1 Corintios 4  Los tres juicios

1 Corintios 4: Los tres juicios

En consecuencia, lo que tenéis que pensar de nosotros es que somos servidores de Cristo y administradores de los secretos que Dios revela a Su propio pueblo. En la vida corriente de cada día, lo que se espera de los administradores es que sean de fiar. A mí me importa muy poco el que me juzguéis vosotros o cualquier tribunal humano. Ni siquiera yo me juzgo a mí mismo; porque, aunque la conciencia no me acusara de nada, no por eso estaría libre de error. El Señor es el Que me juzga. Así que, no os precipitéis a juzgar antes de tiempo, sino esperad a que vuelva el Señor, Que iluminará las cosas que están escondidas en lugares oscuros y sacará a luz las intenciones de los corazones humanos. Entonces será cuando cada cual recibirá de Dios su calificación.

Pablo exhorta a los corintios a que no piensen en Apolos, Cefas o él mismo como líderes de partidos, sino que los consideren simplemente servidores de Cristo. La palabra que usa para servidor es interesante: hypérétés originalmente era el remero del banco inferior del trirreme; es decir, uno de los esclavos o cautivos que manejaban los grandes remos que impulsaban aquellas naves por el mar. Algunos comentaristas han hecho hincapié en este sentido de la palabra, y han sugerido que Cristo es el piloto que dirige el curso del navío, y Pablo no es más que uno de los remeros que acepta las órdenes del Piloto y sigue Su dirección.

Luego Pablo usa otra imagen: se ve a sí mismo y a sus compañeros en la predicación del Evangelio como mayordomos de los secretos que Dios quiere revelarle a Su pueblo. El mayordomo (oikonómos) era el major domo, y estaba a cargo de la administración de una casa o propiedad; controlaba al personal y distribuía los recursos; pero, aunque manejaba muchas cosas, no era más que un esclavo en relación con el dueño. Cualquiera que sea la posición de una persona en la Iglesia, y cualquiera que sea su autoridad y prestigio, no es más que un servidor de Cristo.

De ahí pasa Pablo a la idea del juicio. La cualidad imprescindible de un mayordomo es que sea digno de confianza. El hecho de disfrutar de tanta independencia y responsabilidad hace que sea necesario que su señor pueda depender absolutamente de él. Los corintios, con sus partidos y asignación de líderes de la Iglesia como sus señores, habían hecho juicio sobre esos líderes al preferir a uno por encima de los demás. Así es que Pablo habla de tres juicios a los que se debe someter cada persona.

(i) Debe arrastrar el juicio de sus semejantes. En su caso, Pablo dice que le importa un pimiento. Pero hay un sentido en el que uno no puede dejar de tener en cuenta el juicio de sus semejantes. Lo extraño es que, aunque a veces se cometen errores, el juicio de nuestros semejantes suele ser acertado. Eso se debe al hecho de que, en general, instintivamente, todo el mundo admira las cualidades básicas de honradez, fiabilidad, generosidad, espíritu de sacrificio y amor. El filósofo cínico Antístenes solía decir: «No hay más que dos personas que es posible que te digan la verdad acerca de ti mismo: un enemigo que ha perdido los estribos, o un amigo que te quiere entrañablemente.» Es absolutamente cierto que no debemos dejar que el juicio de los demás nos aparte de lo que creemos correcto;, pero también es verdad que el juicio de los demás es a menudo más exacto de lo que nos gustaría creer, porque ellos también admiran las buenas cualidades.

(ii) Debe arrastrar su propio juicio. Una vez más, Pablo no le da ninguna importancia. Sabía muy bien que el juicio propio puede estar nublado por la auto estimación, el orgullo o la vanidad. Pero, en un sentido indudable, todos tenemos que arrastrar nuestro propio juicio. Una de las ideas éticas básicas de los griegos era: « ¡Conócete a ti mismo!» Los cínicos insistían en que una de las primeras características de un hombre auténtico era «la habilidad de llevarse bien consigo mismo.» Uno no puede escapar de sí mismo; y, si se pierde el respeto, la vida se le hará insoportable.

(iii) Debe arrastrar el juicio de Dios. En último análisis, ese es el único que importa. Para Pablo, el juicio que esperaba no era el de cualquier día o tribunal, sino el del Día del Señor. El de Dios es el juicio final y definitivo por dos razones.

(a) Sólo Dios conoce todas las circunstancias. Él sabe las luchas que una persona ha tenido que mantener, los secretos que no ha compartido con nadie, hasta dónde habría podido caer… o escalar.

(b) Sólo Dios conoce todos los motivos. « El hombre ve la acción, pero Dios ve la intención.» Muchas acciones que parecen nobles puede que se hayan realizado por los motivos más egoístas e innobles; y muchas acciones que parecen rastreras se han llevado a cabo por los motivos más elevados. El Único ,que puede juzgar el corazón es el Que lo ha hecho y es el Único Que lo conoce. Haríamos bien en recordar dos cosas: la primera es que, aunque escapemos de todos los otros juicios o cerremos los ojos para no tenerlos en cuenta, no podemos escapar al juicio de Dios; y segunda, el juicio es algo que Le corresponde hacer a Dios, así que no asumamos tan alta responsabilidad.

Humildad apostólica y orgullo humano

Hermanos: He aplicado estas cosas a manera de ejemplo a Apolos y a mí para que aprendáis de nosotros a observar el principio de no ir más allá de lo que está escrito, para que ninguno de vosotros hable jactanciosamente de un maestro y despectivamente del otro.

¿Quién es el que ve nada extraordinario en ti? ¿Qué es lo que tienes más de lo que se te ha dado? Y si la verdad es que se te ha dado inmerecidamente, ¿por qué presumes como si fuera algo que has conseguido por ti mismo? ¡No cabe duda que ya estáis más que satisfechos! ¡No cabe duda de que ya sois ricos! ¡No cabe duda de que ya habéis llegado al reino sin la ayuda de nadie! Yo estaría encantado de que así fuera, porque sería señal de que nosotros también podíamos ser reyes juntamente con vosotros. Porque me parece que Dios ha exhibido a los apóstoles colocándolos al final del desfile triunfal, como condenados a muerte. ¡Creo que nos hemos convertido en un espectáculo de risa para el mundo, los ángeles y la humanidad! ¡Nosotros somos los que hemos hecho el tonto por causa de Cristo, y vosotros los listos en Cristo! ¡Nosotros somos los débiles, y vosotros los fuertes! ¡Vosotros los homenajeados, y nosotros los deshonrados!

Hasta ahora no hacemos más que pasar hambre y sed, y frío y vergüenza; nos abofetean, somos vagabundos apátridas, nos desollamos las manos a trabajar. Cuando nos insultan, bendecimos; cuando nos persiguen, lo soportamos; cuando nos calumnian, nos defendemos respetuosamente. Nos tratan como escoria de la tierra, como desechos de todo… Y así sigue la cosa.

Todo lo que ha estado diciendo Pablo de sí mismo y de Apolos es verdad, no sólo para ellos, sino también para los corintios.

No son sólo Apolos y él los que deben mantenerse humildes pensando que no es el juicio humano el que deben tener en cuenta, sino el de Dios. Los corintios deben también conducirse con humildad. Pablo hacía gala de una cortesía maravillosa al incluirse a sí mismo en sus advertencias y en sus recriminaciones. El predicador auténtico rara vez usa la palabra vosotros, y siempre nosotros; no les habla a los demás desde las alturas, sino como el que está al mismo nivel que los demás y que tiene sus mismas limitaciones. Si de veras queremos ayudar y salvar a los demás, nuestra actitud debe ser suplicante, no condenatoria; nuestro acento debe ser de compasión, no de crítica. No son sus palabras las que Pablo les dice a los corintios que no deben traspasar, sino la Palabra de Dios, que condena toda clase de orgullo.

Y entonces Pablo les hace la pregunta más pertinente y fundamental: «¿Tú, qué tienes que no hayas recibido?» En esta breve frase, Agustín veía toda la doctrina de la gracia. En un tiempo, él había pensado en términos de merecimientos humanos; pero llegó a decir: «Para resolver esta cuestión trabajamos arduamente en la causa de la libertad humana, pero la gracia de Dios obtuvo la victoria.» Nadie habría llegado a conocer a Dios si Él no Se hubiera revelado; nadie podría haber obtenido su propia salvación; nadie se salva a sí mismo: es salvado. Cuando pensamos en lo que hemos hecho nosotros y en lo que ha hecho Dios por nosotros, no hay lugar para el orgullo, sino sólo para la agradecida humildad. La falta de los corintios había sido olvidar que Le debían sus almas a Dios.

Y aquí llegamos a uno de esos arranques alados que nos sorprenden una y otra vez en las cartas de Pablo. Se vuelve hacia los corintios con una ironía sarcástica. Compara su orgullo, su autosatisfacción, su sentimiento de superioridad, con la vida que lleva un apóstol. Presenta una alegoría gráfica. Cuando un general romano ganaba un victoria señalada, se le concedía entrar y desfilar en triunfo por las calles de Roma con todos los trofeos que había ganado. Eso se llamaba un Triunfo. Al final del desfile iban los cautivos, a los que llevaban al circo, a morir luchando con fieras. Los corintios, con su orgullo descarado, eran el victorioso general con los trofeos de su hazaña; los apóstoles eran los cautivos condenados a muerte. Para los corintios, la vida cristiana consistía en desplegar sus privilegios y blasonar de logros personales; para Pablo, una vida de humilde servicio, siempre dispuesto a morir por Cristo.

En la lista de cosas que Pablo declara que los apóstoles sufren hay dos palabras interesantes.

(i) Dice que los abofetean (kolafiíesthai). Esta palabra se usa para darle una paliza a un esclavo. Plutarco dice que un testigo evidenció que un esclavo pertenecía a un cierto amo porque había visto a este pegarle, y esta es la palabra que usa. Pablo estaba dispuesto, por causa de Cristo, a que le trataran como a un esclavo.

(ii) Dice: « Cuando nos insultan (loidoresthai), bendecimos.» No nos damos cuenta de lo sorprendente que esto le resultaría a un pagano. Aristóteles declara que la virtud suprema es la megalopsyjía, grandeza de alma, y define esta virtud como la cualidad que no soporta un insulto. Para los antiguos, la humildad cristiana era una virtud totalmente nueva. La clase de conducta que parecería estúpida, aunque esta estupidez era la sabiduría de Dios.

Un padre en la fe

No os escribo esto para sacaros los colores, sino para advertiros como a hijos muy queridos, porque eso es lo que sois para mí. Puede que tengáis diez mil tutores en Cristo; pero, lo que se dice padres, no podéis tener muchos, y fui yo el que os engendré como cristianos en el Evangelio. Por lo tanto, os exhorto a que sigáis mi ejemplo. Por eso es por lo que os mando a Timoteo, que es un querido y fiel hijo mío en el Señor, quien os traerá a la memoria mi manera de ser en Cristo; es decir, lo que enseño por todas partes y en todas las iglesias. Hay algunos que andan pavoneándose de su importancia, como si yo no hubiera de ir por ahí; pero iré pronto, si Dios quiere, y descubriré, no lo que dicen esos presumidos, sino lo que son capaces de hacer; porque el Reino de Dios no consiste en palabras, sino en acción poderosa.

Entonces, ¿qué preferís? ¿que vaya con el palo, o con amor y en espíritu conciliador? Con este pasaje Pablo termina la sección de la carta que trata directamente de las disensiones y divisiones de Corinto. Escribe como un padre. La misma palabra que usa en el versículo 14 para advertir (nuthetein) es la que se usa corrientemente para expresar la amonestación y el consejo que da un padre a sus hijos (Efesios 6:4). Puede que suene severo; pero no es la severidad que humilla a un esclavo indisciplinado, sino la que trata de encauzar a un hijo que se ha desviado.

Pablo era consciente de que se encontraba en una posición única en relación con la iglesia de Corinto. El tutor (paidagógós, cp. Gálatas 3:24) no era el maestro, sino un esclavo anciano y de confianza que acompañaba todos los días al chico a la escuela, le enseñaba cuestiones morales, se cuidaba de su carácter y trataba de hacerle un hombre. Un niño podía tener muchos tutores; pero no tenía más que un padre. En días por venir, los corintios podrían tener muchos tutores, pero ninguno de ellos podría hacer lo que había hecho Pablo. Ninguno de ellos podría comunicarles la vida de Jesucristo. A continuación, Pablo dice algo alucinante. Lo que les dice es en efecto: « Os exhorto, como hijos míos que sois, a que os parezcáis a mí, que soy vuestro padre.» Es raro que un padre pueda decir eso. Es más corriente que el padre espere y pida a Dios que su hijo llegue a ser todo lo que él no ha conseguido ser. Muchos de los que enseñamos a otros no podemos evitar el decirles, no « Haz lo que yo,» sino « Haz lo que te digo.» Pero Pablo, no por orgullo sino con absoluta sinceridad, anima a sus hijos en la fe a que le imiten.

Luego les dedica un delicado elogio. Dice que les manda a Timoteo para que les recuerde su manera de ser. En efecto, dice que todos los errores y procedimientos equivocados de ellos son debidos, no a una rebeldía deliberada, sino al hecho de que se han olvidado. Eso es muy cierto en la naturaleza humana. Con frecuencia no es porque nos rebelamos contra Cristo, sino sencillamente porque nos olvidamos de Él. Muchas veces no es porque Le volvemos deliberadamente la espalda, sino porque nos olvidamos de que Él está en la trama de todas las cosas. Muchos de nosotros necesitamos por encima de todo esforzarnos en vivir dándonos cuenta constantemente de la presencia de Jesucristo. No es sólo en los cultos, o al participar de Su mesa, sino todos los días cuando Jesús nos dice: «Acuérdate de Mí.»

Pablo se detiene para hacer un desafío. Que no se crean que el que les mande a Timoteo quiere decir que él, Pablo, ya no va a ir por allí. Irá cuando se le presente la oportunidad, y entonces les hará un examen. Esos corintios hablaban un montón; pero no eran sus palabras altisonantes las que contaban, sino sus acciones. Jesús no dijo nunca: «Por sus palabras los conoceréis,» sino «Por sus frutos los conoceréis.» El mundo está lleno de gente que habla del Cristianismo; pero una acción vale más que mil palabras.

Pablo acaba preguntándoles si va a tener que ir a imponerles una disciplina o a compartir con ellos en amor. El amor de Pablo a sus hijos en Cristo late en todas sus cartas; pero no era un amor ciego o sensiblero, sino un amor que sabía cuándo había que imponer disciplina, y que estaba dispuesto a ejercerla. Hay una clase de supuesto amor que puede causar la ruina de una persona a base de cerrar los ojos a sus faltas; y hay un amor que puede remediar el mal de una persona porque la mira con la claridad de los ojos de Cristo. « Quien bien te quiere, te hará llorar.» El amor de Pablo era de los que saben que a veces hay que hacer daño para remediar el mal.

Pablo ha tratado del problema de las rivalidades y divisiones que hay en la iglesia de Corinto, y ahora pasa a tratar de ciertas cuestiones muy prácticas y de ciertas situaciones muy graves que se ha enterado que se dan dentro de la iglesia. Esta sección incluye los capítulos 5 y 6. 5:1-8 trata de un caso de incesto. 5:9-13 exhorta a la disciplina en cuestiones sexuales. 6:1-8 se refiere a la tendencia de los corintios a acudir a pleitear. 6:920 hace hincapié en la pureza.

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