1 Corintios 14 El falso culto y el verdadero

1 Corintios 14: El falso culto y el verdadero

Haced de este amor el objetivo de vuestra vida. Anhelad los dones espirituales, especialmente el de comunicar a otros la verdad. Porque, el que habla en una lengua, no está hablando a los hombres, sino a Dios; porque nadie más le puede entender, aunque por el Espíritu hable cosas que sólo los iniciados puedan comprender. Sin embargo, el que proclama la verdad a sus semejantes dice cosas que los edifican, los animan y los confortan. El que habla en una lengua edifica su propia vida espiritual; pero el que proclama la verdad edifica la vida espiritual de la iglesia.

Me gustaría que todos hablarais en lenguas, pero todavía más el que pudierais proclamar la verdad. El que proclama la verdad es más que el que habla en lenguas, a menos que se interpreten las lenguas para que la iglesia pueda recibir edificación espiritual.

Porque fijaos, hermanos: si llego a vosotros hablando en lenguas, ¿qué bien os haría? Ninguno, a menos que os comunique algún mensaje especial que haya recibido directamente de Dios, o algún conocimiento espiritual, o proclamándoos la verdad, o enseñándoos algo.

Hay instrumentos que, aunque no tienen vida, sí tienen voz, como la flauta o el arpa. Pero, si no guardan los debidos intervalos entre las notas, ¿cómo se va a reconocer la melodía que se toca con la flauta o con el arpa? Si la trompeta hiciera un ruido sin sentido, ¿quién se iba a preparar para la batalla? Así que también vosotros, si dais en una lengua un discurso cuyo significado no puede captar nadie, ¿cómo se podrá entender lo que se dice? ¡Es como si estuvierais hablando al aire!

Hay tantos idiomas en el mundo que son realmente innumerables, y nada carece de un idioma que le es propio. Pero, si no entiendo lo que uno está tratando de decirme en su idioma, soy como un extranjero para el que habla por lo que a mí respecta.

Así que, si tenéis interés en los dones espirituales, concentraos en cultivar aquellos que son útiles para la edificación de la iglesia.

Por tanto, el que hable en una lengua, que pida a Dios que le conceda el poder interpretar lo que dice; porque, si oro en una lengua, mi espíritu ora, pero mi mente no saca ni el más mínimo provecho.

Entonces, ¿qué conclusión se saca de todo esto? Oraré con el espíritu, pero también con la inteligencia; cantaré con el espíritu, pero también con la inteligencia. Porque, si estás alabando a Dios sólo en el espíritu, ¿cómo va a decir el «amén» de costumbre a tu acción de gracias el que ocupa el lugar de un mero miembro de la iglesia, si no se ha enterado de nada de lo que has dicho? Está bien que alabes a Dios; pero los demás no reciben ninguna edificación.

Gracias a Dios puedo hablar en lenguas más que ninguno de vosotros; pero en las reuniones de la iglesia prefiero decir cinco palabras inteligibles, para así enseñar a otros también, más bien que diez mil palabras en una lengua que nadie entiende.

Esta capítulo es muy difícil de entender porque trata de una experiencia que está fuera de la experiencia de muchos de nosotros. Pablo compara dos series de dones espirituales.

En primer lugar, el hablar en lenguas. Este fenómeno era muy corriente en la Iglesia Primitiva. Una persona entraba en éxtasis, y en ese estado fluía de su boca un torrente de sonidos que no correspondían a ninguna lengua conocida. A menos que se interpretaran, nadie tenía idea de lo que pudieran significar. Aunque nos parezca extraño a muchos de nosotros, en la Iglesia Primitiva era un don muy apreciado. Pero tenía sus peligros. Por una parte, era algo anormal y se admiraba mucho, lo que hacía que la persona que lo poseía corriera el riesgo de caer en un cierto orgullo espiritual; y por otra parte, el mismo deseo de poseerlo producía, por lo menos en algunos, una especie de autohipnotismo que inducía a un hablar en lenguas totalmente falso.

Paralelamente al don de lenguas, Pablo sitúa el don de profecía. En la traducción no hemos usado la palabra profecía, porque podría haber complicado aún más una situación ya bastante complicada de por sí. En este caso, y corrientemente de hecho, no tiene nada que ver con el sentido que se le da vulgarmente a esta palabra, que es el de predecir el futuro, sino con el de proclamar la voluntad y el mensaje de Dios. Ya hemos dicho que la predicación reflejaría el sentido original bastante bien, aunque también aquí tendríamos que tener cuidado con las acepciones vulgares. Aquí hemos conservado y traducido la idea original de proclamar un mensaje.

En toda esta sección, Pablo trata de los peligros y las deficiencias del don de hablar en lenguas impropiamente usado, y de la superioridad del don de proclamar la verdad de manera que todos la puedan comprender.

Podemos seguir mejor la línea de pensamiento de Pablo analizando el pasaje por partes.

Empieza por afirmar que las lenguas se dirigen a Dios y no a las personas, que no las pueden entender. El que practica este don de lenguas puede que esté enriqueciendo su propia experiencia espiritual, pero no reporta ningún beneficio a las almas de los demás miembros, porque a estos les resulta ininteligible; y, por otra parte, el don de proclamar la verdad produce algo que todos pueden entender, y que es de provecho para todas las almas.

Pablo pasa a usar ciertas ilustraciones y analogías. Supongamos que les va a ministrar; pero, si no hace más que hablarles en lenguas, ¿para qué sirve eso? No tendrían ni idea de lo que les estaba diciendo. Tomemos el caso de un instrumento músico. Si se obedecen las leyes normales de la armonía, puede producir una melodía; pero si no, no produce más que un caos de sonidos. Tomemos el ejemplo de la trompeta. Si hace la llamada correcta, puede mandar a la tropa avanzar, retirarse, acostarse o levantarse, etcétera, etcétera. Pero, si no hace más que producir una mezcla de sonidos sin sentido, la tropa no sabrá qué hacer. En este mundo hay muchas clases de idiomas; pero, si dos personas se encuentran, y ninguna entiende el idioma de la otra, le suena a chino lo que le dice, y no le encuentra ningún sentido.

Pablo no niega la existencia del don de lenguas. Ni se puede decir que fuera para él una cuestión de que «las uvas no estaban maduras», porque tenía el don más que ninguno de los corintios; pero insiste en que cualquier don tiene valor en la medida en que beneficia a toda la congregación; y, por tanto, si se usa en público el don de lenguas, es inútil a menos que se interprete. Ya sea que una persona esté hablando, u orando, o cantando, debe hacerlo no sólo con su espíritu sino también con la inteligencia.

Debe saber de qué se trata, y los demás deben poder entender. Así es que Pablo llega a la terminante conclusión de que en una congregación cristiana es mejor decir unas pocas palabras inteligibles que lanzar una tromba de sonidos ininteligibles. De este difícil pasaje surgen ciertas verdades de valor universal.

El versículo 3 concreta la finalidad de la predicación. Es triple.

(i) Debe encaminarse a la edificación; es decir, a incrementar el conocimiento del Evangelio, y la capacidad de vivir la vida cristiana.

(ii) Debe animar. En todas las compañías hay deprimidos y desanimados. Los sueños no se hacen realidad; los esfuerzos resultan improductivos; el examen de conciencia no revela más que fracasos e incapacidades. En la comunión cristiana, uno tiene que encontrar algo que le anime el corazón y fortalezca el brazo. Se decía de cierto predicador, que predicaba el Evangelio como si anunciara una gran depresión en la Antártida. Un culto puede empezar humillándonos con el recuerdo de nuestro pecado; pero será un fracaso si se acaba sin mostrar los recursos de la gracia de Dios que nos capacita para conquistarlo.

(iii) Debe tender a confortar. « Nunca se pone el sol sin que algún corazón se quebrante.» Están lo que llamaba Virgilio «las lágrimas de las cosas.» En cualquier compañía de personas habrá siempre algunas a las que la vida ha dañado; y en la comunión cristiana deben de poder encontrar «gloria en lugar de ceniza, óleo de gozo en lugar de luto, manto de alegría en lugar del espíritu angustiado» (Isaías 61:3).

El versículo 5 nos dice las cosas que Pablo consideraba la base y la sustancia de la predicación.

(i) Procede de una revelación directa de Dios. No se puede hablar de parte de Dios a menos que se haya escuchado a Dios. Se dice de un gran predicador, que, una y otra vez, se detenía como para escuchar una voz. Nunca damos a las personas o a los estudiantes verdades que hemos producido o, ni siquiera, descubierto; transmitimos verdades que se nos han confiado.

(ii) Puede que aporte algún conocimiento especial. Nadie puede ser un experto en todas las materias; pero cada uno tiene un conocimiento personal de algo. Se ha dicho que todo el mundo puede escribir un libro interesante si expone sencilla y sinceramente todo lo que le ha sucedido. Las experiencias de la vida nos dan a cada uno de nosotros algo especial, y la predicación más efectiva consiste en dar testimonio de lo que hemos descubierto que es verdad.

(iii) Consiste en proclamar la verdad. En la Iglesia Primitiva, la primera predicación que se hacía en una comunidad era la directa proclamación de los hechos del Evangelio. Hay cosas que no se pueden discutir. «Háblame de tus certezas -decía Goethe-, que para dudas ya tengo yo bastantes.»

Comoquiera que terminemos, es bueno empezar con los hechos de Cristo.

(iv) Pasa a la enseñanza. Se llega a un momento en que uno tiene que preguntar: «¿Qué quiere decir todo eso?» Sencillamente porque somos criaturas pensantes, la religión implica teología. Y puede que la fe de muchas personas se derrumbe, y la lealtad de muchas personas se enfríe, porque no se han pensado las cosas hasta sus últimas consecuencias.

De todo este pasaje surgen dos principios generales en relación con el culto cristiano.

(i) El culto no debe ser nunca egoísta. Todo lo que se hace en él debe hacerse para el bien de todos. Ninguna persona, ya sea que lo esté dirigiendo o que esté participando en él, tiene ningún derecho a seguir sus propias preferencias personales. Debe buscar el bien de toda la congregación. La prueba definitiva de cualquier parte del culto es: «¿Puede esto serle de ayuda a alguien?» Y no: « ¿Servirá esto para desplegar mis dones particulares?» Es: «¿Acercará esto más a cada uno de todos los que están aquí a los demás y a Dios?»

(ii) El culto debe ser inteligible. Las cosas más importantes son las más sencillas; el lenguaje más noble es esencialmente el más sencillo. A fin de cuentas, sólo lo que satisface mi inteligencia puede confortarme el corazón, y sólo lo que puede captar mi inteligencia puede aportarle fuerza a mi vida.

Los efectos del culto falso y del verdadero

Hermanos, no os quedéis en una etapa infantil de vuestro desarrollo. Es verdad que debéis ser como niños inocentes en lo que se refiere al mal, pero en el juicio debéis ser mayores de edad. Está escrito en la Ley: «Por medio de gente de lengua extranjera y con un idioma de forasteros hablaré a este pueblo, y ni aun así me escucharán, dice el Señor.» Así que ya veis que las lenguas están diseñadas como señal para descubrir, no a los creyentes, sino a los incrédulos.

Ahora bien: figuraos que toda la congregación cristiana se reúne, y que todos se ponen a hablar en lenguas; y suponed que entran algunas personas sencillas o paganas: ¿no dirán que estáis locos de remate? Pero figuraos que todos estáis proclamando la verdad, y que entra algún pagano o alguna persona sencilla: todos le harán reconocer su pecado, y todos le harán sentir el juicio de Dios; los secretos de su corazón saldrán a la luz, así que, cayendo rostro a tierra adorará a Dios, y dirá a todo el mundo que no cabe duda de que Dios está entre vosotros.

Pablo sigue tratando de la cuestión del hablar en lenguas. Empieza con un toque de atención a los corintios para que no se queden en la infancia. La pasión y el excesivo aprecio del don de lenguas eran una especie de ostentación infantil.

Pablo entonces trae a colación una referencia del Antiguo Testamento. Ya hemos visto cómo la exégesis rabínica -y Pablo había recibido la educación de un rabino- podía encontrar en el Antiguo Testamento sentidos ocultos que no estaban implicados en el original. Se refiere a lsaías 28:9-12. Dios, por medio de Su profeta, está haciéndole una advertencia al pueblo. Isaías les ha predicado en su propia lengua hebrea, y no han prestado atención. Por culpa de su desobediencia, vendrán los asirios y los conquistarán y ocuparán sus ciudades; y entonces tendrán que escuchar una lengua que no podrán entender. Tendrán que escuchar las lenguas extranjeras de sus conquistadores, que hablarán de cosas ininteligibles; y ni siquiera esa terrible experiencia hará que el pueblo incrédulo se vuelva a Dios. Así es que Pablo saca en conclusión que las lenguas estaban diseñadas como señal para un pueblo duro de corazón e incrédulo; pero serían, por último, ineficaces.

De ahí pasa a un razonamiento muy práctico. Si un forastero o una persona sencilla entrara en un culto en el que todos estaban lanzando un raudal de sonidos ininteligibles, pensaría que aquello era un manicomio. Pero, si la verdad de Dios se estuviera proclamando sobria e inteligentemente, el resultado sería muy diferente: se sentiría confrontado con su propio pecado y el juicio de Dios.

Los versículos 24 y 25 dan un resumen gráfico de lo que sucede cuando se proclama inteligentemente la verdad de Dios.

(i) Declara a las personas culpables de pecado. Ven lo que son, y quedan horrorizadas. Alcibíades, el niño bonito de Atenas, era amigo de Sócrates, y a veces le decía: « Sócrates, te odia porque siempre que me encuentro contigo me haces verme tal como soy.» «Venid -dijo a sus paisanos la Samaritana- a ver a un Hombre que me ha dicho todo lo que había en mi vida» (Juan 4:29). Lo primero que hace el Mensaje de Dios por una persona es hacer que se dé cuenta de que es pecadora.

(ii) Trae a la persona a juicio. Se da cuenta de que ha de responder de cómo ha vivido. Puede que hasta entonces haya vivido sin pensar en las consecuencias. Puede que haya seguido los impulsos de cada día, disfrutando del placer. Pero ahora se da cuenta de que hay un final para todo, y allí está Dios.

(iii) Le muestra a cada persona los secretos de su corazón. Lo último que queremos arrostrar es nuestro propio corazón. Como dice el proverbio: « No hay peor ciego que el que no quiere ver.» El Evangelio le obliga a uno a asumir la vergonzosa y humillante experiencia de darse la cara a sí mismo.

(iv) Hace caer de rodillas ante Dios. La Salvación empieza cuando una persona cae de rodillas en la presencia de Dios. La entrada a esa presencia es tan baja que no podemos entrar más que de rodillas. Cuando una persona se ha encarado consigo misma y con Dios, lo único que puede hacer es caer de rodillas y orar: «Dios, sé propicio a este pecador que soy yo.» La prueba de cualquier acto de culto es : « ¿Hace que nos sintamos en la presencia de Dios?» Joseph Twitchell cuenta que fue a ver a Horace Bushnell cuando este era ya un anciano. Por la noche, Bushnell se le llevó a dar un paseo por la colina.

Cuando iban paseando en la oscuridad, Bushnell dijo de pronto: «Arrodillémonos para orar.» Y así lo hicieron. Twitchell, contándolo después, decía: « A mí me daba miedo extender el brazo en la oscuridad en caso de que tocara a Dios.» Cuando nos sentimos tan cerca de Dios como para eso, hemos participado real y verdaderamente en un acto de culto.

Consejos prácticos

¿Qué es lo que se deduce de todo esto, hermanos? Pues que siempre que os reunáis, que cada uno contribuya, o un salmo, o una enseñanza, o un mensaje directo de Dios, o una lengua, o una interpretación; pero que todo se haga para la edificación espiritual de la congregación. Si hablan en lenguas uno, o dos, o tres a lo más, que lo hagan por turno y con uno que interprete. Si no hay en la reunión nadie que pueda interpretar, que el que tenga el mensaje en lenguas guarde silencio en la congregación, y que hable con Dios cuando esté solo. Que dos o tres proclamadores de la verdad tomen parte, dejando cada uno que los otros ejerzan el don del discernimiento. Si uno que está sentado cree haber recibido un mensaje especial, que el que esté hablando le ceda el uso de la palabra, para que podáis proclamar la verdad cada uno cuando le corresponda, y todos puedan aprender y recibir estímulo; porque los espíritus de los que proclaman la verdad están bajo el control de los que tienen este don. Dios no es un Dios de desorden, sino de paz, como vemos en todas las congregaciones de los que Le están consagrados.

Pablo se aproxima al final de esta sección con algunos consejos muy prácticos. Está decidido a que a todos los que tengan algún don se les conceda la oportunidad de ejercerlo; pero está igualmente decidido a que los cultos no se conviertan en una competición desordenada. Sólo dos o tres deben practicar el don de lenguas, y aun eso sólo cuando esté disponible algún intérprete. Entre los que tengan el don de proclamar la verdad, de nuevo dos o tres serán los únicos que puedan hacerlo en cada ocasión; y si hay alguien en la congregación que tiene la convicción de haber recibido un mensaje especial, que el que esté hablando le ceda la palabra. Podrá hacerlo perfectamente, y no tendrá por qué decir que está bajo la inspiración y no puede detenerse; porque un predicador siempre debe ser capaz de controlar su espíritu. Debe haber libertad, pero no debe haber desorden. Hay que dar culto en paz al Dios de la paz.

Esta es la sección más interesante de toda la carta, porque arroja un raudal de luz que nos permite saber cómo eran los cultos de la Iglesia Primitiva. Está claro que había una gran libertad y no poca improvisación. De este pasaje surgen dos cuestiones importantes.

(i) Está claro que en la Iglesia Primitiva no había un ministerio profesional. Es verdad que los apóstoles descollaban con una autoridad especial; pero hasta entonces no había un ministerio profesional local. Se recibía a todos los que tuvieran un don que fuera de utilidad a la congregación. ¿Ha acertado la iglesia o no en eso de establecer un ministerio profesional? Está claro que es esencial en nuestra época, tan ajetreada, en la que la gente se preocupa tanto de las cosas materiales, el que se aparte a alguien para que viva cerca de Dios y les traiga a sus compañeros la verdad, y la dirección, y el consuelo que Dios le dé. Pero existe el peligro obvio de que, cuando una persona llega a ser un predicador profesional, se encuentre a veces en la situación de tener que decir algo cuando realmente no tiene nada que decir. Sea como sea, debería seguir siendo verdad que si una persona tiene un mensaje para sus semejantes, ni reglas ni normas eclesiásticas le impidan darlo. Es un error pensar que el ministerio profesional es el único que puede transmitir la verdad de Dios.

(ii) Es indiscutible que había una cierta flexibilidad en la liturgia de la Iglesia Primitiva. Todo era lo suficientemente libre como para permitir a cualquier persona que creía que tenía un mensaje el que lo pudiera transmitir. Puede que exageremos ahora la dignidad y la solemnidad, y que nos esclavicemos a un cierto orden de culto. Lo realmente característico del culto de la Iglesia Primitiva debe de haber sido que casi cualquier persona consideraba que tenía el privilegio y la obligación de contribuir con algo en él. Nadie iba con la única intención de escuchar pasivamente; sino más bien con la de recibir y aportar.

Está claro que eso tenía sus peligros; porque nos da la impresión de que en Corinto había personas a las que les gustaba demasiado hacerse oír; pero, con todo y con eso, la iglesia era entonces asunto de los cristianos de a pie más que ahora. Puede que la iglesia perdiera algo cuando delegó tanto en el ministerio profesional que no le quedó casi nada para el que no era más que miembro de la iglesia. Y puede que no fuera tanto la culpa del ministerio el que acabara anexionándose tantos derechos, sino del laicado por abandonarlos. Porque no se puede negar que muchos miembros de la iglesia piensan más en lo que ésta puede hacer por ellos que en lo que ellos puedan hacer por ella, y están más dispuestos a criticar lo que se hace que a asumir ninguna responsabilidad del trabajo de la iglesia por sí mismos.

Innovaciones desaconsejables

Que las mujeres guarden silencio en la congregación; porque no les está permitido hablar, sino tienen que estar sometidas como dice también la ley. Si quieren aprender algo, que les pregunten a sus maridos en casa. Es vergonzoso que una mujer hable en la congregación. ¿Es que habéis sido vosotros los originadores de la Palabra de Dios? ¿O habéis sido sus únicos destinatarios?

Si alguno se cree proclamador de la verdad, o poseedor de algún don especial, que reconozca lo que os escribo, porque es un mandamiento del Señor. Y el que no quiera entenderlo, allá él.
Así que, hermanos, mostrad interés en poseer el don de proclamar la verdad, y no prohibáis el hablar en lenguas. Pero que todo se haga como es debido y en orden.

Había algunas innovaciones que amenazaban con introducirse en la iglesia corintia que no le gustaban a Pablo. Llega a preguntarles qué derecho se creían que tenían para aceptarlas. ¿Habían sido ellos los iniciadores de la Iglesia Cristiana? ¿Tenían el monopolio de la verdad evangélica? Sencillamente, habían recibido una tradición, y tenían que seguirla.

Ninguna persona ha conseguido nunca remontarse totalmente por encima de la época en que ha vivido y la sociedad en la que se ha educado; y Pablo, en su concepción del lugar de la mujer en la iglesia, era incapaz de desembarazarse de las ideas que había conocido toda la vida.

Ya hemos dicho que la mujer ocupaba un estrato inferior en el mundo antiguo. En el mundo griego, Sófocles había dicho: «El silencio confiere gracia a las mujeres.» Las mujeres, a menos que fueran muy pobres o de una moralidad dudosa, llevaban una vida muy retirada en Grecia. Los judíos aún tenían una idea más baja de las mujeres. Entre los dichos rabínicos se encuentran muchos que minimizan su lugar en la sociedad. «En cuanto a enseñarle la ley a una mujer, es lo mismo que enseñarle la impiedad.» El enseñar la ley a una mujer era «echarles perlas a los cerdos.» El Talmud lista entre las plagas del mundo « la viuda charlatana y preguntona, y la doncella que se pasa el tiempo rezando.» Estaba prohibido hasta el hablar con una mujer en la calle. «Uno no debe pedirle un favor a una mujer, ni saludarla.»

Fue en una sociedad así donde Pablo escribió este pasaje. Lo más probable es que lo que tenía más presente en la mente era el estado moral sumamente laxo de Corinto, y el sentimiento de que no se debía hacer absolutamente nada que pudiera acarrearle a la joven iglesia la más mínima sospecha de inmoralidad. No cabe duda que sería un error injustificable el sacar estas palabras de su contexto e imponerlas como una regla universal para la iglesia.

Pablo continúa hablando con cierta gravedad. Está completamente seguro de que, aunque uno tenga dones espirituales, eso no le da derecho a rebelarse contra la autoridad. Se da cuenta de que el consejo que ha dado y las reglas que ha establecido le han llegado de Jesucristo y Su Espíritu; y, si alguien se negara a reconocerlo, lo haría a su propio riesgo; y lo mejor que se podría hacer sería dejarle en su voluntaria ignorancia.

Así llega Pablo a la conclusión. Deja bien claro que no tiene ningún interés en anular el don de nadie; lo único que le mueve de veras es el deseo del buen orden de la iglesia. La gran regla que establece en efecto es que uno ha recibido de Dios cualesquiera dones que posea, no para su propio provecho exclusivamente, sino para el de toda la iglesia. Cuando una persona puede decir: « ¡Gracias a Dios! ¡A El sea la gloria!», entonces y sólo entonces usará sus dones como Dios manda en la iglesia y fuera de ella.

La resurrección de Jesús y la nuestra

1 Corintios 15 es, al mismo tiempo, uno de los capítulos más grandes y de los más difíciles del Nuevo Testamento. No sólo es difícil en sí, sino que ha transferido al credo una frase que muchas personas encuentran difícil afirmar; porque es de este capítulo del que sacamos principalmente la idea de la resurrección del cuerpo. Este capítulo nos resultará menos difícil si lo estudiamos en su trasfondo, y hasta esa frase problemática nos será fácil de comprender y aceptable cuando nos demos cuenta de lo que Pablo quería decir. Así que, antes de estudiar el capítulo, hay ciertas cosas que haremos bien en tener en mente.

(i) Es sumamente importante recordar que los corintios no negaban la Resurrección de Jesucristo, sino la resurrección del cuerpo; y que en lo que Pablo insistía era en que, si se negaba la resurrección del cuerpo, se negaba también la Resurrección de Jesucristo, y por tanto se vaciaba el Evangelio de su verdad y la vida cristiana de su realidad.

(ii) En todas las primeras iglesias cristianas debe de haber habido dos trasfondos; porque habría en todas judíos y griegos. En primer lugar, consideremos el trasfondo judío. Hasta entonces, los saduceos negaban taxativamente que hubiera ninguna vida después de la muerte. Había, por tanto, una línea del pensamiento judío que negaba tanto la inmortalidad del alma como la resurrección del cuerpo (Hechos 23:8). En el Antiguo Testamento hay muy poco que respalde la esperanza en nada que pueda llamarse la vida después de la muerte. Según la fe general del Antiguo Testamento, todas las personas sin distinción van al Seol cuando se mueren. El Seol, a veces erróneamente traducido por infierno, era una tierra sombría debajo de ésta, en la que los muertos « vivían» una existencia sombría, sin fuerza, sin luz, separados por igual de Dios y de la humanidad. El Antiguo Testamento está lleno de este lúgubre y macabro pesimismo en relación con lo que pueda haber después de la muerte.

Porque en la muerte no hay memoria de Ti; en el Seol, ¿quién Te alabará? (Salmo 6:5).

¿Qué provecho hay en mi muerte cuando descienda a la sepultura? ¿Te alabará el polvo? ¿Anunciará Tu verdad? (Salmo 30:9).

¿Manifestarás tus maravillas a los muertos? ¿Se levantarán los muertos para alabarte? ¿Será contada en el sepulcro Tu misericordia, o Tu verdad en el Abadón? ¿Serán reconocidas en las tinieblas Tus maravillas, y Tu justicia en la tierra del olvido? (Salmo 88:10-12).

No alabarán los muertos a JAH, ni cuantos descienden al silencio (Salmo 115:17).

Porque el Seol no Te exaltará, ni Te alabará la muerte; ni los que descienden al sepulcro esperarán Tu verdad. (Isaías 38:18).

Déjame, y tomaré fuerzas, ‹ antes que vaya y perezca. (Salmo 39:13).

Aún hay esperanza para aquel que está entre los vivos; porque mejor es perro vivo que león muerto. Porque los que viven saben que han de morir; pero los muertos nada saben, ni tienen más paga; porque su memoria es puesta en olvido. Todo lo que te viniere a la mano para hacer, hazlo según tus fuerzas, porque en el Seol, adonde vas, no hay obra, ni trabajo, ni ciencia ni sabiduría. (Eclesiastés 9:4, 5, 10).

¿Quién alabará al Altísimo en la tumba? (Eclesiástico 17:27).

Los muertos que están en la tumba, cuyo aliento ha sido tomado de su cuerpo, no darán al Señor ni gloria ni integridad. (Baruc 2:17).

J. E. McFadyen, un gran investigador del Antiguo Testamento, dice que esta falta de fe en la inmortalidad del Antiguo Testamento era debida « al poder con que aquellos fieles se aferraban a Dios en este mundo.» Y añade: « Hay pocas cosas más maravillosas que ésta en la larga historia de la religión: durante siglos, la gente vivía vidas de lo más nobles, cumpliendo con sus deberes y soportando sus pruebas sin esperar ninguna recompensa en la vida futura; y lo hacían porque en todas sus idas y venidas estaban muy seguros de Dios.»

Es verdad que en el Antiguo Testamento hay unas pocas, muy pocas, vislumbres de una vida real por venir. Hubo momentos en los que una persona sintió que, si Dios era de veras Dios, tendría que haber algo que le diera la vuelta a los incomprensibles veredictos de este mundo. Así Job clamó: Todavía, conozco a Uno que será mi Campeón al final, que asumirá mi causa en la Tierra.

Este cuerpo mío puede que se deshaga; pero aun entonces mi vida tendrá una visión de Dios (Job 19:25-27 Moffatt).

El sentimiento real de los santos era que aun en esta vida se podía entrar en una relación tan íntima y preciosa con Dios que ni siquiera la muerte podría romperla.

Se alegró por tanto mi corazón, y se gozó mi alma; mi carne también reposará confiadamente; porque no dejarán mi alma en el Seol, ni permitirás que Tu santo vea corrupción. Me mostrarás la senda de la vida; en Tu presencia hay plenitud de gozo; delicias a Tu diestra para siempre.(Salmo 16:9-11).

Me tomaste de la mano derecha. Me has guiado según Tu consejo, y después me recibirás en gloria. (Salmo 73:23-24).

También es verdad que la esperanza inmortal se desarrolló en Israel. Dos cosas contribuyeron a ese desarrollo:

(a) Israel era el pueblo escogido; y, sin embargo, su historia era una cadena ininterrumpida de desastres. Los israelitas empezaron a creer que se requería otro mundo para deshacer los entuertos de este.

(b) Durante muchos siglos es posible decir que el individuo apenas existía. Dios era el Dios de la nación, y el individuo era una unidad sin importancia. Pero, con él paso de los siglos, la religión se fue haciendo algo más y más personal. Dios llegó a ser, no tanto el Dios de la nación, sino el Amigo de cada persona; y así empezaron a creer de una manera vaga e imprecisa que una vez que una persona conoce a Dios y es conocida de Dios, se ha creado una relación que ni siquiera la muerte podrá romper.

(iii) Cuando volvemos la mirada al mundo griego, tenemos que captar firmemente una cosa que está detrás de todo este capítulo. Los griegos tenían un temor instintivo a la muerte. Eurípides escribió: «Sin embargo los mortales, aquejados de innumerables males, aún aman la vida. Anhelan cada nuevo amanecer, contentos de soportar lo que conocen, antes que la muerte desconocida» (Fragmento 813). Pero en conjunto, los griegos, y la parte del mundo que estaba bajo la influencia del pensamiento griego, creían en la inmortalidad del alma. Pero, para ellos, la inmortalidad del alma suponía la total disolución del cuerpo.

Tenían un refrán: « El cuerpo es una tumba.» «Soy una pobre alma -decía un griego- encarcelada en un cadáver.» « Me dio por inquirir en la eternidad del alma -decía Séneca. ¡No! ¡Por creer en ella! Me rindo a esa gran esperanza.» Pero también decía: «Cuando llegue el día en que haya de deshacerse esta mezcla de divino y humano, aquí, donde lo encontré, dejaré mi cuerpo, y yo me devolveré a los dioses.» Epicteto escribía: «Cuando Dios no suple lo que se necesita, es que está dando el toque de retirada: ha abierto la puerta y te dice: « ¡Ven!» Pero, ¿adónde? A nada terrible, sino allí de donde viniste, a lo que te es querido y próximo, a los elementos. Lo que en ti era fuego, volverá al fuego; tierra, a tierra; agua, a agua.» Séneca habla de las cosas en la muerte «disolviéndose en sus antiguos elementos.» Para Platón « el cuerpo es la antítesis del alma, como la fuente de todas las debilidades se opone a lo que solo es capaz de independencia y bondad.» Donde podemos ver esto mejor es en la fe estoica.

Para los estoicos, Dios era un espíritu de fuego, más puro que nada en la Tierra. Lo que les daba la vida a los seres humanos era la chispa de fuego divino que venía a morar en el cuerpo humano. Cuando moría una persona, su cuerpo sencillamente se disolvía en los elementos de los que estaba compuesto, pero la chispa divina volvía a Dios y era reabsorbida en la divinidad de la que formaba parte.

Para los griegos, la inmortalidad consistía precisamente en desembarazarse del cuerpo. Por eso les resultaba inconcebible la resurrección del cuerpo. La inmortalidad personal no existía realmente, porque lo que les daba la vida a las personas era absorbido otra vez en Dios, la fuente de toda vida.

(iv) El punto de vista de Pablo era completamente diferente. Si empezamos por un hecho inmenso, el resto aparecerá claro. La fe cristiana es que la individualidad sobrevive después de la muerte, que tú seguirás siendo tú, y yo seguiré siendo yo. Junto a esto debemos colocar otro hecho inmenso. Para los griegos, el cuerpo no se podía consagrar. No era más que materia; y, como tal, la fuente de todo mal, la cárcel del alma. Pero para el cristiano, el cuerpo no es malo. Jesús, el Hijo de Dios, asumió un cuerpo humano y, por tanto, no es despreciable, porque Dios lo ha escogido como Su morada. Para el cristiano, por tanto, la vida por venir incluye la totalidad de la persona, cuerpo y alma.

Ahora bien, era fácil malentender y caricaturizar la doctrina de la resurrección del cuerpo. Celso, que vivía hacia el año 220 d.C. y era un furibundo enemigo del Cristianismo, lo hizo sistemáticamente en su tiempo. ¿Cómo es posible que los que han muerto resuciten con sus cuerpos intactos?, preguntaba. «¡Realmente, es la esperanza de los gusanos! Porque, ¿qué alma humana querría volver a un cuerpo que se ha podrido?» Es fácil citar el caso de una persona cuyo cuerpo ha quedado destrozado en un accidente o que ha muerto de cáncer.

Pero Pablo no dijo nunca que hubiéramos de resucitar con el cuerpo que teníamos antes de la muerte. Lo que decía era que tendremos un cuerpo espiritual. Lo que quería decir realmente era que la personalidad de cada hombre y mujer sobreviviría. Es casi imposible concebir la personalidad sin un cuerpo, porque es a través de un cuerpo como se expresa la personalidad. Lo que Pablo está defendiendo es que el individuo permanece después de la muerte. Él no había heredado el desprecio griego del cuerpo, sino que creía en la resurrección de la persona total. Él seguiría siendo el mismo; sobreviviría como persona. Eso era lo que Pablo quería decir con la resurrección del cuerpo. Todo lo del cuerpo y del alma que sea necesario para constituir una persona humana sobrevivirá; pero, al mismo tiempo, todas las cosas serán nuevas, y el cuerpo y el espíritu serán ambos muy distintos de las cosas terrenales, porque ambos serán divinos.

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Zacarías 12: La liberación de Jerusalén

Zacarías 12:1 la liberación de Jerusalén[a] (12.1–13.9) Profecía. Palabra de Jehová acerca de Israel.[b] Jehová, que extiende los cielos, funda la tierra y forma el espíritu del hombre dentro de él, ha dicho: Este

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