1 Juan: El propósito del pastor

Categorías: Primera de Juan.

Lo que os estamos diciendo es lo que fue desde el principio, lo que oímos, lo que vimos con nuestros propios ojos, lo que observamos y tocamos con nuestras propias manos. Os estamos hablando acerca de la Palabra de Vida. (Y la Vida se nos apareció, y La vimos y testificamos; y os estamos ahora trayendo el Mensaje de esta Vida eterna Que estaba con el Padre y Que Se nos ha presentado). El Mensaje que os traemos es acerca de lo que hemos visto y oído, para que también vosotros tengáis comunión con nosotros; porque nuestra comunión es con el Padre y con Jesucristo, el Hijo. Y os estamos escribiendo estas cosas para que vuestro gozo llegue a su plenitud.

Cualquier persona, cuando se sienta para escribir una carta o se levanta para predicar un sermón, tiene algún objetivo a la vista, quiere producir algún efecto en las mentes y corazones y vidas de su audiencia. Y aquí, al principio de su carta, Juan especifica sus objetivos al escribir a su pueblo.

(i) Es su deseo producir comunión entre los hombres y comunión con Dios (versículo 3). El propósito del pastor siempre debe ser traer a las personas a una comunión más íntima entre sí, y también con Dios. Cualquier mensaje que produzca división, es un mensaje falso. El mensaje cristiano puede resumirse por sus dos grandes objetivos: el amor al prójimo y el amor a Dios.

(ii) Es su deseo traerle gozo a los suyos (versículo 4). El gozo es la esencia del Cristianismo. Un mensaje cuyo único efecto sea deprimir y desanimar a los que lo oigan se ha quedado a menos de la mitad del camino. Es completamente cierto que a menudo la finalidad del predicador y del maestro debe ser despertar un sano reconocimiento doloroso que conduzca a un verdadero arrepentimiento. Pero después de producir el sentimiento de pecado, hay que conducir a los oyentes al Salvador en Quien se perdonan los pecados. La nota definitiva del mensaje cristiano es el gozo.

(iii) Con ese fin a la vista, su propósito es presentarles a Jesucristo. Un gran maestro solía siempre decirles a sus estudiantes que su único objetivo como predicadores debía ser «decir algo bueno de Jesucristo.» Y se decía de otro gran santo que dondequiera que empezara su conversación, siempre se las arreglaba para dirigirla lo más pronto posible a Jesucristo.

El hecho fundamental es que si las personas han de encontrar comunión unas con otras y con Dios, y si han de encontrar alguna vez el verdadero gozo, deben encontrarlos en Jesucristo.

El derecho del pastor a hablar

Aquí, al principio de su carta, Juan expone su derecho a hablar, que consiste en una cosa: su experiencia personal de Cristo (versículos 2 y 3).

(i) Dice que ha oído a Cristo. Mucho tiempo antes Sedequías le había preguntado a Jeremías: «¿Hay alguna palabra de parte del Señor?» (Jeremías 37:17). La gente no tiene interés en oír las opiniones y suposiciones de nadie, sino una palabra de parte del Señor. Se decía de un gran predicador, que primero escuchaba a Dios, y después hablaba a las personas; y se decía de John Brown of Haddington -el antepasado escocés de la querida familia evangélica española Fliedner- que, cuando estaba predicando, hacía una pausa de vez en cuando, como si estuviera escuchando una voz. El verdadero maestro es el que tiene un mensaje de parte de Jesucristo porque ha oído Su voz.

(ii) Dice que ha visto a Cristo. Se cuenta del gran predicador escocés Alexander White, que alguien le dijo una .vez: « Hoy ha predicado usted como si viniera derecho de la presencia de Dios.» Y White le contestó: « Puede que fuera así.» Nosotros no podemos ver a Cristo en la carne como Le vio Juan, pero seguimos pudiendo verle con los ojos de la fe.

(iii) Dice que ha observado a Cristo. ¿Qué diferencia hay entre ver a Cristo y observarle? En el original griego el verbo para ver es horán, que quiere decir sencillamente ver con la vista física. El verbo para observar es theasthai, y quiere decir fijar la mirada en alguien o algo hasta que se capta el significado de esa persona o cosa. Así Jesús, dirigiéndose a las multitudes de Juan el Bautista, les preguntó: « ¿Qué fue lo que salisteis a ver (theasthai) al desierto?» (Lucas 7:24); y en esa palabra describe cómo salían las multitudes como rebaños a observar a Juan y plantearse quién y qué podría ser aquel hombre. Hablando de Jesús en el prólogo de su evangelio, Juan dice: «Vimos Su gloria» (Juan 1:14). El verbo es aquí también theasthai, y la idea que sugiere no es la de una ojeada pasajera, sino la de una observación insistente que trata de descubrir algo del misterio de Cristo.

(iv) Dice que sus manos de hecho tocaron a Cristo. Lucas nos dice que, cuando Jesús volvió a Sus discípulos después de Su Resurrección, les dijo: «Ved por Mis manos y Mis pies que soy Yo mismo; palpad y comprobadlo, porque un fantasma no tiene carne y hueso como veis que Yo tengo» (Lucas 24:39). Aquí Juan está pensando en aquellas personas llamadas docetistas que eran tan «espirituales» que insistían en que Jesús no tuvo nunca un cuerpo de carne y hueso como todos los seres humanos, sino que era un fantasma en forma humana. Se negaban a creer que Dios pudiera llegar a ensuciarse asumiendo la carne y sangre humanas. Juan insiste aquí en que el Jesús Que él había conocido era realmente un hombre entre los hombres. Se daba cuenta de que no había en el mundo nada más peligroso -como veremos- que dudar de que Jesús fuera plenamente humano.

El mensaje del pastor

El mensaje de Juan es acerca de Jesucristo; y tiene tres grandes cosas que decir sobre Él. La primera, dice que Jesús era desde el principio. Es decir, en Él la eternidad entró en el tiempo; en Él el Dios eterno entró personalmente en el mundo de la humanidad. Segundo, esa entrada en el mundo de la humanidad fue real; fue una humanidad real la que Dios asumió. Tercera, mediante aquella acción vino a la humanidad la palabra de la Vida, la palabra que puede cambiar la muerte en vida y la mera existencia en verdadero vivir. Una y otra vez en el Nuevo Testamento, el Evangelio se llama la palabra; y es del mayor interés para nosotros el ver las diferentes conexiones en que se usa este término.

(i) El nombre que se le da más frecuentemente al Evangelio es la palabra de Dios (Hechos 4:31; 6:2,7; 11:1; 13:5,7,44; 16:32; Filipenses 1:14; 1 Tesalonicenses 2:13; Hebreos 13:9; Apocalipsis 1:2,9; 6:9; 20:4). No es un descubrimiento humano; viene de Dios. Es la Noticia de Dios que el hombre no podría haber descubierto por sí mismo.

(ii) El mensaje del Evangelio se llama frecuentemente la palabra del Señor (Hechos 8:25; 12:24; 13:49; 15:35; 1 Tesalonicenses 1: 8; 2 Tesalonicenses 3:1). No se aclara siempre si el Señor es Dios o Jesús, aunque lo más frecuente es que se refiera a Jesús. Por tanto, el Evangelio es el mensaje que Dios no podría haber mandado a la humanidad más que por medio de Su Hijo.

(iii) El mensaje del Evangelio se llama dos veces la palabra del oír (logos akoés) (1 Tesalonicenses 2:13; Hebreos 4:2). Eso es decir que depende de dos cosas: de una voz dispuesta a proclamarlo, y de un oído dispuesto a escucharlo.

(iv) El mensaje del Evangelio es la palabra del Reino (Mateo 13:19). Es el anuncio del Reino de Dios, y la llamada a responder a Dios con la obediencia que nos hace ciudadanos de ese Reino.

(v) El mensaje del Evangelio es la palabra del Evangelio (Hechos 15:7; Colosenses 1:5). Evangelio quiere decir buena noticia. Y el Evangelio es esencialmente una buena noticia a la humanidad acerca de Dios.

(vi) El Evangelio es la palabra de la Gracia (Hechos 14:3; 20:32). Es la buena noticia del amor generoso e inmerecido de Dios al hombre; es la noticia de que el hombre no está abrumado bajo la tarea imposible de ganar el amor de Dios, sino que se le ofrece gratuitamente.

(vii) El Evangelio es la palabra de la Salvación (Hechos 13:26). Es el ofrecimiento del perdón de los pecados pasados y del poder para vencer el pecado en el futuro.

(viii) El Evangelio es la palabra de la Reconciliación (2 Corintios 5:19). Es el mensaje de que la relación perdida entre el hombre y Dios se restaura en Jesucristo, Que ha derribado la pared intermedia de separación que había erigido el pecado entre el hombre y Dios.

(ix) El Evangelio es la palabra de la Cruz (1 Corintios 1:18). En el corazón del Evangelio está la Cruz, en la que se da a la humanidad la prueba final del amor perdonador, sacrificado, buscador, de Dios.

(x) El Evangelio es la palabra de la Verdad (2 Corintios 6:7; Efesios 1:13; Colosenses 1:5; 2 Timoteo 2:15). Con la venida del Evangelio, ya no es necesario andar con suposiciones o a tientas, porque Jesucristo nos ha traído la verdad acerca de Dios.

(xi) El Evangelio es la palabra de la Justicia (Hebreos 5:13). Es el poder del Evangelio lo que capacita a una persona para librarse del poder del mal y alcanzar la justicia que es agradable a Dios.

(xii) El Evangelio es la palabra salutífera (2 Timoteo 1:13;. 2:8). Es el antídoto que cura el veneno del pecado, y la medicina que derrota la enfermedad del mal.

(xiii) El Evangelio es la palabra de la Vida (Filipenses 2:16). Por su poder somos librados de la muerte y se nos permite entrar en la vida que es la vida verdadera.

Dios es luz

Y este es el mensaje que hemos oído de Él y que os transmitimos: Que Dios es luz, y no hay tinieblas en Él.. El carácter de una persona está determinado necesariamente por el carácter del dios al que adora; y, por tanto, Juan empieza estableciendo la naturaleza del Dios y Padre de Jesucristo a Quien adoran los cristianos. Dios, nos dice, es luz, y no hay tinieblas en Él. ¿Qué nos quiere decir con esto?

(i) Nos dice que Dios es esplendor y gloria. No hay nada más glorioso que el resplandor de la luz atravesando las tinieblas. Decir que Dios es luz nos habla de Su inefable esplendor.

(ii) Nos dice que Dios Se revela a Sí mismo. La luz se ve por encima de todas las cosas; e ilumina las tinieblas a su alrededor. Decir que Dios es luz es decir que no hay nada escondido ni furtivo en Él; quiere ser visto y conocido de los hombres.

(iii) Nos habla de la pureza y santidad de Dios. No hay tinieblas que puedan camuflar el mal en Él. Que Él es luz nos habla de Su pureza diáfana, y de Su prístina santidad.

(iv) Nos habla de la dirección de Dios. Una de las grandes funciones de la luz es mostrar el camino. La carretera que está bien iluminada es la más segura. Decir que Dios es luz es decir que ofrece Su dirección a los pasos humanos.

(v) Nos habla de la cualidad reveladora de la presencia de Dios. La luz es el elemento más revelador. Las faltas y las manchas que están ocultas a la sombra aparecen a la luz. La luz revela las imperfecciones de cualquier obra o materia. Así que las imperfecciones de la vida se hacen visibles en la presencia de Dios. Nunca podremos conocer, ni la profundidad a la que ha caído la vida, ni la altura a la que puede remontarse, hasta que las veamos a la luz reveladora de Dios.

La oscuridad hostil

En Dios, dice Juan, no hay ningunas tinieblas. A lo largo de todo el Nuevo Testamento, las tinieblas representan lo que se opone a la vida cristiana.

(i) Las tinieblas representan la vida sin Cristo. Representan la vida que una persona llevaba antes de conocer a Cristo, o la que vive si se separa de Él. Juan escribe a su pueblo que, ahora que Cristo ha venido, las tinieblas han pasado, y la verdadera luz ya está alumbrando (1 Juan 2:8). Pablo escribe a sus amigos cristianos que hubo un tiempo cuando eran tinieblas, pero ahora son luz en el Señor (Efesios 5:8). Dios nos ha librado del poder de las tinieblas y trasladado al Reino de Su amado Hijo (Colosenses 1:13). Los cristianos no están en las tinieblas, porque son hijos del día (1 Tesalonicenses 5:4s). Los que sigan a Cristo no andarán en tinieblas como los demás, sino que tendrán la luz de la vida (Juan 8:12). Dios ha llamado a los cristianos para que pasen de las tinieblas a Su maravillosa luz (1 Pedro 2:9).

(ii) La oscuridad es hostil a la luz. En el prólogo de su evangelio escribe Juan que la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la han vencido (Juan 1:5). Nos presenta el cuadro de las tinieblas tratando de borrar la luz -pero incapaces de dominarla. La oscuridad y la luz son enemigas naturales.

(iii) Las tinieblas representan la ignorancia de la vida sin Cristo. Jesús convoca a sus amigos a andar en la luz, no sea que las tinieblas se les echen encima; porque el que camina en tinieblas no sabe adónde va (Juan 12:35). Jesús es la luz, y ha venido para que los que crean en Él no anden en tinieblas (Juan 12:46). La oscuridad representa la perdición esencial de la vida sin Cristo.

(iv) Las tinieblas representan el caos de la vida sin Dios. Dios, dice Pablo pensando en el primer acto de la Creación, mandó que Su luz brillara en medio de las tinieblas (2 Corintios 4:6). Sin la luz de Dios el mundo se encuentra en un caos en el que la vida está sin orden ni concierto.

(v) Las tinieblas representan la inmoralidad de la vida sin Cristo. Pablo exhorta a sus creyentes a que se despojen de las obras de las tinieblas (Romanos 13:12). Los hombres, porque sus obras eran malas, amaban las tinieblas más que la luz (Juan 3:19). Las tinieblas representan la manera en que la vida sin Cristo está llena de cosas que buscan las sombras porque no pueden soportar la luz.

(vi) Las tinieblas son típicamente infructuosas. Pablo habla de las obras infructuosas de las tinieblas (Efesios 5:11). Si se priva de la luz a las cosas que crecen, su crecimiento se detiene. Las tinieblas son la atmósfera sin Cristo, en la que no puede nunca crecer ningún fruto del Espíritu.

(vii) Las tinieblas se relacionan con el desamor y el odio. Si alguien odia a su hermano, eso es señal de que anda en tinieblas (1 Juan 2: 9-11). El amor es luminosidad, y el odio, oscuridad.

(viii La oscuridad es la morada de los enemigos de Cristo y el destino final de los que se niegan a aceptarle. La lucha del cristiano y de Cristo es contra los gobernadores hostiles de las tinieblas de este mundo (Efesios 6:12). Los pecadores rebeldes y recalcitrantes son aquellos para los cuales está reservada la niebla tenebrosa (2 Pedro 2:9; Judas 13). Las tinieblas son la vida separada de Dios.

La necesidad de andar en la luz

Si decimos que estamos en comunión con Él y al mismo tiempo andamos en tinieblas, mentimos y no practicamos la verdad; pero si andamos en la luz como El está en la luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Su Hijo Jesucristo nos limpia constantemente de todo pecado.

Aquí está escribiendo Juan para contrarrestar una manera herética de pensar. Había algunos que pretendían ser muy avanzados intelectual y espiritualmente, pero cuyas vidas no daban señales de ello. Pretendían haber avanzado tanto en el camino del conocimiento y de la espiritualidad que para ellos el pecado había dejado de tener importancia, y las leyes, de existir. Napoleón dijo una vez que las leyes eran para la gente ordinaria, pero no para las personas como él. Aquellos herejes pretendían ser tan elevados que, aunque pecaran, no tenía ninguna importancia. Posteriormente Clemente de Alejandría nos dice que había herejes que decían que era indiferente cómo viviera una persona. Ireneo nos dice que declaraban que un hombre verdaderamente espiritual era totalmente incapaz de incurrir nunca en ninguna contaminación, independientemente de la clase de cosas que hiciera.
En respuesta, Juan insiste en ciertas cosas.

(i) Insiste en que para tener comunión con el Dios que es luz, una persona debe andar en la luz; y que, si está todavía andando en las tinieblas morales y éticas de la vida sin Cristo, no puede tener esa comunión. Esto es precisamente lo que había dicho el Antiguo Testamento siglos antes. Dios dijo: «Seréis santos; porque Yo, el Señor vuestro Dios, soy santo» (Levítico 19:2; cp. 20:7,26). El que quiera encontrarse en comunión con Dios se compromete a una vida de bondad que refleje la bondad de Dios. C. H. Dodd escribe: « La Iglesia es una sociedad de personas que, creyendo en un Dios de pura bondad, aceptan la obligación de ser buenas como Él.» Esto no quiere decir que una persona debe ser perfecta para poder tener comunión con Dios; porque, en ese caso, todos estaríamos excluidos. Pero sí quiere decir que toda su vida reconocerá sus obligaciones, y se esforzará en cumplirlas, y se arrepentirá cuando falle. Querrá decir que nunca pensará que el pecado no tiene importancia; que, cuanto más cerca se encuentre de Dios, más terrible le parecerá el pecado.

(ii) Insiste en que estos pensadores equivocados tienen una idea errónea de la verdad. Dice que, si los que pretenden estar especialmente avanzados siguen andando en tinieblas, no están haciendo la verdad. Exactamente la misma frase se usa en el Cuarto Evangelio cuando se habla del que hace la verdad (Juan 3:21). Psto quiere decir que, para el cristiano, la verdad no es nunca exclusivamente intelectual; es siempre moral. No es algo que ejercita solamente la mente, sino algo en lo que está implicada toda la personalidad. La verdad no es sólo el descubrimiento de cosas abstractas; es la vida concreta. No consiste solamente en pensar, sino también en actuar. Las palabras que usa el Nuevo Testamento juntamente con verdad son significativas. Habla de obedecer a la verdad (Romanos 2:8; Gálatas 3:7); seguir la verdad (Gálatas 2:14; 3 Juan 4); oponerse a la verdad (2 Timoteo 3:8); extraviarse de la verdad (Santiago 5:9). Hay algo que podría llamarse «Cristianismo de tertulia.» Es posible considerar el Cristianismo como una serie de problemas intelectuales que hay que resolver, y en la Biblia como un libro sobre el cual hay que apilar información y datos. Pero el Cristianismo es algo que hay que vivir, y la Biblia es un libro que hay que obedecer. Es posible que la eminencia intelectual y el fracaso moral vayan de la mano. Para el cristiano, la verdad es algo, primero, que hay que descubrir; y luego, que hay que obedecer.
Las pruebas de la verdad

Para Juan hay dos grandes pruebas de la verdad.

(i) La verdad es la creadora de la comunión. Si estamos realmente andando en la luz, tenemos comunión unos con otros. Ninguna creencia que separe a una persona de las demás puede ser plenamente cristiana. Ninguna iglesia puede _ser exclusiva, y seguir siendo Iglesia de Cristo. Lo que destruye la comunión no puede ser verdadero.

(ii) La sangre de Jesús le va limpiando cada día más y más del pecado al que de veras conoce la verdad. La Reina-Valera es bastante correcta aquí, pero se puede malentender. Dice: « La sangre de Jesucristo, Su Hijo, nos limpia de todo pecado.» Eso se puede tomar como un gran principio; pero se refiere a lo que debería suceder en la vida individual. Lo que quiere decir es que todo el tiempo, día a día, constante y consistentemente, la sangre de Jesucristo lleva a cabo un proceso purificador en la vida del cristiano individual. La palabra griega para limpiar es katharízein, que era en su origen una pal bra ritual que describía las ceremonias y lavatorios que cualificaban a un hombre para acercarse a sus dioses. Pero la palabra, conforme fue desarrollándose la religión, adquirió un sentido moral, y describe la bondad que permite a una persona entrar a la presencia de Dios. Así es que, lo que Juan está diciendo es: « Si realmente sabes lo que ha obrado el sacrificio de Cristo, y estás experimentando de veras Su poder, día a día irás añadiendo santidad a tu vida, y capacitándote más para entrar a la presencia de Dios.»

Aquí se nos presenta una gran concepción. Considera el sacrificio de Cristo como algo que, no solamente expía los pecados pasados, sino que nos equipa de santidad día a día. La verdadera religión es la que acerca más y más, día a día, a la persona a sus semejantes y a Dios. Produce la comunión con Dios y con los hombres. Y no existe la una sin la otra.

La triple mentira

(i) Juan acusa cuatro veces en su carta sin ambages a los falsos maestros de ser mentirosos; y la primera de estas cuatro se encuentra en este pasaje. Los que pretenden tener comunión con el Dios Que es totalmente luz, y sin embargo andan en la oscuridad, están mintiendo (versículo 6). Un poco más tarde repite esta acusación de una manera un poco diferente. El que diga que conoce a Dios, y sin embargo no guarde Sus mandamientos, es un mentiroso (1 Juan 2:4). Juan está estableciendo la verdad indiscutible de que el que diga una cosa con sus labios y otra con sus 3bras es un mentiroso. No está pensando en la persona que hace todo lo posible, pero a veces falla. « Uno -dice H. G. Wells- puede que sea un mal músico, y sin embargo esté apasionadamente enamorado de la música.» Y uno puede que sea muy consciente de sus fallos, y sin embargo esté apasionadamente enamorado de Cristo y de Su camino. Juan está pensando en la persona que presenta las más elevadas pretensiones de conocimiento, de eminencia intelectual y espiritual, y que sin embargo se permite cosas que sabe muy bien que están prohibidas. El que profese amar a Cristo y Le desobedezca a sabiendas es culpable de falsedad.

(ii) El que niegue que Jesús es el Cristo es un mentiroso (1 Juan 2:22). Aquí tenemos algo que discurre por todo el Nuevo
Testaento. La piedra de toque definitiva de una persona es su reacción a Jesús. La pregunta clave que Jesús dirige á cada persona es: « ¿Quién dices tú que soy Yo?» (Mateo 16:13). Cuando uno se encuentra cara a cara con Cristo no pude por menos de ,ver Su grandeza; y si la niega, es un mentiroso.

(iii) El que diga que ama a Dios, y al mismo tiempo aborrezca a su hermano, es un mentiroso (1 Juan 4:20). El amor a Dios y el odio a un semejante no pueden coexistir en la misma persona. Si hay rencor en el corazón de alguien hacia algún otro, eso es prueba de que no ama de veras a Dios. Todas nuestras protestas de amor a Dios son inútiles y falsas si hay odio en nuestro corazón hacia algún otro.

El propio engaño del pecador

Si decimos que no hay pecado en nosotros, nos engañamos a nosotros mismos y en nosotros no está la verdad. Si reconocemos nuestros pecados, podemos fiarnos de que Él, en Su justicia, nos perdone nuestros pecados y nos deje limpios de toda injusticia.

Si decimos que no hemos hecho nada malo, Le dejamos a Él por mentiroso, y Su Palabra no tiene cabida en nosotros. En este pasaje Juan describe y condena otros dos errores fatales de pensamiento.

(i) Hay personas que dicen que no tienen pecado. Eso puede querer decir una de dos cosas. Puede que describa al hombre que dice que no tiene responsabilidad por su pecado. Es bastante fácil encontrar excusas tras las cuales uno trata de esconderse. Podemos echarle las culpas de nuestros pecados a nuestra herencia biológica, a las circunstancias, a nuestro temperamento, a nuestra condición física. Podemos pretender que fue otro el que nos indujo a pecar, y nos descarrió. Es característico de la naturaleza humana el tratar de sacudirse la responsabilidad por el pecado. O puede que describa al hombre que pretende que puede cometer pecado sin sufrir las consecuencias. Juan insiste en que, cuando una persona ha pecado, sus excusas y justificaciones son irrelevantes. La única actitud que nos permite hacer frente a la situación es la confesión humilde y penitente a Dios y, si es necesario, a los hombres. A continuación dice Juan una cosa alucinante. Dice que podemos depender de que Dios, en Su justicia, nos perdone si confesamos nuestros pecados. A primera vista habríamos pensado que Dios, en Su justicia, estaría más dispuesto a castigar que a perdonar. Pero el hecho es que Dios, porque es justo, nunca quebranta Su palabra; y la Escritura está llena de promesas de misericordia para con la persona que acude a Dios con un corazón arrepentido. Dios ha prometido no despreciar nunca el corazón contrito, y no va a quebrantar Su palabra. Si confesamos nuestros pecados con humildad y arrepentinüento, Él nos perdonará. El mismo hecho de presentar excusas y de tratar de autojustificarnos nos excluye de recibir el perdón, porque nos excluimos del arrepentimiento; el mismo hecho de la confesión humilde es el que abre la puerta para el perdón, porque solamente el que tiene un corazón arrepentido puede reclamar las promesas de Dios.

(ii) Hay personas que dicen que realmente no han pecado. Esa actitud no es ni mucho menos tan infrecuente como podríamos pensar. Incontables personas no creen realmente que han pecado, y hasta se ofenden de que se las llame pecadoras. Su equivocación es que creen que el pecado es sólo la clase de cosa que sale en los periódicos. Olvidan que pecado es hamartía, que quiere decir literalmente no dar en el blanco. Dejar de ser tan buen padre, madre, esposo, esposa, hijo, hija, obrero, persona como podríamos ser es pecar; y eso nos incluye a todos.

En cualquier. caso, el que dice que no ha pecado está realmente nada menos que dejando a Dios por mentiroso, porque, según las Escrituras, Dios ha dicho claramente que todos hemos pecado. Así es que Juan condena al que pretende estar. tan avanzado en el conocimiento y en la vida espiritual que el pecado ha dejado de afectarle. Condena al que se exime de la responsabilidad por su pecado, o que mantiene que el pecado no le afecta lo más mínimo. Condena al que ni siquiera se ha dado cuenta de que es un pecador. La esencia de la vida cristiana es, en primer lugar, darnos cuenta de nuestro pecado; y, seguidamente, acudir a Dios para recibir ese perdón que puede borrar el pasado y esa limpieza que puede hacer nuevo el futuro.1 Juan El propósito del pastor

Deja un comentario