1 Corintios 3 importancia suprema de Dios

1 Corintios 3: importancia suprema de Dios

En cuanto a mí, hermanos, no pude hablaros como si fuerais espirituales, sino que tuve que hablaros como a los que no habían pasado todavía de la etapa meramente humana, como a niños en Cristo. Como si dijéramos, os di a beber leche, no comida sólida. Y aun ahora, todavía no podéis digerir la comida sólida, porque seguía estando controlados por las pasiones humanas. Si hay entre vosotros envidia y rivalidad, ¿no quiere eso decir que estáis dominados por las pasiones humanas y que vuestro comportamiento no pasa del nivel puramente humano? Eso de que uno diga: «¡Yo soy de Pablo!» o «¡Yo soy de Apolos!», ¿no quiere decir que estáis actuando como seres humanos a secas? Porque, ¿qué son Apolos o Pablo? No son más que siervos que han actuado de intermediarios para que llegarais a creer; y el éxito que tuvo cada uno se lo debió a Dios. Yo fui el que planté; luego vino Apolos a regar; ¡pero fue Dios el que hizo crecer la semilla! Así que, ni el que planta ni el que riega son nada; sino Dios, Que hace crecer la semilla, es el todo. El que planta y el que riega están a un mismo nivel; cada uno recibirá la recompensa conforme a su labor. Nosotros somos compañeros de trabajo al servicio de Dios; y vosotros sois la labranza o el edificio de Dios.

Pablo ha estado hablando de la diferencia que hay entre una persona espiritual (pneumatikós), que es la que puede entender las cosas espirituales, y la que es psyjikós, cuyos intereses y objetivos no van más allá de las cosas materiales y que, por tanto, es incapaz de captar la verdad espiritual. Ahora pasa a acusar a los corintios de seguir en la etapa física, y usa dos palabras para describirlos.

En el versículo 1 los llama sárkinoi. Esta palabra se deriva de sarx, que quiere decir carne y que Pablo usa con frecuencia.

Ahora bien: todos los adjetivos griegos que terminan en -¡nos quieren decir hecho de aquello. Así es que Pablo empieza por decir que los córintios están hechos de carne. Eso no es tan despectivo como la expresión española de «ser un cacho de carne con ojos;» quiere decir que es una persona de carne y hueso, pero que no debe conformarse con vivir a ese nivel. El problema era que los corintios eran, no sólo sárkinoi, sino también sarkikoí, que quiere decir dominados por la carne. Para Pablo la carne es mucho más que una sustancia física; es la naturaleza humana separada de Dios, esa parte de la persona, tanto mental como física, que le ofrece una cabeza de puente al pecado. Así es que el fallo que Pablo les encuentra a los corintios no es que están hechos de carne -eso tienen de común con todo el mundo-, sino que dejan que su naturaleza inferior domine todas sus actitudes y acciones.

¿Qué es lo que hay en su vida y conducta que hace que Pablo les dirija esta reprensión? Son sus partidismos, peleas y grupitos. Esto es sumamente significativo, porque quiere decir que se puede saber cómo está la relación de una persona con Dios viendo su relación con sus semejantes. Si nunca está de acuerdo con nadie, si siempre está peleándose y discutiendo con los demás y creando problemas, puede que asista regularmente a la iglesia y hasta que tenga algún cargo en ella, pero no es un hombre de Dios. Sin embargo, si uno se lleva bien con los demás y sus relaciones con ellos están inspiradas en el amor y la unidad y la concordia, entonces lleva camino de ser un hombre de Dios.

El que ama a Dios tiene que amar también a sus semejantes. Esta fue la verdad que Leigh Hunt tomó de un cuento oriental y plasmó en su famoso poema: Abú Ben Ádjem, -¡crezca para siempre su tribu!-, despertó cierta noche de un buen sueño de paz y vio en la habitación que la luna alumbraba convirtiéndola toda como en un lirio en flor un ángel escribiendo en un libro de oro. Larga vida de paz le había hecho atrevido, y a la extraña figura Abú se dirigió: -Di, ¿qué escribes?- El ángel volvió hacia él los ojos y con una mirada que era toda dulzura respondió: -Son los nombres de los que aman a Dios. , -¿Y está el mío entre ellos?- le preguntó Ben Ádhem. -No está- respondió el ángel. Con menos osadía, pero aún atrevido, Abú dijo: A lo menos, pon mi nombre como uno que ama a sus semejantes. El ángel lo escribió, y desapareció. A la noche siguiente, con deslumbrante luz, volvió el ángel de nuevo, en su libro mostrando los nombres de aquellos bendecidos por Dios, porque Su amor estaba reflejado en sus vida. ¡Y he aquí que el de Ben Ádjem estaba a la cabeza!

Pablo prosigue mostrando la esencial insensatez de ese espíritu partidista. En un huerto, puede que un hombre plante la semilla, y sea otro el que la riegue; pero ninguno de los dos pretende haber sido el que la ha hecho crecer: eso es cosa de Dios.

El que planta y el que riega están al mismo nivel; ninguno puede pretender prioridad sobre el otro; no son más que servidores que han sido compañeros de trabajo al servicio de un Señor: Dios. Dios usa instrumentos humanos para hacer llegar a las personas el Mensaje de Su amor y Su verdad; pero Él es el Único que despierta el corazón humano a una nueva vida. Como lo creó, lo puede re-crear.

El cimiento y los constructores

De acuerdo con la gracia de Dios que se me otorgó a mí, yo eché los cimientos como experto maestro de obras; pero luego son otros los que siguen construyendo encima. Que cada cual se mire bien cómo construye hacia arriba; pero nadie puede echar otro cimiento diferente del que ya se ha echado, que es Jesucristo. Si uno construye sobre ese cimiento con oro, o plata, o piedras preciosas, o madera, o paja, o rastrojo, se verá bien claro el trabajo de cada cual: el Día lo descubrirá, porque se revelará mediante fuego, y el fuego mismo hará la prueba de la clase de trabajo que ha hecho cada uno. Si se. mantiene la obra que erigió uno sobre el fundamento, recibirá su recompensa; pero si se quema, será trabajo perdido, aunque él mismo se salve como el que se libra de una quema.

En este pasaje, Pablo está hablando por experiencia. Estaba destinado a ir echando los cimientos para luego pasar a otro sitio. Es verdad que se quedó dieciocho meses en Corinto (Hechos 18: I1) y tres años en Éfeso (Hechos 20:31); pero puede que en Tesalónica no estuviera ni un mes, y esto era lo más corriente. Había tanto terreno que planificar, tantas personas que ni siquiera habían oído el nombre de Jesucristo que, si se iba a empezar en serio la evangelización del mundo, Pablo no podía más que echar los cimientos y pasar a otro sitio. Sólo cuando le metían preso se veía obligado a permanecer en un sitio su inquieto espíritu.

Dondequiera que iba, echaba el mismo cimiento: los hechos referentes a Jesucristo y Su oferta de Salvación. Su tremenda labor consistía en presentar a Cristo a la gente, porque era en Él, y sólo en Él, donde se podían encontrar tres cosas:

(a) El perdón de los pecados pasados. Uno se encuentra en una nueva relación con Dios, y descubre de pronto que Dios es su amigo y no su enemigo; Que es como Jesús; donde antes creía ver odio, ahora ve amor, y el Que antes le parecía infinitamente remoto ahora ve como íntimamente tierno.

(b) Fuerza para el presente. En la presencia y ayuda de Jesús halla valor para arrostrar la vida, porque ha dejado de ser una unidad aislada peleando una batalla a solas con un universo adverso. Vive una vida en la que nada puede separarle del amor de Dios en Cristo Jesús su Señor. Transita los caminos de la vida y pelea sus batallas con Cristo.

(c) Esperanza para el porvenir. Ya no vive en un mundo en el que tiene miedo a mirar adelante, sino en uno en el que Dios está en control y haciendo que todo contribuya a su bien. Vive en un mundo en el que la muerte ya no es el fin, sino sólo el preludio de una gloria mayor. Sin el cimiento de Cristo no se puede tener ninguna de estas cosas.

Pero son otros los que tienen que construir sobre ese cimiento. Pablo no está hablando aquí de construir cosas malas, sino cosas inadecuadas. Uno puede presentar a sus semejantes una versión del Evangelio que es floja y aguada; algo unilateral, que hace mucho hincapié en ciertas cosas y demasiado poco en otras, sin el debido equilibrio; algo deformado, en lo que hasta las cosas más importantes aparecen alabeadas.

El Día al que se refiere Pablo es la Segunda Venida de Cristo. Entonces tendrá lugar la prueba definitiva. Lo erróneo e impropio se desvanecerá; pero, por la misericordia de Dios, hasta el constructor equivocado se salvará; porque, por lo menos, trató de hacer algo por Cristo. Todas nuestras versiones del Evangelio son inadecuadas, por decir lo menos; pero nos libraríamos de muchas cosas inadecuadas si las sometiéramos a prueba, no de nuestros prejuicios y presuposiciones, no de la aprobación de tal o cual teólogo, sino a la luz del Nuevo Testamento y, sobre todo, a la luz de la Cruz. Longino, el gran crítico literario griego, les ofrecía a sus estudiantes una prueba: « Cuando escribas algo -les decía-, pregúntate cómo lo habrían escrito Homero o Demóstenes; o, mejor todavía: imagínate cómo reaccionarían si tú se lo leyeras.» Pues nosotros, cuando hablamos de Cristo, debemos tener presente el hecho de que Cristo está escuchando. Tal convicción nos librará de muchos peligros y errores.

Sabiduría e insensatez

¿Es que no sabéis que sois el Templo de Dios, y que el Espíritu de Dios ha hecho Su morada en vosotros? Dios destruirá al que destruya Su Templo; porque el Templo de Dios es una cosa santa, y eso es lo que sois vosotros.

Que nadie es engañe. El que de vosotros se crea muy listo en las cosas del mundo, que empiece por darse cuenta de que no es más que un ignorante para llegar a ser sabio de veras. Porque la sabiduría de este mundo es necedad para Dios; por eso dice la Escritura: «Él pilla a los sabiondos en su propia astucia; » y otra vez: «El Sor sabe que el producto de sus mentes es inconsistente. »

Así es que nadie presuma de nadie, porque todo es vuestro: Pablo, Apolos, Cefas, la vida, la muerte, el presente, el porvenir… ¡todo es vuestro! Pero vosotros sois de Cristo, y Cristo de Dios.

Para Pablo, la Iglesia era el verdadero Templo de Dios, porque era la morada del Espíritu de Dios. Como dijo Orígenes tiempo después: «Somos tanto más el Templo de Dios cuanto nos preparamos para recibir al Espíritu Santo.» Pero los que introducen disensiones y divisiones en la comunión de la Iglesia destruyen el Templo de Dios en un doble sentido.

(a) Hacen imposible que el Espíritu pueda obrar. En cuanto se introduce la amargura en la Iglesia, el amor se ausenta. No se puede ni decir ni oír la verdad debidamente en esa atmósfera.
«Donde está el amor, allí está Dios;» pero donde hay odio y peleas, Dios está llamando a la puerta, pero no Le dejan entrar. El que destruye el amor fraternal, destruye la Iglesia; y, por tanto, el Templo de Dios.

(b) Dividen la Iglesia y la reducen a una serie de ruinas aisladas. Ningún edificio puede mantenerse en pie y firme si se le quitan secciones. La mayor debilidad de la Iglesia siguen siendo sus divisiones. Ellas también la destruyen.

Pablo pasa otra vez a poner el dedo en la raíz de la disensión y consiguiente destrucción de la Iglesia. Es el culto de la sabiduría intelectual y mundana. Muestra la condenación de esa sabiduría con dos pasajes del Antiguo Testamento: Job 5:13, y Salmo 94:11. Era por esa misma sabiduría mundana por lo que los corintios valoraban a los diversos maestros y líderes. Era ese orgullo de la mente humana el que los hacía apreciar o criticar su forma de dar el Mensaje, la corrección de su retórica, el peso de su oratoria, la sutileza de sus argumentos, más que el contenido del Mensaje en sí. El problema de ese orgullo intelectual es que produce dos cosas.

(a) Discusiones. No se puede estar callado y admirar lo bueno; tiene que hablar y criticar. No puede soportar que se le contradiga: tiene que demostrar que es el único que tiene razón. Nunca es lo bastante humilde para aprender; siempre tiene que ser él el que establezca la ley.

(b) El orgullo intelectual es esencialmente exclusivista. Tiende a mirar por encima del hombro a los demás en lugar de sentarse a su lado. Su actitud es que todos los que no están de acuerdo con él están equivocados. Hace mucho, Cromwell escribió a los escoceses: « Os ruego por las entrañas de Cristo que consideréis la posibilidad de estar equivocados.» Eso es precisamente lo que el orgullo intelectual no puede admitir. Tiende a separar a las personas más que a unirlas.

Pablo desafía a las personas a que sean lo suficientemente sabias como para darse cuenta de que son necias. Esta es una manera de decirles que sean lo suficientemente humildes como para aprender. No se puede enseñar nada a una persona que cree que ya lo sabe todo. Platón decía: «El más sabio es el que se da cuenta de que está insuficientemente equipado para el estudio de la sabiduría.» Y Quintiliano decía de ciertos estudiantes: «Habrían llegado a ser excelentes estudiantes si no hubieran estado convencidos de que eran muy sabios.» Un antiguo proverbio establecía: «El que no sabe, y no sabe que no sabe, es un necio; evítale. El que no sabe, y sabe que no sabe, es un sabio; enséñale.» La única manera de llegar a saber nada es reconocer que no se sabe; el único acceso al conocimiento es confesar la ignorancia.

En el v. 22, como pasa tantas veces en sus cartas, a la prosa de Pablo le salen alas de sentimiento y poesía. Los corintios están haciendo algo que a Pablo le parece incomprensible: están tratando de ponerse en manos de algún hombre. Pablo les dice que, de hecho, no son ellos los que le pertenecen a ningún hombre, sino él el que les pertenece a ellos. El identificarse con un partido es aceptar la esclavitud los que deberían ser reyes. El hecho es que son los dueños de todas las cosas, porque pertenecen a Cristo, y Cristo pertenece a Dios. La persona que consagra su fuerza y su corazón a cualquier lasquita de un partido ha rendido su todo a un reyezuelo cuando podía haber entrado en posesión de una compañía y de un amor tan amplio como el universo. Ha confinado en angostos límites una vida que estaba diseñada para esferas de amplitud ilimitada.

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