1 Juan 3: Recuerda los privilegios de la vida cristiana

Categorías: Nuevo Testamento y Primera de Juan.

¡Fijaos qué clase de amor nos ha concedido el Padre: que se nos llamara los hijos de Dios! -Y eso es lo que somos en realidad. La razón por la que el mundo no nos reconoce es que no Le reconoció a Él. Amados, aun tal como están las cosas, somos los hijos de Dios; y todavía no se ha aclarado lo que seremos. Sabemos que, cuando se aclaren, seremos como Él, porque Le veremos como Él es.

Juan empieza demandando que los suyos recuerden sus privilegios. Es un privilegio el que nos llamen los hijos de Dios. Hay algo importante hasta en el nombre. Crisóstomo, en un sermón sobre Criar hijos, aconseja a los padres que den a su hijo algún gran nombre bíblico, y que le enseñen insistentemente la historia del que llevó originalmente ese nombre, y así le den un modelo al que ajustar su vida cuando se haga mayor. Así que el cristiano tiene el privilegio de ser llamado hijo de Dios. De la misma manera que el pertenecer a una gran escuela, a un gran regimiento, a una gran iglesia, a una gran familia es una inspiración para vivir dignamente, así también, y aún más, el llamarse con el nombre de la familia de Dios es algo que debe ayudar a mantener los pies en el buen camino, y a seguir adelante y hacia arriba.

Pero, como Juan señala, no se trata solamente de que se nos llame los hijos de Dios; somos los hijos de Dios. Hay aquí algo que debemos notar. Es don de Dios el que una persona llegue a ser hija de Dios por naturaleza. Uno es criatura de Dios, pero por gracia llega a ser hijo de Dios. Hay dos palabras lingüísticamente relacionadas, pero semánticamente diferentes: paterno y paternal. Paterno describe una relación en la que un hombre es responsable de la existencia física de un hijo; y paternal describe una relación íntima amorosa. En el sentido de la paternidad, todos los seres humanos son hijos de Dios; pero en cuanto a la paternalidad, solo son hijos de Dios cuando Él inicia en Su gracia la relación con ellos, y ellos responden.

Hay dos imágenes, una en el Antiguo Testamento y la otra en el Nuevo, que presentan esta relación clara y gráficamente. En el Antiguo Testamento encontramos la idea del pacto. Israel es el pueblo del pacto con Dios; lo que esto quiere decir es que Dios, por propia iniciativa, se había acercado especialmente a Israel para ser exclusivamente su Dios, y que ellos fueran exclusivamente Su pueblo. Como parte integral del pacto, Dios dio la Ley a Israel, y la relación del pacto dependía de que Israel cumpliera la Ley.

En el Nuevo Testamento encontramos la idea de la adopción (Romanos 8:14-17; 1 Corintios 1:9; Gálatas 3:26s; 4:6s). Aquí encontramos la idea de que por un deliberado hecho de adopción de parte de Dios el cristiano entra en Su familia. Mientras que todos los hombres son hijos de Dios en el sentido de que Le deben la vida a Él, llegan a ser Sus hijos en el sentido íntimo y amoroso del término solamente por un acto de la gracia íntima de Dios y la respuesta de sus corazones.

Automáticamente surge la pregunta: Si los seres humanos reciben ese gran honor cuando se hacen cristianos, ¿por qué los desprecia tanto el mundo? La respuesta es que están experimentando simplemente lo que Jesucristo experimentó antes.

Cuando Él vino al mundo, no Le reconocieron como el Hijo de Dios; el mundo prefería sus propias ideas, y Le rechazó. Lo mismo ha de sucederle a cualquier persona que decida libremente embarcarse en la empresa de Jesucristo.

Recuerda las posibilidades de la vida cristiana

A continuación, Juan comienza a recordarles a los suyos los privilegios de la vida cristiana. Pasa a presentarles lo que es en muchos sentidos una verdad todavía más tremenda: el gran hecho de que esta vida es solo el principio. Aquí muestra Juan el único agnosticismo verdadero. Tan grande es el futuro y su gloria que él ni siquiera se atreve a suponer cómo será, o a tratar de expresarlo con palabras, que serían por fuerza inadecuadas. Pero hay ciertas cosas que sí dice acerca de ese futuro.

(i) Cuando Cristo aparezca en Su gloria, seremos como Él. Sin duda Juan tenía en mente el dicho de la antigua historia de la Creación de que el hombre fue hecho a imagen y semejanza de Dios (Génesis 1:26). Ese era el propósito de Dios; y ese era el destino del hombre. No tenemos más que mirarnos al espejo para ver lo lejos que ha caído el hombre de ese destino. Pero Juan cree que en Cristo el hombre lo alcanzará por fin, y tendrá la imagen y la semejanza de Dios. Juan cree que solamente por medio de la obra de Cristo en el alma puede una persona llegar a la verdadera humanidad que Dios tenía previsto que alcanzara.

(ii) Cuando Cristo aparezca, Le veremos y seremos como Él. La meta de todas las almas grandes ha sido siempre la visión de Dios. El fin de toda devoción es ver a Dios. Pero la visión beatífica no es para la satisfacción de la inteligencia; es para que lleguemos a ser como Él. Hay aquí una paradoja: no podemos llegar a ser como Dios a menos que Le veamos, y no podemos verle a menos que seamos puros de corazón, porque solamente los puros de corazón verán a Dios (Mateo 5:8). Para ver a Dios necesitamos la pureza que solamente Él puede dar.

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