1 Corintios 15 El Señor resucitado

1 Corintios 15: El Señor resucitado

Hermanos: Quiero dejaros bien clara la naturaleza del Evangelio que os prediqué, que vosotros recibisteis, en el que os mantenéis firmes y por medio del cual habéis recibido la Salvación. Quiero dejaros bien claro el contenido del Evangelio que os transmití, que es lo que os puede salvar si lo retenéis con firmeza, es decir, si no creísteis sin orden y concierto. En lugar preponderante os transmití lo que yo mismo había recibido: que Cristo había muerto por nuestros pecados conforme a las Escrituras, y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día conforme a las Escrituras, y que Le vieron Cefas, y luego los Doce, y luego Le vieron más de quinientos hermanos a la vez, la mayoría de los cuales viven todavía, aunque algunos ya han dormido. Después Le vio Santiago, y luego todos los apóstoles, y el último de todos, como un aborto de la familia apostólica, Le vi yo también. Porque yo soy el menor de los apóstoles; de hecho no merezco que se me llame apóstol, porque perseguí a la Iglesia de Dios. Soy lo que soy exclusivamente por la gracia de Dios, que no ha sido improductiva en mí, porque me he esforzado más que todos los demás. Pero no he sido yo realmente el que he logrado nada, sino la gracia de Dios obrando en mí. El caso es que, sea yo el predicador o sean ellos, esto es lo que predicamos y lo que vosotros habéis creído.

Pablo está haciendo la recapitulación del Evangelio que él fue el primero en llevarles a los corintios. No era una noticia que él se había inventado, sino que se le había comunicado: la noticia del Señor Resucitado. En los versículos 1 y 2, Pablo dice una serie de cosas de suprema importancia e interés acerca de la Buena Noticia.

(i) Era algo que los corintios habían recibido. Nadie había inventado el Evangelio; en cierto sentido, nadie lo descubre por su cuenta, sino que es algo que todos recibimos. Ahí es donde está la misión de la Iglesia: es la depositaria y transmisora del Evangelio. Como decía uno de los antiguos padres: «Nadie puede tener a Dios por Padre a menos que la Iglesia sea su madre.»

La Buena Nueva se recibe en comunidad.

(ii) Era algo en lo que los corintios se mantenían firmes. La primera función de la Buena Noticia es dar estabilidad a las personas. En un mundo resbaladizo necesitamos algo que nos afirme los pies. En un mundo tentador, poder para resistir. En un mundo hiriente, algo que nos permita soportar sin rendirnos un corazón doliente y un cuerpo agonizante. Moffatt traduce bellamente Job 4:4: «Tus palabras han mantenido en pie a muchos.» Eso es precisamente lo que hace el Evangelio.

(iii) Era algo por lo que se estaban salvando. Es interesante notar que en griego se usa el presente, no el pasado. Sería estrictamente correcto traducirlo, no «por lo que habéis sido salvos,» sino «por lo que estáis siendo salvados.» La Salvación va de gloria en gloria. No alcanza su culminación en este mundo. Hay muchas cosas en esta vida que podemos agotar, pero el contenido de la Salvación es inagotable.

(iv) Era algo a lo que había que aferrarse tenazmente. Hay muchas cosas en la vida que intentan quitarnos la fe. Cosas que nos suceden a nosotros, o a otros, que desarticulan el entendimiento; la vida tiene sus problemas, que parecen insolubles; la vida tiene sus lugares tenebrosos en los que no se puede hacer más que resistir. La fe es siempre la victoria del alma que mantiene tenazmente su arraigo en Dios.

(v) Era algo que no se debía mantener sin orden ni concierto. La fe que se desmorona es la que no ha pensado las cosas a fondo y hasta sus últimas consecuencias. Para muchos de nosotros, desgraciadamente, la fe es algo superficial. Tendemos a aceptar las cosas porque nos las dicen, y a adquirirlas de segunda mano. Si pasamos la agonía del pensamiento, habrá mucho que tendremos que descartar; pero lo que nos quede nos pertenecerá de una manera que ya nada nos lo podrá quitar.

En la lista que hace Pablo de las apariciones del Señor Resucitado hay dos especialmente interesantes.

(i) Está la aparición a Pedro. En el relato más antiguo de la Resurrección, las palabras del mensajero en la tumba vacía son: «Id a decirles a Sus discípulos y a Pedro.» (Marcos 16:7). En Lucas 24:34, los discípulos dicen: « ¡Es un hecho que ha resucitado el Señor, y se le ha aparecido a Simón!» Es algo maravilloso el que una de las primeras apariciones del Señor Resucitado fuera al discípulo que Le había negado. Aquí está toda la maravilla de la gracia y el amor de Jesucristo. Otros habrían descartado a Pedro para siempre; pero Jesús no quería más que levantar a su discípulo errático y afirmarle sobre sus pies. Pedro Le había fallado a Jesús, y había llorado hasta echar el corazón; y el único deseo de este maravilloso Jesús era consolarle del dolor de su deslealtad. El amor no puede llegar a más que a pensar más en el quebrantamiento del ofensor que en la ofensa recibida.

(ii) Está la aparición a Santiago. No hay duda que este era « el hermano del Señor». Está bien claro en el relato de los evangelios que la familia de Jesús no creía en El, y Le eran hasta hostiles. Marcos 3:21 dice que hicieron lo posible por impedirle que siguiera adelante con Su ministerio porque creían que había perdido el juicio. Juan 7: S nos dice claramente que Sus hermanos no creían en Él. Uno de los más antiguos de aquellos evangelios que no lograron entrar en el canon del Nuevo Testamento es el Evangelio según los hebreos. Sólo se conservan de él algunos fragmentos. Uno de ellos, preservado por Jerónimo, dice: «Ahora bien: el Señor, después de darle el paño de lino al siervo del sacerdote, se dirigió a Santiago y se le apareció (porque Santiago había jurado no probar bocado desde que bebió el cáliz del Señor hasta que Le viera resucitado de entre los que duermen).» Así que, sigue diciéndonos la historia, Jesús se dirigió a Santiago y dijo: «Poned la mesa, y poned pan.» Y tomó el pan, y lo bendijo, y lo partió, y le dio a Santiago el Justo diciéndole: «Hermano mío: Come tu pan, porque el Hijo del Hombre se ha levantado de entre los durmientes.» Sólo podemos hacer conjeturas. Puede que en los últimos días el desprecio de Santiago se transformara en maravillada admiración de forma que, cuando llegó el final, estaba tan quebrantado de remordimiento por la manera en que había tratado a su Hermano que juró que se moriría de hambre si Jesús no volvía a perdonarle. Aquí tendríamos una vez más la gracia y el amor maravillosos de Cristo. Volvió a traerle la paz al alma turbada del que Le había tomado por loco y había estado en contra Suya.

Es una de las cosas más conmovedoras de toda la historia de Jesús el que dos de Sus primeras apariciones después de Su Resurrección fueran para dos hombres que Le habían hecho daño y que lo sentían. Jesús le sale al encuentro al corazón penitente hasta más allá de la mitad del camino.

Por último, este pasaje arroja mucha luz sobre el carácter del mismo Pablo. Para él era la cosa más preciosa el que Jesús se le hubiera aparecido a él. Eso había sido el gran cambio y el momento dinámico de su vida. Los versículos 9-11 nos dicen mucho acerca de él.

(i) Nos hablan de su humildad a ultranza. Se consideraba el menor de los apóstoles; había sido agraciado con una misión de la que no era digno. Pablo no habría pretendido nunca ser un hombre que se había hecho a sí mismo. Era por la gracia de Dios por lo que era lo que era. Tal vez estaba citando un dicterio que le habrían dirigido otros. Parece que era un hombre pequeño y poco agraciado (2 Corintios 10:10). Puede que los cristianos judíos que querían imponerles la ley a los convertidos del paganismo y que odiaban la doctrina de la gracia declararan que, lejos de ser un nacido de nuevo, Pablo era un aborto. Él, por su parte, era tan consciente de su propia indignidad que no creía que nadie pudiera decir nada de él que fuera exagerado. Charles Gore dijo una vez: «Al hacer una revisión general de nuestra vida, difícilmente podremos considerar que estamos sufriendo desgracias que no hayamos merecido.» Eso pensaba Pablo. No tenía nada de ese orgullo que se ofende ante las críticas o las burlas de los demás, y sí mucho de la humildad que las considera merecidas.

(ii) Nos muestran al mismo tiempo que era consciente de su propio valer. Se daba cuenta de que había trabajado más que todos los demás. La suya no era una falsa modestia. Pero, con todo y con eso, no hablaba de lo que él mismo había hecho, sino de lo que Dios le había capacitado para hacer.

(iii) Nos hablan de su sentido de equipo. No se consideraba un fenómeno aislado con un mensaje único. Tenía el mismo mensaje que los otros apóstoles. Tenía la grandeza que une más íntimamente a la comunión de la Iglesia. Hay algo que falla en la «grandeza» que aisla a una persona de las demás.

Si Cristo no hubiera resucitado

Si estamos proclamando constantemente que Cristo ha resucitado, ¿cómo es que algunos de vosotros dicen que la resurrección no existe? Si la resurrección no existiera, Cristo tampoco habría resucitado; y si Cristo no hubiera resucitado, la proclamación del Evangelio carecería de sentido, y vuestra fe también carecería de sentido. Si fuera así, resultaría que hemos dado un testimonio falso acerca de Dios, porque hemos testificado que Dios resucitó a Cristo, a Quien no habría resucitado si fuera verdad que los muertos no resucitan. Si los muertos no resucitan, Cristo tampoco ha resucitado; y si Cristo no ha resucitado, vuestra fe es inconsecuente: aún estáis sumidos en vuestros pecados; y si así son las cosas, los que han muerto confiando en Cristo se han perdido para siempre. Si el esperar en Cristo no sirve nada más que para esta vida, no hay gente más miserable que nosotros. Pablo ataca la posición central de sus oponentes de Corinto que decían tajantemente: «Los muertos no resucitan.» La respuesta de Pablo es: «Si adoptáis esa posición, eso quiere decir que Jesucristo no ha resucitado; y, en ese caso, se desintegra la totalidad de la fe cristiana.»

¿Por qué consideraba Pablo tan esencial la fe en la Resurrección de Jesús? ¿Qué grandes valores y verdades conserva? Es la demostración de cuatro hechos fundamentales que cambian radicalmente el concepto de la vida aquí y en el más allá.

(i) La Resurrección demuestra que la verdad es más fuerte que la falsedad. Según el Cuarto Evangelio, Jesús les dijo a Sus enemigos: «Ahora estáis buscando la manera de matarme por la sola razón de que os he dicho la verdad» (Juan 8:40). Jesús trajo la idea verdadera acerca de Dios y de la bondad; Sus enemigos procuraban Su muerte porque no querían que desaparecieran sus puntos de vista equivocados. Si hubieran conseguido deshacerse de Jesús, la falsedad habría resultado más fuerte que la verdad. En cierta ocasión, el conde de Morton, que era el regente de Escocia, mandó detener al reformista Andrew Melville. «No habrá ninguna tranquilidad en este país -le dijo- hasta que ahorquemos o desterremos a la mitad de vosotros.» «¡Venga, señor! ¡Amenazad así a vuestros cortesanos! A mí me da lo mismo pudrirme en el aire o en la tierra… Pero, ¡gloria a Dios, no está en vuestro poder el ahorcar o desterrar Su verdad!» La Resurrección es la prueba definitiva de que la verdad es indestructible.

(ii) La Resurrección demuestra que el bien es más fuerte que el mal. Para citar otra vez el Cuarto Evangelio, en él se representa a Jesús diciéndoles a Sus enemigos: «Vosotros sois de vuestro padre el diablo» (Juan 8:44). Las fuerzas del mal crucificaron a Jesús y, si no hubiera habido Resurrección, esas fuerzas habrían triunfado. J. A. Froude, el gran historiador, escribió: «Una lección, y sólo una, puede decirse que la Historia repite claramente: Que el mundo está fundado sobre una base moral, y que, a la larga, el bien prevalece y el mal desaparece.» Pero, si la Resurrección no hubiera tenido lugar, ese gran principio habría fallado, y ya no podríamos estar seguros de que el bien es más fuerte que el mal.

(iii) La Resurrección demuestra que el amor es más fuerte que el odio. Jesús era la encarnación del amor de Dios. Por otra parte, la actitud de los que procuraron Su crucifixión era la del odio más virulento, tan amargo que acabó por atribuirle el encanto y la gracia de Su vida al poder del diablo. Si no hubiera habido Resurrección, eso habría querido decir que el odio humano había acabado por derrotar al amor de Dios. La Resurrección es el triunfo del amor sobre todo lo que el odio pueda hacer. Este poema resume todo el tema: Oí hablar a dos soldados que bajaban la colina, la colina del Calvario, oscura, inhóspita y fría. Y uno dijo: «Ya es de noche, y no han muerto todavía.» Dijo el otro: «Me da miedo, no sé qué me atemoriza. »

Oí llorar a dos mujeres que bajaban la colina; una, una rosa tronchada; la otra, como una llamita. Dijo una: «Lamentaremos eternamente este día.» La otra: «¡Mi Hijo, mi Hijo!», entre lágrimas decía. Oí cantar a dos ángeles, no era el alba todavía, vestidos con ropas blancas, tan blancas que relucían. Cantaban con voces de oro: «¡Ya la muerte está vencida! ¡Cielos y Tierra, gozaos! ¡El Amor vence y conquista!»

El Cantar de los cantares había dicho del amor: «Fuerte como la muerte es el amor» (8:6). Pero la Resurrección de Jesús es la prueba definitiva de que el amor es más fuerte que la muerte y que el odio.

(iv) La Resurrección demuestra que la vida es más fuerte que la muerte. Si Jesús hubiera muerto y no hubiera resucitado, habría quedado claro que la muerte podía tomar la vida más admirable y perfecta que haya conocido el mundo jamás, y destrozarla cruelmente en una Cruz.

Un día durante la II Guerra Mundial, una cierta iglesia de la ciudad de Londres estaba toda decorada para la celebración del domingo de acción de gracias por la cosecha. En medio de todos los demás frutos había un haz de trigo. El culto no llegó a celebrarse, porque hubo un bombardeo brutal aquella noche que dejó la iglesita convertida en un montón de ruinas. Pasaron los meses; llegó la primavera, y algunos se dieron cuenta de que donde había estado la iglesia todo estaba verdecito. Meses más tarde se vio que eran espigas de trigo que habían crecido entre los escombros. Ni siquiera las bombas y la destrucción de la guerra habían podido matar la vida de aquellas espigas de trigo que habían traído para el culto de acción de gracias a Dios por la cosecha. La Resurrección es la prueba definitiva de que la vida es más fuerte que la muerte.

Pablo insistía en que, si la Resurrección de Jesús no fuera un hecho, el Evangelio estaría basado en una mentira, y los muchos miles que habían muerto creyéndolo se habrían perdido para siempre, porque no habría nada después de la muerte. Sin la realidad de la Resurrección, los valores más auténticos de la vida no tienen garantía de sobrevivir. «Suprimid la Resurrección -decía Pablo-, y habréis destruido la base y la realidad del Evangelio.»

Las primicias de los que durmieron

¡Pero es un hecho que Cristo ha resucitado, y es las primicias de los que duermen! Porque, como fue por un hombre como se introdujo la muerte, así también ha venido la Resurrección por un Hombre. Porque, de la misma manera que todos murieron en Adán, así también en Cristo todos volverán a la vida, cada uno en su propio turno: Cristo, las primicias; luego, los que pertenecen a Cristo, cuando El vuelva; y por último, la gran final, cuando Cristo Le entregue el Reino a Dios, Su Padre, después de haber reducido a la incapacidad toda otra forma de gobierno, de autoridad y de poder. Porque Él tiene que reinar hasta someter a todos Sus enemigos bajo Sus pies. La muerte será el último enemigo que será anulado. Porque Dios Le ha sujetado a Cristo todas las cosas. (Cuando decimos que todas las cosas se Le han sometido, no se incluye, naturalmente, a Dios, Que Se las ha sujetado). Pero, cuando todas las cosas Le estén sujetas, entonces el Hijo mismo Se sujetará al Que Le sujetó a Él todas las cosas, para que Dios sea el todo en todos.

Este también es un pasaje sumamente difícil, porque trata de ideas a las que no estamos acostumbrados. Habla de Cristo como «las primicias de los que duermen.» Pablo está pensando en términos de una figura que cualquier judío reconocería. La fiesta de la Pascua tenía más de un significado. Conmemoraba la liberación de los israelitas de la esclavitud de Egipto; pero era también una gran fiesta de la cosecha. Coincidía con la recolección de la cebada. La ley establecía: «Traeréis al sacerdote una gavilla por primicia de los primeros frutos de vuestra siega. Y el sacerdote mecerá la gavilla delante del Señor para que seáis aceptos; el día después del día de reposo la mecerá» (Levítico 23:10-11). Algunas gavillas de cebada se habrían segado ya en cualquier tierra comunal.

No se podían traer de ninguna parcela o huerto o terreno preparado especialmente, sino de prácticamente cualquier lugar normal del país. Cuando se segaba la cebada, se traía al templo. Allí separaban el grano de la paja con cañas suaves para no destrozarlo demasiado. Luego se tostaba el grano en una parrilla de forma que no lo tocara el fuego; después se aventaba, y luego se molía en un molinillo de cebada y se Le ofrecía la harina a Dios. Eso eran las primicias. Es significativo que antes de esa ceremonia no se podía comprar ni vender ni hacer pan de la nueva cosecha. Las primicias eran la señal de que había llegado el tiempo de la cosecha; y la Resurrección de Jesús fue la señal de la de los creyentes que había de venir. Como la nueva cebada no se podía usar hasta después de ofrecer las primicias en el templo, así la nueva cosecha de vida no podía empezar hasta que resucitara Jesús.

Pablo pasa a usar otra idea judía. Según la antigua historia de Génesis 3: 1-19, fue por medio del pecado de Adán como se introdujo la muerte en el mundo, como consecuencia directa y castigo. Los judíos creían que, literalmente, todo el género humano había pecado en Adán; vemos que su pecado podía transmitir a sus descendientes la tendencia al pecado. Como dijo Esquilo: «La acción impía deja tras sí una larga progenie, toda semejante a su originador.» Como escribió George Eliot: «Nuestras obras son como niños que nos nacen: viven y actúan independientemente de nosotros; además, se pueden matar los hijos, pero no las obras. Tienen una vida indestructible tanto dentro como fuera de nuestras conciencias.»

No es probable que niegue nadie que un hijo puede heredar la tendencia al pecado, y que de alguna manera « se visitan» los pecados de los padres en sus hijos. Nadie negaría que un hijo puede heredar las consecuencias del pecado de sus padres, porque sabemos muy bien que las condiciones físicas que son el resultado de una vida inmoral se pueden transmitir a la posteridad. Pero los judíos querían decir mucho más que eso. Tenían un sentimiento tremendo de solidaridad. Estaban seguros de que nadie podía hacer nada que le afectara sólo a él o a ella. Y mantenían que toda la humanidad pecó en Adán. Todos los seres humanos estaban, por así decirlo, en él; y cuando él pecó, todos pecaron.

Eso puede que nos suene extraño e injusto; pero los judíos lo creían. Todos habían pecado en Adán y por tanto tenían condena de muerte. Con la venida de Cristo, aquella cadena se rompió: Cristo estaba libre de pecado, y conquistó a la muerte. Así como todos pecaron en Adán, así también todos pueden escapar del pecado en Cristo; y así como todos los seres humanos mueren en Adán, así todos conquistan la muerte en Cristo. Nuestra unidad con Cristo es tan real como nuestra unidad con Adán, y destruye las malas consecuencias de esta. Así es que tenemos dos series de hechos opuestos. En la primera tenemos: Adán-pecado-muerte. En la segunda: Cristo-bondad-vida. Y así como todos nos vimos involucrados en el pecado del primer hombre, así también lo estamos en la victoria del que ha re-creado a la humanidad. Sea cual fuere nuestro parecer de esa manera de pensar hoy, era convincente para los que la escuchaban entonces; y un hecho está fuera de toda duda: que con Jesucristo ha venido al mundo un nuevo poder que libra del pecado y de la muerte.

Los versículos 24-28 resultan muy extraños. Solemos pensar en el Padre y el Hijo en términos de igualdad; pero aquí Pablo, clara y deliberadamente, subordina el Hijo al Padre. Su pensamiento es: sólo podemos usar términos y analogías humanas. Dios Le dio a Jesús una tarea: la de derrotar el pecado y la muerte y liberar a la humanidad. Llegará el día en que esa tarea quede concluida y cumplida; y entonces, para decirlo en términos pictóricos, el Hijo volverá al Padre como el general victorioso que vuelve a la Patria, y el triunfo de Dios será completo. No se trata de que el Hijo esté sujeto al Padre como un esclavo o un servidor a su amo; sino más bien, como Uno que ha cumplido la misión que se Le ha confiado, Que vuelve con la corona de una perfecta obediencia. Como Dios envió a Su hijo a redimir al mundo, al fin recibirá al mundo redimido; y entonces no quedará nada en la Tierra o en el Cielo fuera de Su amor y poder.

Si no hubiera resurrección

Si no hubiera resurrección, ¿qué harían los que se bautizan por los muertos? Si los muertos no resucitan, ¿por qué hay algunos que se bautizan por ellos? Todos los días me estoy jugando la vida, lo juro por la satisfacción que tengo por vosotros en Jesucristo nuestro Señor. ¿Qué saco de ello -mirándolo desde un punto de vista exclusivamente humano- si tuve que pelear con las fieras en el circo en Éfeso? Si los muertos no resucitan, «¡Comamos y bebamos, que mañana moriremos!» No os engañéis: las malas amistades destruyen los buenos caracteres. Aplicaos a una vida sobria como es vuestra obligación, y no sigáis pecando. Algunos de vosotros presumen de inteligentes, pero no tienen el menor conocimiento de Dios. Os lo digo para avergonzaros.

Una vez más, este pasaje empieza con una sección sumamente difícil. Muchos intérpretes no han sabido a qué atenerse con esto del bautizarse por los muertos, y todavía no se puede decir que se haya resuelto del todo el problema. La preposición por en la frase por los muertos es la palabra griega hyper. En general, esta palabra puede tener uno de dos significados principales.

Cuando se refiere a un lugar, puede querer decir sobre o por encima de. Más corrientemente se usa de personas o cosas, y quiere decir en vez de o en lugar de. Teniendo presentes estos dos sentidos, vamos a considerar algunas de las maneras en que se ha entendido esta frase.

(i) Empezando por el sentido de sobre o por encima de, algunos investigadores han sugerido que se refiere a los que se bautizan sobre las tumbas de los mártires. La idea es que sería algo especialmente conmovedor el hecho de bautizarse en un terreno santo, sintiéndose rodeados por la nube de testigos innumerables. Es una idea interesante y simpática; pero cuando Pablo estaba escribiendo a los corintios la persecución no se había desatado tan terriblemente como en un tiempo posterior. Puede que los cristianos sufrieran ostracismo o persecución social, pero aún no había llegado la era de los mártires.

(ii) De todas maneras es mucho más natural tomar hyper en el sentido de en vez de o en lugar de. Así se nos presentan tres posibilidades.

(a) Se sugiere que la frase se refiere a los que se bautizaban para llenar las plazas que habían dejado vacantes los muertos. La idea es que los nuevos creyentes, los jóvenes cristianos, se incorporaban a la iglesia como nuevos reclutas para ocupar el lugar de los veteranos que habían servido en campañas anteriores y ya se habían licenciado. Hay aquí una gran idea. La Iglesia necesita siempre repuestos, y los nuevos miembros son los voluntarios que completan las filas.

(b) Se ha sugerido que la frase puede querer decir los que se bautizan en señal de cariño y respeto por los muertos. También aquí hay una idea bonita. Muchos de nosotros ingresamos en la iglesia porque sabíamos y recordábamos que algún ser querido murió orando por nosotros y esperando nuestra conversión. Muchos han acabado por entregarle sus vidas al Señor en respuesta a la influencia invisible de alguien que ya ha pasado al otro lado.

(c) Todos estos son pensamientos simpáticos; pero, en conclusión, creemos que esta frase únicamente se puede referir a una costumbre que ha desaparecido de la práctica de la Iglesia completamente. En la Iglesia Primitiva existía lo que se llama el bautismo vicario. Si moría una persona que había tenido intención de bautizarse e ingresar en la iglesia, y hasta probablemente estaba ya siguiendo el curso de catecumenado, algunas veces otra persona se bautizaba en su nombre. La costumbre surgió de una idea supersticiosa del bautismo que suponía que, sin él, una persona quedaba irremisiblemente excluida de ir al Cielo, para prevenir lo cual otra persona se presentaba voluntaria para bautizarse, literalmente en el lugar del fallecido.

Aquí Pablo, ni se muestra de acuerdo ni en desacuerdo con aquella práctica. Simplemente pregunta si tiene algún sentido cuando no se tiene la esperanza de que los muertos resuciten.

De ahí pasa Pablo a considerar uno de los grandes motivos de la vida cristiana. En efecto, pregunta: « ¿Por qué había de aceptar una persona los peligros de la vida cristiana si todo acaba en nada?» Cita su propia experiencia. Diariamente estaba exponiendo su vida. Algo terrible que no se nos relata en el Nuevo Testamento le sucedió a Pablo en Éfeso. También hace otra alusión a ese mismo hecho en.2 Corintios 1:8-10: dice allí que en Asia, la provincia romana en la que estaba Éfeso, estuvo condenado a muerte y ya daba por perdida su vida. Hasta el día de hoy hay un edificio en Éfeso que se conoce como la prisión de Pablo. Aquí especifica su peligro como pelear con las fieras. La palabra que usa es la que designaba las luchas de los gladiadores en la arena del circo. Leyendas posteriores nos cuentan que condenaron a Pablo a luchar con las fieras, y fue preservado milagrosamente porque las fieras no le atacaron. Pero Pablo era ciudadano romano y, como tal, no se le podía condenar a ese suplicio. Es probable que usara esa expresión refiriéndose a las amenazas de hombres que buscaban su muerte como bestias salvajes. En cualquier caso, pregunta: « ¿Para qué sirven tantos peligros y sufrimientos si todo termina con la muerte?»

Los que piensan que esta es la única vida y que no hay otra, es normal que digan: «Come, bebe y pásatelo bien, porque todo acaba con la muerte.» La misma Biblia se refiere a los que hablan así. «Venid, dicen, tomemos vino, embriaguémonos de sidra; y será el día de mañana como este, o mucho más excelente » (Isaías 56:12). El Predicador, para quien la muerte era la extinción, escribió: «No hay nada mejor para el hombre sino que coma y beba, y que su alma se alegre en su trabajo»

(Eclesiastés 2:24; 3:12; 5:18; 8:1 S; 9: 7). Jesús mismo hizo la semblanza del rico insensato que no pensaba en la eternidad y tenía por lema «Come, bebe y pásatelo bien.» (Lucas 12:19). La literatura clásica está llena de este espíritu. Heródoto, el gran historiador, se refiere a una costumbre de los egipcios: «En las reuniones sociales de los ricos, cuando termina el banquete, pasa entre los invitados un esclavo con un ataúd en el que hay un muñeco que representa un cadáver, tallado y pintado de la forma más realista, de uno y dos codos de largo. Al enseñárselo a cada invitado por turno, el esclavo les dice: «Mira esto, y bebe y pásatelo bien; porque así quedarás cuando te mueras.» Eurípides escribe en Alcestes (781-789): Todos han de saldar su deuda con la muerte; de todos los mortales, ¿hay alguno que sepa si ha de vivir siquiera el día de mañana? Porque no dejan huella los pies de la Fortuna, ni los puede intuir el arte de los hombres. Oídme todos bien, y aprendedlo de mí: Pasadlo bien, bebed, día a día vivid, que todo lo demás cosa es de la Fortuna.

Tucídides (2:53) nos cuenta que, cuando la plaga mortal asedió Atenas, la gente cometía toda clase de crímenes vergonzosos y se aferraba ansiosamente a cualquier placer sensual; porque creían que la vida sería muy corta y no se les pediría cuenta.

Horacio (Odas 2:13; 13) resume su filosofía diciendo: «Diles que traigan vinos y perfumes y las efímeras flores del hermoso rosal mientras las circunstancias y la edad y los hilos negros de las tres hermanas (Parcas) todavía nos ofrecen oportunidad.» En uno de los poemas más famosos del mundo, el poeta latino Catulo escribió: «Vivamos, Lesbia mía, y amemos, y no demos una blanca por los cuentos de los viejos austeros.

Los soles se pondrán y volverán a salir; pero para nosotros, una vez que se ponga nuestra breve luz, ya no nos queda más que una perpetua noche que debemos dormir.»

Elimina el pensamiento de la vida por venir, y ésta pierde su valor. Suprime la idea de que esta vida es la preparación para otra más plena que la sigue, y los lazos del honor y de la moralidad se sueltan. Es inútil discutir que no debería ser así, y que las personas deberíamos ser buenas y honorables sin esperar ninguna recompensa. El hecho es que, para el que cree que este es el único mundo que hay, las cosas de este mundo son lo único que importa.

Así es que Pablo insiste en que los corintios no deben asociarse con los que dicen que no hay Resurrección; porque sería arriesgarse a contraer una infección que puede contaminar toda la vida. Decir que no existe la Resurrección no es señal de tener ideas elevadas, sino de no conocer a Dios en absoluto. Pablo aplica la palmeta para que la misma vergüenza haga volver a los extraviados al buen camino.

Lo físico y lo espiritual

Pero puede que alguien diga: «¿De qué manera resucitarán los muertos? ¿Con qué clase de cuerpo van a volver a la vida?»

¡Esa es una pregunta muy estúpida! Cuando siembras una semilla, no puede manifestarse la vida sin pasar por la muerte. No es el cuerpo que va a llegar a existir lo que se siembra, sino un granito que no está revestido de ninguna clase de cuerpo, sea de trigo o de cualquier otro cereal; y luego Dios le da el cuerpo que Le parece, a cada semilla el que le es propio. Las naturalezas no son todas iguales, sino que la naturaleza humana es de una manera, y la del ganado, de otra, y de otra la de las aves, y otra la de los peces. Pues lo mismo pasa con los ‹ cuerpos: hay cuerpos celestes y cuerpos como los que conocemos en la Tierra. El esplendor de los cuerpos celestes es una cosa distinta de la naturaleza de los terrenos. El Sol tiene un brillo, y la luna otro, y las estrellas otro. Menciono las estrellas en plural porque cada una de ellas difiere de las otras en esplendor.

Pues la misma diferencia habrá entre este cuerpo y el que tendremos en la Resurrección de los muertos. Nuestro cuerpo presente es como una semilla: se siembra algo corruptible, pero resucitará incorruptible; se siembra algo vergonzoso, y resucitará glorioso; se siembra algo débil, y resucitará algo poderoso; se siembra un cuerpo físico, y resucitará un cuerpo espiritual. Porque, si existen los cuerpos físicos, también existen los cuerpos espirituales. Por eso dice la Escritura: « El primer hombre, Adán, llegó a ser una persona viva. » ¡Y el último Adán, un Espíritu que da la vida!

No es lo espiritual lo que viene primero, sino lo físico; y luego, lo espiritual. El primer hombre era de la Tierra, terrenal; el segundo Hombre es del Cielo, celestial. Los que están hechos de tierra son terrenales; pero los celestiales son como el Celestial. Como llevamos la imagen del terrenal, también llevaremos la imagen del Celestial. Antes de empezar a intentar interpretar esta sección, haremos bien en tener presente una cosa: aquí Pablo está tratando de cosas que no conocemos experimentalmente. No está hablando de cosas que se pueden verificar, sino de cuestiones de fe. Al tratar de expresar lo inexpresable, y de describir lo indescriptible, lo hace lo mejor posible con las ideas y las palabras humanas, que son las únicas de que disponemos. Si tenemos eso presente, nos librará de una interpretación literalista cruda, y nos hará afianzar el pensamiento en los principios que subyacen en la mente de Pablo.

En esta sección, Pablo está contestando a los que dicen: «Concedamos que haya una resurrección del cuerpo; pero, ¿con qué clase de cuerpo volverá la gente a la vida?» Y la respuesta de Pablo contiene tres principios básicos.

(i) Aplica la analogía de la semilla: esta se pone en la tierra, y muere; pero, a su debido tiempo, surge otra vez; y lo hace con un cuerpo muy diferente del que tenía cuando se sembró. Pablo muestra que, al mismo tiempo, puede haber disolución, diferencia y también continuidad. La semilla se desintegra; y luego surge otra vez, y hay una diferencia abismal en su cuerpo; pero, a pesar de la desintegración y la diferencia, es la misma semilla. Así, nuestros cuerpos mortales se disolverán; resucitaremos con una forma distinta, pero será la misma persona la que resucite. Desintegrados por la muerte, transformados por la Resurrección, pero seremos los mismos.

(ii) En el mundo, hasta tal cual lo conocemos, no hay una sola clase de cuerpos; cada parte separable de la creación tiene el suyo. Dios le da a cada cosa creada un cuerpo idóneo para su función en la creación. En ese caso, es de lo más razonable el esperar que nos dé un cuerpo adaptado a la vida resucitada.

(iii) En la vida hay desarrollo. Adán, el primer hombre, fue formado del polvo de la tierra (Génesis 2:7). Pero Jesús es mucho más que un hombre formado del polvo de la tierra: es la encarnación del mismo Espíritu de Dios. Ahora bien: bajo la vieja forma de vida, somos una cosa con Adán, compartiendo su pecado, heredando su muerte y teniendo su cuerpo; pero bajo la nueva manera de vivir, somos una cosa con Cristo y, por tanto, participamos de Su vida y de Su ser. Es verdad que tenemos un cuerpo físico para empezar; pero también lo es que un día tendremos un cuerpo espiritual.

A lo largo de toda esta sección, Pablo ha mantenido una sabia y reverente reticencia en cuanto a cómo será el tal cuerpo.

Será espiritual: tal como Dios sabe que necesitaremos, y seremos semejantes a Cristo. Pero en los versículos 42-44 traza cuatro contrastes que arrojan luz sobre nuestro futuro.

(i) El cuerpo presente es corruptible, y el futuro será incorruptible. En este mundo, todo está sujeto a cambio y descomposición. «La belleza de la juventud se aja, y la gloria de la virilidad se desvanece,» como decía Sófocles. Pero en la vida venidera habrá una estabilidad en la que la belleza no perderá nunca su encanto.

(ii) El cuerpo presente es deshonroso; el futuro será glorioso. Puede que Pablo quiera decir que en esta vida viene el deshonor por medio de los sentidos y las pasiones corporales; pero en la vida por venir, nuestros cuerpos ya no serán esclavos de pasiones e impulsos bajos, sino instrumentos para el servicio puro de Dios, mayor que el cual no existe honor.

(iii) El cuerpo presente muestra debilidad; el futuro revelará poder. Ahora está de moda hablar del poder de la persona; pero lo que aparece más a la vista es su debilidad: una leve brisa o una gota de agua la pueden matar. Nos vemos reducidos en esta vida muchas veces por las necesarias limitaciones del cuerpo. Una y otra vez, nuestra constitución física les dice a nuestros planes y visiones: «Hasta aquí, y no más.» A menudo nos sentimos frustrados por ser como somos. Pero en la vida venidera, esas limitaciones habrán desaparecido. Aquí estamos rodeados de debilidad; allí estaremos revestidos de poder.

Todo el bien que hemos esperado, deseado o soñado existirá; lo elevado que resultó excesivo, lo heroico que se pasó de duro.

En la tierra tenemos «los arcos rotos;» en la vida por venir estará « el círculo completo.»

(iv) El cuerpo presente es un cuerpo material; el futuro será un cuerpo espiritual. Puede que Pablo quisiera decir que aquí no somos más que vasijas e instrumentos imperfectos para el Espíritu; pero en la vida venidera seremos tales que el Espíritu pueda llenarnos perfectamente, como no puede ahora, y el Espíritu nos pueda usar de veras como no Le es posible ahora. Entonces podremos ofrecer a Dios el verdadero culto, el servicio obediente y el perfecto amor que ahora son sólo anhelo y sueño.

La conquista de la muerte

Esto sí quiero deciros, hermanos: que la carne y la sangre no pueden heredar el Reino de Dios, ni puede la corrupción heredar la incorrupción. Fijaos bien en esto, porque os estoy hablando de cosas que sólo pueden entender los iniciados. No todos moriremos; pero todos experimentaremos una transformación en un instante, en un abrir y cerrar de ojo, cuando suene la trompeta final. Al toque de trompeta resucitarán incorruptibles los muertos, y nosotros seremos transformados. Porque esto corruptible debe asumir la incorrupción, y esto mortal debe revestirse de inmortalidad; y entonces será cuando suceda lo que está escrito: «La muerte ha sido absorbida por la victoria.» ¡Oh muerte! ¿Dónde está tu victoria? ¡Oh muerte! ¿Qué ha sido de tu aguijón? El aguijón de la muerte es el pecado, y la potencia del pecado depende de la ley. ¡Gracias a Dios, Que nos concede la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo! Así que, queridos hermanos, mostraos firmes, inalterables, superándoos siempre en la obra del Señor, sabiendo que vuestro trabajo no es nunca inútil en el Señor.

Una vez más debemos recordar que Pablo está tratando de cosas que superan el lenguaje y trascienden la expresión. Debemos leer esto como leeríamos la mejor poesía, y no como si estuviéramos analizando un tratado científico. El argumento sigue una serie de pasos hasta llegar a su clímax.

(i) Pablo insiste en que, tal como somos, no tenemos posibilidad de heredar el Reino de Dios. Puede que estemos bien dotados para enfrentarnos con la vida de este mundo, pero no lo estamos para la vida del mundo venidero. Puede que uno sea capaz de correr lo suficiente para coger el autobús; pero tendría que ser otra persona para participar en la olimpíada. Puede que uno escriba suficientemente bien para divertir a sus amigos; pero tendría que ser otro para merecer el premio Cervantes. Una persona puede que hable bastante bien en su club; pero no podría ni empezar a hablar entre expertos en la materia. Una persona tiene que cambiar para entrar en otro nivel de vida; y Pablo insiste en que tenemos que experimentar una transformación radical para entrar en el Reino de Dios.

(ii) Además supone que ese cambio radical va a tener lugar durante su vida presente. En este punto, si lo entendemos correctamente, Pablo estaba en un error; pero no en que ese cambio tendría lugar cuando volviera Jesucristo.

(iii) De ahí pasa Pablo a proclamar triunfalmente que no hay por qué tener miedo a ese cambio. El temor de la muerte siempre ha atormentado a la gente. Asediaba al doctor Johnson, que era uno de los hombres más grandes y buenos que haya habido jamás. Una vez le dijo Boswell que había habido un tiempo en que él no temía a la muerte. Johnson le contestó « que nunca había tenido ni un solo momento en el que la muerte no le resultara algo terrible.» Una vez, la señora Knowles le dijo que no debería darle horror lo que es la puerta de la vida. Johnson le contestó: «Ningún ser humano racional puede enfrentarse con la muerte sin serias aprensiones.» Declaraba que el miedo a la muerte era tan natural a una persona, que se pasaba toda la vida intentando no pensarlo.

¿De dónde sale el temor a la muerte? En parte, del miedo a lo desconocido. Pero aún más, del sentimiento de pecado. Si creyéramos que nos podíamos encontrar con Dios sin problemas, morir nos parecería, como a Peter Pan, una gran aventura.

Pero, ¿de dónde procede el sentimiento de pecado? Viene del reconocimiento de estar bajo una ley. Mientras no veamos a Dios nada más que en términos de ley de justicia, siempre nos veremos a nosotros mismos como criminales ante el tribunal, sin la menor esperanza de ser declarados inocentes. Pero eso es lo que Jesús vino a abolir. Vino a decirnos que Dios no es ley, sino amor; que no actúa por legalismo, sino por gracia; que vamos al encuentro, no de un juez, sino de un Padre que está esperando que Sus hijos vuelvan a casa. Para eso nos dio Jesús la victoria sobre la muerte, desterrando su temor con la maravilla del amor de Dios.

(iv) Por último, al final del capítulo, Pablo hace algo a lo que nos tiene acostumbrados. De pronto, la teología se convierte en desafío; de pronto, las especulaciones adquieren un carácter intensamente práctico; de pronto, el vuelo del pensamiento pasa a ser una demanda de acción. Termina diciendo: «Si tenéis esa gloriosa perspectiva a la vista, manteneos firmes en la fe y el servicio de Dios; porque, haciéndolo así, todos vuestros esfuerzos no resultarán baldíos.» La vida cristiana no es fácil, pero la meta hace que valga la pena la lucha para llegar. «Para mí está fuera de toda duda que lo que se sufre en este mundo no tiene comparación con la gloria venidera que se ha de manifestar en nosotros» (Romanos 8:18).

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