1 Corintios 6: La manía de los pleitos

Cuando entre vosotros uno tiene algún desacuerdo con otro, ¿cómo se atreve a ir a juicio ante los incrédulos en lugar de presentarlo ante el pueblo consagrado a Dios? ¿Es que no os habéis enterado de que el pueblo consagrado a Dios será el que juzgue al mundo un día? Pues, si vais a juzgar al mundo, ¿os consideráis incapacitados para resolver las causas pequeñas? ¿Es que no os dais cuenta de que nosotros seremos los que juzguemos a los ángeles? ¡Pues mucho más las cosas corrientes! Así es que, si tenéis pleitos sobre cosas corrientes, encargad del asunto a los que no tienen gran importancia a ojos de la iglesia. Os lo digo para que os dé vergüenza.

¿Lo hacéis de esa manera porque no hay entre vosotros ninguno que sea lo suficientemente listo como para arbitrar entre dos hermanos? ¿Es que está bien que un hermano pleitee con otro, y encima, ante los que no son creyentes? El llegara eso de pleitear entre vosotros es ya una grave falta. ¿Por qué no sufrís el agravio en vez? ¿Por qué no aceptáis el salir perdiendo? ¡Pues, no! Vosotros os injuriáis y os defraudáis… ¡y eso entre hermanos!

Aquí trata Pablo de un problema que afectaba especialmente a los griegos. Los judíos no solían acudir a los tribunales públicos, sino resolvían sus diferencias ante los ancianos del pueblo o de la sinagoga; para ellos, los pleitos eran cosas que se habían de resolver con un espíritu de familia y no exclusivamente legal. De hecho, la ley judía hasta prohibía acudir a un tribunal que no fuera judío; el hacerlo se consideraba blasfemia contra la ley de Dios. Pero era todo lo contrario entre los griegos: les encantaban los litigios, y los juicios figuraban entre sus espectáculos predilectos. Cuando estudiamos los detalles de las leyes de Atenas vemos lo importantes que eran los tribunales en la vida de cualquier ateniense; y la situación no era muy diferente en Corinto. Cuando había un desacuerdo en Atenas, lo primero que se intentaba era resolverlo mediante un árbitro privado. En tal caso, cada parte escogía su árbitro, y un tercero imparcial se escogía de común acuerdo. Si no se podía resolver la cuestión así, se acudía al tribunal llamado de los Cuarenta. Los Cuarenta presentaban el problema a un árbitro público, que era simplemente cualquier ateniense de sesenta años, que tenía que asumir esa responsabilidad le gustara o no bajo pena de pérdida de sus derechos civiles. Si ni aun así se cancelaba el caso, se pasaba a un jurado, que constaba de doscientos un ciudadanos en casos de menos de, digamos, 50,000 pesetas, y en cuatrocientos un ciudadanos cuando se tratara de más dinero. Había casos en los que el jurado estaba formado por cualquier número de ciudadanos entre mil y seis mil. Para formar parte del jurado bastaba ser ateniense y tener por lo menos treinta años de edad. Cada uno pagaba. tres óbolos al día por ser miembro del jurado (El D.R.A.E. dice que el óbolo era el peso de la sexta parte de una dracma, equivalente a cerca de seis decigramos, y también que era una «moneda de plata de los antiguos griegos, que en Atenas era primitivamente de 72 centigramos»). Los ciudadanos capacitados para actuar como miembros de jurado se reunían por la mañana y se les asignaban por suerte los casos.

Está claro que, en cualquier ciudad griega, cualquier ciudadano era una especie de abogado, y pasaba una parte considerable de su tiempo decidiendo o presenciando juicios. Los griegos eran famosos, o célebres, por su amor a los tribunales. No es extraño que algunos trajeran sus tendencias a la iglesia; y Pablo estaba escandalizado. Su trasfondo judío le predisponía en contra de esas prácticas, y sus principios cristianos, aún más. « ¿Cómo pueden los que conocen la justicia de Dios -preguntabavivir la paradoja de buscar justicia en los tribunales de los injustos?»

Lo que hacía la cosa todavía más alucinante para Pablo era que, en la imagen de la edad de oro por venir, el Mesías era el Que había de juzgar a las naciones, y los santos habían de formar el jurado. El Libro de la Sabiduría dice: « Juzgarán a las naciones, y tendrán autoridad sobre la gente» (Sabiduría 3:8). y el Libro de Enoc dice: «Traeré a todos los que han amado Mi nombre vestidos de luz resplandeciente, y pondré a cada uno de ellos en su trono honorable» (108:12).

Así es que Pablo pregunta: «Si, un día, vosotros vais a juzgar al mundo; si hasta los ángeles, que son los seres supremos de la creación, van a estar sujetos a vuestro juicio, ¿cómo, en nombre de todo lo lógico y razonable, podéis ir a someter vuestros problemas a personas que, encima, son paganas?» « Si tenéis que llegar a eso -les dice-, hacedlo en el interior de la iglesia, y encargad de juzgar esas cosas pequeñas a los que sean menos importantes; porque nadie que esté destinado a juzgar al mundo debe estar dispuesto a involucrarse en las cosas ordinarias y de cada día.»

Y entonces Pablo echa mano del gran principio esencial: El acudir a los tribunales, y más aún para litigar con un hermano, es caer muy por debajo del estándar cristiano de comportamiento. Hacía mucho que Platón había establecido que el que es bueno preferirá sufrir un agravio antes que cometerlo. Si un cristiano tiene, aunque sólo sea un poquito del amor de Cristo en su corazón, antes sufrirá insulto, o pérdida, o afrenta, que tratar de infligírselos a otro; y aún menos, por supuesto, si ese otro es un hermano. El tratar de vengarse es incompatible con el Evangelio. Un cristiano no organiza su trato con los demás por deseo de recompensa o de justicia a secas, sino que lo ordena por espíritu de amor. Y el espíritu de amor insistirá en vivir en paz con su hermano, y le prohibirá degradarse yendo a los tribunales.

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