamiento en el Nuevo Testamento que, en efecto, mantiene que el fin ha llegado. La consumación de la Historia fue la venida de Jesucristo. Con Él, la eternidad invadió el tiempo. En Él, Dios entró en la situación humana. En Él se cumplieron las profecías. En Él ha llegado el fin. Pablo habla de sí mismo y de su gente como aquellos en los que se ha hecho realidad el fin de las edades (1 Corintios 10:11). Pedro, en su primer sermón, habla de la profecía de Joel acerca del derramamiento del Espíritu Santo y de todo lo que había de suceder en los últimos días, y entonces dice que en ese mismo momento la humanidad estaba viviendo realmente en esos últimos días (Hechos 2:16-21). Si lo aceptamos así, quiere decir que en Jesucristo ha llegado el final de la Historia. La batalla se ha ganado; no quedan más que escaramuzas con los últimos restos de la oposición: Quiere decir que en este mismo momento estamos viviendo en el tiempo del fin, lo que ha llamado alguien « el epílogo de la Historia.» Ese es un punto de vista bastante frecuente; pero el problema sigue desafiando los hechos. El mal es tan osado como siempre; el mundo sigue sin haber aceptado a Cristo como Rey. Puede que sea « el tiempo del fin,» pero la aurora parece tan distante como siempre.

(iii) Tal vez tengamos que interpretar cerca a la luz de la Historia como un proceso de casi inimaginable longitud. Se ha planteado de la siguiente manera. Supongamos que todo el tiempo se representa en una columna de la longitud del obelisco londinense que se conoce popularmente como « La Aguja de Cleopatra», en cuyo extremo colocáramos un sello de correos; pues bien, la longitud de la historia de la humanidad que conocemos estaría representada por el grueso del sello, y la parte del tiempo que la precedió, por la altura de la columna. Cuando pensamos en el tiempo en términos así, cerca se convierte en una palabra totalmente relativa. El salmista tenía toda la razón cuando dijo que a la vista de Dios mil años son como una de las vigilias de la noche (Salmo 90:4). En ese caso, cerca puede abarcar siglos, y ser sin embargo correcto. Pero es indudable que los autores bíblicos no usaron la palabra cerca en ese sentido, porque no tenían ese concepto de la «historia del tiempo.»

(iv) El hecho escueto es que detrás de esto se encuentra una verdad inescapable y sumamente personal. Para cada uno de nosotros, el tiempo está cerca. Lo único que podemos decir cada uno es que tenemos que morir. Para cada uno de nosotros el Señor está cerca. No podemos decir el día ni la hora cuando iremos a encontrarnos con Él; y por tanto, toda vida transcurre a la sombra de la eternidad.

« El tiempo del fin está cerca,» decía Pedro. Los primeros pensadores puede que se equivocaran si pensaban que el fin del mundo estaba a la vuelta de la esquina, pero nos dejaron la advertencia de que, para cada uno de nosotros personalmente, el fin está cerca. Y esa advertencia es tan verdadera para nosotros como lo haya sido nunca.

Vivir a la sombra de la eternidad

Así que manteneos firmes y sobrios de mente para Mder orar realmente como debéis. Y, sobre todo, abrigaos mutuamente con un amor que sea constante e intenso, porque el amor oculta una multitud de pecados.

Cuando una persona se da cuenta de la proximidad de Jesucristo, está obligada a adoptar una cierta clase de vida. En vista de esa proximidad Pedro hace cuatro demandas.

(i) Dice que debemos estar firmes en nuestra mente. Podríamos traducirlo: «Mantened vuestra sensatez.» El verbo que utiliza Pedro es sófronein; relacionado con ese verbo está el nombre sófrosyné, que los griegos derivaban del verbo sózein, mantenerse a salvo, y el nombre frónésis, la mente. Sófrosyné es la sabiduría que caracteriza a una persona que es preeminentemente sana; y sófronein quiere decir conservar la sensatez. La gran característica de la sensatez es que ve las cosas en su propia perspectiva; ve qué cosas son importantes y cuáles no; no se deja arrebatar por un entusiasmo repentino y transitorio; no es propensa ni a un fanatismo desequilibrado ni a una indiferencia irrealista. Es sólo cuando vemos los asuntos terrenales a la luz de la eternidad cuando los vemos en su justa proporción; es cuando Le damos a Dios el lugar que Le corresponde cuando todo se coloca en su lugar adecuado.

(ii) Dice que debemos ser sobrios de mente. Podríamos traducirlo: « Mantened vuestra sobriedad.» El verbo que usa Pedro es néfein, que originalmente quería decir ser sobrio en contraposición a estar borracho, y luego llegó a querer decir actuar sobria y sensatamente. Esto no quiere decir que el cristiano tiene que perderse en una insensibilidad sombría; pero sí quiere decir que su planteamiento de la vida no debe ser frívolo e irresponsable. El tomar las cosas seriamente es darse cuenta de su verdadera importancia y el prestar atención a sus consecuencias en el tiempo y en la eternidad. Es enfrentarse con la vida, no como un juego, sino como un asunto serio del cual tendremos que dar cuenta.

(iii) Dice que debemos hacerlo así a fin de orar como debemos. Podríamos traducirlo: « Preservar vuestra vida de oración.» Cuando una persona tiene la mente desequilibrada y su planteamiento de la vida es frívolo e irresponsable, no puede orar como debe. Aprendemos a orar sólo cuando tomamos la vida tan sabiamente y tan en serio que empezamos a decir en todas las situaciones: «Hágase Tu voluntad.» La primera necesidad de la oración es el sincero deseo de descubrir la voluntad de Dios para nuestra vida.

(iv) Dice que debemos querernos con un amor constante e intenso. Podríamos traducirlo: «Conservad vuestro amor.» La palabra que Pedro usa para describir este amor es ektenés que tiene dos significados que hemos incluido en la traducción.

Quiere decir extenso en el sentido de consistente; el nuestro debe ser el amor que nunca falla. También quiere decir que se estira como el corredor hacia la meta. Como C.E.B. Cranfield nos recuerda, describe un caballo a pleno galope y denota « el músculo tenso por el esfuerzo intenso y sostenido, como el de un atleta.» Nuestro amor debe ser vigoroso. Aquí tenemos una verdad cristiana fundamental. El amor cristiano no es una reacción facilona y sensiblera. Demanda todo lo que tiene una persona de energía mental y espiritual. Quiere decir amar lo desamado y lo desamable; quiere decir amar a pesar del insulto y de la injuria; quiere decir amar cuando el amor no se devuelve. Bengel traduce ektenés por la palabra latina vehemens, vehemente. El amor cristiano es el amor que nunca falla y al que se dirigen todos los átomos de la energía personal.

El cristiano, a la luz de la eternidad, debe conservar la sensatez, la sobriedad, las oraciones y el amor.

El poder del amor

«El amor -dice Pedro- oculta una multitud de pecados.» Hay tres cosas que puede querer decir esta frase; y no tenemos necesidad de rechazar ninguna, porque están las tres aquí.

(i) Puede querer decir que nuestro amor puede pasar por alto muchos pecados. « El amor cubrirá todas las faltas,» dice el escritor de Proverbios (10:12). Si amamos a una persona, nos es fácil perdonar. No es que el amor es ciego, sino que ama a la persona tal como es. Con amor resulta fácil tener paciencia. Es mucho más fácil tener paciencia con nuestros hijos que con los de los extraños. Si amamos de veras a nuestros semejantes, podemos aceptar sus faltas, y soportar su cortedad, y hasta su descortesía. Es verdad que el amor puede cubrir una multitud de pecados.

(ii) Puede querer decir que, si amamos a otros, Dios pasará por alto una multitud de pecados en nosotros. En la vida nos encontramos con dos clases de personas. Nos encontramos con algunos que no tienen faltasen las que se pueda poner el dedo; son morales, ortodoxos, y supremamente respetables; pero son duros y austeros e incapaces de entender por qué otros hacen equivocaciones y caen en pecado. También nos encontramos con algunos que tienen toda clase de faltas; pero son amables y simpáticos, y rara vez o nunca condenan. Es con la segunda clase de personas con la que uno se siente naturalmente en simpatía; y con toda reverencia podemos decir que así pasa con Dios. El perdonará mucho a la persona que ama a sus sémejantes.

(iii) Puede querer decir que el amor de Dios cubre la multitud de nuestros pecados. Es bendita y profundamente cierto. Es la maravilla de la Gracia el que, pecadores como somos, Dios nos ama; por eso envió a Su Hijo.

La responsabilidad cristiana

Sed hospitalarios unos con otros sin echarlo en cara nunca. Conforme cada cual haya recibido un don de Dios, que todos los usen en el servicio de los demás como buenos administradores de la gracia de Dios.

La mente de Pedro está dominada en esta sección por la convicción de que el fin de todas las cosas está cerca. Es sumamente interesante y significativo notar que no usa esa convicción para exhortar a la gente a que se retire del mundo y entre en una especie de campaña privada para salvar su propia alma; la usa para exhortar a entrar en el mundo y servir a nuestros semejantes.

Tal como Pedro lo ve una persona será feliz si el final la encuentra, no viviendo como un ermitaño, sino sumergida en el mundo sirviendo a sus semejantes.

(i) En primer lugar, Pedro exhorta a su gente a practicar el deber de la hospitalidad. Sin hospitalidad la Iglesia Primitiva no podría haber existido. Los misioneros ambulantes que extendieron la buena noticia del Evangelio tenían que encontrar algún sitio donde parar, y no podía ser más que en los hogares de los cristianos. Las posadas que había eran imposiblemente caras, asquerosamente sucias y notoriamente inmorales. Así que encontramos a Pedro alojándose con un cierto Simón curtidor (Hechos 10:6), y Pablo y su compañía con un cierto Mnasón, de Chipre, uno de los primeros discípulos (Hechos 21:16). Muchos hermanos anónimos de la Iglesia Primitiva hicieron posible la obra misionera abriendo la puertas de su hogar. No eran los misioneros los únicos que necesitaban hospitalidad; las iglesias locales también. Durante doscientos años no hubo tal cosa como edificios de iglesia. La congregación se veía obligada a reunirse en la casa de los que tuvieran habitaciones grandes y estuvieran dispuestos a prestarlas para los cultos. Así leemos de la iglesia que estaba en la casa de Áquila y Prisquilla (Romanos 16:5; 1 Corintios 16:19), y de la iglesia que estaba en la casa de Filemón (Filemón 2). Si no hubiera sido por la hospitalidad de aquellos que estaban dispuestos ofrecer sus hogares la Iglesia original no se habría podido reunir para hacer el culto. No nos sorprende que una y otra vez se recuerde en el Nuevo Testamento a los cristianos el deber de la hospitalidad. El cristiano debe entregarse a la hospitalidad (Romanos 12:13). El obispo debe practicar la hospitalidad,(] Timoteo 3:2). Las viudas de la iglesia deben haber alojado a extranjeros (1 Timoteo 5:10). El cristiano no debe olvidar acoger a extranjeros y debe recordar que algunos que lo hicieron recibieron en sus casas a ángeles sin darse cuenta (Hebreos 13:2). El obispo debe amar la hospitalidad (Tito 1:8). Y debemos recordar siempre que se les dijo a los de la mano derecha: «Fui extranjero, y me disteis la bienvenida;» mientras que la condenación de los de la izquierda fue, entre otras cosas, porque: «Fui un extranjero y no me disteis la bienvenida» (Mateo 25: 35, 43). En sus primeros días, la iglesia dependía de la hospitalidad de sus miembros; y hasta el día de hoy, no se puede hace nada mejor que dar la bienvenida en un hogar cristiano a un extranjero en un lugar extraño.

(ii) Los dones que tenga una persona debe ponerlos sin regañadientes al servicio de la comunidad. Esta es también una idea favorita del Nuevo Testamento que Pablo expande en Romanos 12:3-8 y 1 Corintios 2:12. La iglesia necesita todos los dones que pueda tener una persona. Puede que sea el de hablar en público, el de la música, el de la habilidad para visitar. Puede ser una habilidad o maña que se puede usar en el servicio práctico de la iglesia. Puede que sea una casa que alguien tenga, o el dinero que ha heredado. No hay dones que no se puedan poner al servicio de Cristo.

El cristiano tiene que considerarse un administrador de Dios. En el mundo antiguo, el administrador era muy importante. Puede que fuera un esclavo, pero tenía en sus manos la hacienda de su amo. Había dos clases principales de administradores: El dispensator, el mayordomo que era responsable de todos los asuntos domésticos de la familia y repartía las provisiones de la casa; y el vilicus, que estaba a cargo de todos los negocios de su amo y actuaba en su representación con sus arrendatarios. El mayordomo sabía muy bien que ninguna de esas cosas sobre las que ejercía control le pertenecía; todas pertenecían a su amo. Y de todo lo que hacía tenía que dar cuenta a su amo, cuyos intereses debía servir.

El cristiano siempre debe tener la convicción de que nada de lo que posee de bienes materiales o de cualidades personales es suyo propio; todo pertenece a Dios y debe usarlo en el interés de Dios ante Quien siempre es responsable.

La fuente y el objetivo de todo esfuerzo cristiano

El que tiene el ministerio de la Palabra, que hable comunicando dichos enviados de Dios. El que presta un servicio cualquiera, que lo realice como el que lo ha recibido de la fuerza que Dios suple, de manera que Dios reciba la gloria en todas las cosas que se hacen mediante Jesucristo, a Quien pertenecen la gloria y el poder por siempre jamás. Amén.

Pedro está pensando en las dos grandes actividades de la iglesia cristiana: la predicación y el servicio cristiano. La palabra que usa para dichos es loguía. Esta es una palabra con un trasfondo divino. Los paganos la usaban para los oráculos que les venían de sus dioses; los cristianos la usaban para las palabras de la Escritura y de Cristo. Pedro está diciendo: «Si uno tiene el ministerio de la predicación, que no lo ejerza ofreciendo sus opiniones particulares o propagando sus propios prejuicios, sino como el que transmite un mensaje de Dios.» Se dijo de un gran predicador: «Primero escuchaba a Dios, y entonces hablaba a la gente.» Se decía de otro que, de cuando en cuando se paraba, «como para escuchar una voz.» Aquí está el secreto del poder de la predicación.

Pedro sigue diciendo que si un cristiano se ocupa del servicio práctico debe cumplirlo con la fuerza que Dios suple. Es como si dijera: «Cuando te has comprometido a realizar un servicio cristiano, no debes hacerlo como si estuvieras prestando un favor personal o distribuyendo bienes de tu propio almacén, sino siendo consciente de que lo que das lo has recibido tú antes de Dios.» Tal actitud protege al que da, del orgullo, y al que recibe, de la humillación.

La finalidad de todo es que Dios sea glorificado. La predicación no se hace para que el predicador despliegue sus cualidades sino para poner a la gente cara a cara con Dios. El servicio no se otorga para conferir prestigio al dador sino para volver los pensamientos de las personas a Dios. E. G. Selwyn nos recuerda que el lema de la gran orden benedictina son cuatro letras: IOGD, (ut) in omnibus glorificetur Deus (para que en todas las cosas Dios sea glorificado). Una nueva gracia y gloria entrarían en la iglesia si todos los miembros dejaran de hacer las cosas por sí mismos y las hicieran para Dios.

La persecución inevitable

Queridos hermanos: No toméis la prueba de fuego que estáis pasando y que os ha sobrevenido para poneros a prueba como nada extraño; como si fuera algo del otro mundo; sino estad contentos de compartir los sufrimientos de Cristo, porque así podréis participar de la felicidad total cuando se revele Su gloria.

Sería natural que la persecución fuera una experiencia mucho más demoledora para los gentiles que para los judíos. Un gentil medio tendría muy poca experiencia de ella; pero los judíos habían sido siempre el pueblo más perseguido de la Tierra. Pedro está escribiendo a cristianos que eran gentiles, y tenía que tratar de ayudarlos mostrándoles la persecución en sus auténticos colores. Nunca es fácil ser cristiano. La vida cristiana conlleva su propio aislamiento, su propia impopularidad, sus propios problemas, sus propios sacrificios y sus propias persecuciones. Conviene, por tanto, tener en mente ciertos grandes principios.

(i) Pedro está convencido de que la persecución es inevitable. Es algo natural en los seres humanos el mirar con suspicacia y rechazar todo y a todos los que son diferentes; el cristiano es necesariamente diferente de la persona del mundo. El impacto particular de la diferencia cristiana hace más agudo este asunto. El cristiano trae al mundo los parámetros de Jesucristo. Eso es lo mismo que decir que es inevitablemente una especie de conciencia para la sociedad en la que se mueve; y muchos eliminarían de buena gana los tics molestos de la conciencia. La misma bondad del Cristianismo puede ser una ofensa para el mundo, en el que la bondad es un obstáculo.

(ii) Pedro está convencido de que la persecución es una prueba, y esto en un doble sentido. La devoción de una persona a un principio se puede medir por su voluntad de sufrir por él; por consiguiente, cualquier clase de persecución es una prueba de la fe de la persona. Pero es igualmente cierto que es solamente el cristiano auténtico el que es perseguido. No so: persigue al cristiano que hace componendas con el mundo. En un doble sentido la persecución es la prueba de la autenticidad de la fe.

(iii) Ahora llegamos a cosas que elevan el ánimo. La persecución es estar en solidaridad con los sufrimientos de Jesucristo. Cuando una persona tiene que sufrir por su cristianismo, está andando por el camino que recorrió su Maestro y compartiendo la Cruz que llevó su Maestro. Este es un pensamiento favorito del Nuevo Testamento. Si sufrimos con Él, seremos glorificados con Él (Romanos 8:17). Pablo deseaba estar en solidaridad con los sufrimientos de Cristo (Filipenses 3:10). Si sufrimos con Él, reinaremos con Él (2 Timoteo 2:12). Si tenemos esto presente, cualquier cosa que tengamos que sufrir por causa de Cristo se convertirá en un privilegio y no en un castigo.

(iv) La persecución es el camino a la gloria. La Cruz es el camino a la corona. Jesucristo no quedará en deuda con nadie, y Su gozo y corona esperan a la persona que, contra viento y marea, Le permanece fiel.

La bienaventuranza de sufrir por Cristo

Si os desprecian e insultan porque lleváis el nombre de Cristo, ¡bienaventurados vosotros!, porque la presencia de la gloria y el Espíritu de Dios reposan sobre vosotros. Que ninguno de vosotros sufra por ser un asesino, o un ladrón, o un malhechor, o un metomentodo. Pero si sufre por ser cristiano, que no se avergüence, sino que dé gloria a Dios por serlo.

Aquí dice Pedro la cosa más grande de todas. Si una persona sufre por Cristo, la presencia de la gloria descansa sobre ella. Esta es una frase misteriosa. Creemos que no puede querer decir más que una cosa. Los judíos tenían la concepción de la Sejiná, el resplandor glorioso de la misma presencia de Dios. Esta concepción aparece constantemente en el Antiguo Testamento «A la mañana -dijo Moisés- veréis la gloria del Señor» (Éxodo 16:7). «La gloria del Señor reposó sobre el monte Sinaí, y la nube lo cubrió por seis días,» cuando la ley le fue entregada a Moisés (Éxodo 24:16). En el tabernáculo Dios se había de reunir con Israel, y había de ser santificado con Su gloria (Éxodo 29:43). Cuando el tabernáculo estuvo terminado, «entonces una nube cubrió el tabernáculo de reunión, y la gloria del Señor llenó el tabernáculo» (Éxodo 40:34). Cuando el arca del pacto se trajo al templo de Salomón, « la nube llenó la casa del Señor. Y los sacerdotes no pudieron permanecer para ministrar por causa de la nube; porque la gloria del Señor había llenado la casa dei Señor» (1 Reyes 8:IOs). Esta idea de la Sejiná, la gloria luminosa de Dios, ocurre repetidamente en el Antiguo Testamento.

Pedro está convencido de que ese resplandor de gloria descansa sobre la persona que sufre por Cristo. Cuando estaban juzgando a Esteban para condenarle a muerte, «todos los que estaban sentados en el concilio, al fijar los ojos en él, vieron su rostro como el rostro de un ángel» (Hechos 6:1 S).

Pedro pasa a indicar que es como cristiano como uno debe sufrir, y no como malhechor. Las maldades que especifica están suficientemente claras hasta que llegamos a la última. Un cristiano, dice Pedro, no tiene que sufrir por ser un al. lotriepískopos. El problema es que esta palabra no aparece en ningún otro texto griego, y puede que Pedro se la inventara. Puede tener tres posibles significados, todos los cuales serían pertinentes. Viene de dos palabras al.lotrios, perteneciente a otro, y epískopos, el que mira sobre o el que mira dentro de. Por tanto, quiere decir literalmente mirar sobre, o dentro de lo que le pertenece a otro.

(i) El mirar sobre lo de otro puede ser mirarlo con ojos codiciosos. Así es como tanto la biblia latina como Calvino tomaron esta palabra: que el cristiano no debe ser codicioso

(ii) El mirar sobre lo que le pertenece a otro bien puede querer decir estar más interesado de la cuenta en los negocios ajenos y ser un fastidioso metomentodo. Ese es con mucho el sentido más probable. Hay cristianos que hacen un montón de daño con sus intromisiones y críticas erróneas. Esto querría decir que el cristiano no debe ser un zascandil metomentodo. Eso tiene sentido y ofrece, creemos, el mejor sentido.

(iii) Hay una tercera posibilidad. Al.lotrios quiere decir lo que pertenece a otro; es decir, lo que a uno le es extraño. Siguiendo esta idea, al.lotriepískopos querría decir supervisar lo que le es extraño a uno. Lo cual se podría referir a un cristiano que se mete en asuntos que no corresponden a la vida cristiana. Eso querría decir que un cristiano nunca debería inmiscuirse en cosas que son ajenas a la vida que debería vivir. Aunque los tres sentidos son posibles, creemos que el tercero es el correcto.

La enseñanza de Pedro es que si un cristiano tiene que sufrir por Cristo, debe ser de tal manera que su sufrimiento traiga gloria a Dios y al nombre que lleva. Su vida y conducta deben ser la mejor demostración de que no merece el sufrimiento que le ha sobrevenido, y su actitud hacia él debe honrar el nombre que lleva de cristiano.

Dejar toda la vida en las manos de diosa

Porque ya es hora de que empiece el juicio por la casa de Dios. Y, si empieza por nosotros, ¿en qué acabarán los que no hacen caso de la Buena Noticia que nos ha venido de Dios? Y, si el justo se salva por los pelos, ¿dónde irán a parar el impío y el pecador? Así que, los que sufran por vivir conforme a la voluntad de Dios, que Le encomienden sus almas al Que es nuestro Creador y de Quien podemos depender, y que sigan haciendo el bien.

Tal como Pedro lo veía, era tanto más necesario el que el cristiano hiciera lo que es debido por cuanto el juicio estaba a punto de empezar.

Y empezaría por la casa de Dios. Ezequiel oyó la voz de Dios proclamando el juicio de Su pueblo: «Y comenzaréis por Mi santuario» (Ezequiel 9:6). Donde se ha tenido el mayor privilegio, el juicio será el más severo.

Si el juicio ha de recaer sobre la casa de Dios, ¿cuál será la suerte de los que han sido totalmente desobedientes a la invitación y al mandamiento de Dios? Pedro confirma esta llamada con una cita de Proverbios 11:31: «Si el justo recibe su merecido en la tierra, ¡cuánto más el malvado y el pecador!»

Por último, Pedro exhorta a los suyos a confiarle sus vidas a Dios, el Creador en Quién pueden confiar de veras. La palabra que usa para confiar es paratíthesthai, que es el término técnico para depositar dinero con un amigo de confianza. En la antigüedad no había bancos, y pocos lugares realmente seguros donde uno pudiera depositar dinero. Así que, antes de emprender un largo viaje, muchos solían dejar su dinero al cuidado de un amigo de confianza. Tal depósito se consideraba una de las cosas más sagradas de la vida. El amigo estaba totalmente comprometido por su honor y su religión a devolver el depósito intacto.

Heródoto (6:86) cuenta la historia de uno de esos depósitos. Cierto milesio fue a Esparta, porque había oído que los espartanos cumplían estrictamente con su honor, y le confió su dinero a un cierto Glauco. Le dijo que a su debido tiempo sus hijos lo reclamarían, presentando pruebas que identificaran su identidad sin dejar lugar a dudas. Pasó el tiempo, y los hijos se presentaron. Traicioneramente, Glauco dijo que no se acordaba de que se le confiara ningún dinero, y dijo que necesitaba cuatro meses para pensárselo. Los milesios partieron, tristes y apesadumbrados. Glauco consultó a los dioses lo que debía hacer, y le advirtieron que tenía que devolver el dinero. Así lo hizo; pero al cabo de no mucho tiempo murió, y toda su familia le siguió, y en los días de Heródoto no quedaba vivo ni un solo miembro de su familia, porque los dioses se habían ofendido de que hubiera contemplado quebrantar la confianza que se había depositado en él. Aun pensar en incumplir tal confianza era un pecado mortal.

Si una persona se encomienda a Dios; Dios no le fallará. Si un depósito así era sagrado para los hombres, ¡cuánto más para Dios! Esta es la misma palabra que usó Jesús cuando dijo en la. Cruz: «Padre, en Tus manos encomiendo Mi espíritu» (Lucas 2146). Jésús .no vaciló en confiarle Su vida a Dios, seguro de que no Le fallaría… y nosotros podemos hacer lo mismo. El añejo consejo sigue siendo un buen consejo: «confía en Dios, y obra como es debido.»

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