1 Corintios 12 La confesión del espíritu

1 Corintios 12: La confesión del espíritu

Hermanos: no quiero que estéis en la ignorancia sobre las manifestaciones del Espíritu. Ya sabéis que, cuando erais paganos, ibais a la deriva a los ídolos mudos, siguiendo impulsos caprichosos. Por tanto, quiero que os deis cuenta de que nadie que hable movido por el Espíritu de Dios puede decir: «¡Maldito sea Jesús!»; ni tampoco puede nadie decir «¡Jesús es el Señor!» a menos que le mueva el Espíritu Santo.

En la iglesia de Corinto sucedían las cosas más sorprendentes por la acción del Espíritu Santo; pero en un tiempo y un lugar en los que proliferaban el éxtasis y el entusiasmo podían darse casos de emocionalismo histérico y de engaños psicológicos al mismo tiempo que manifestaciones reales, y por eso en este y en los dos capítulos siguientes Pablo trata de las manifestaciones auténticas del Espíritu.

Este pasaje es muy interesante porque nos reproduce lo que eran los dos gritos de guerra.

(i) Está la frase Maldito sea Jesús. Esta terrible frase podría surgir de cuatro formas.

(a) Podría ser que la usaran los judíos. Las oraciones de la sinagoga incluían regularmente maldiciones de los apóstatas; y es posible que el nombre de Jesús estuviera incluido entre los tales. Además, como Pablo sabía muy bien (Gálatas 3:13), la ley judía establecía: «Maldito todo el que es colgado en un madero.» Y Jesús había sido crucificado. No sería tan raro oír a los judíos pronunciar sus maldiciones contra Ese hereje y criminal Que adoraban los cristianos.

(b) No es nada sorprendente que los judíos hicieran que los prosélitos que se sintieran atraídos al Evangelio pronunciaran esas maldiciones para no ser excomulgados del culto judío. Cuando Pablo le hace mención de sus actividades como perseguidor de los cristianos al rey Agripa, le dice: «Fui de sinagoga en sinagoga castigándolos a ver si los obligaba a maldecir el nombre de Jesús» (Hechos 26:11, nuestra traducción). Debe de haber sido muchas veces la condición para seguir en comunión con la sinagoga el pronunciar una de esas maldiciones contra el nombre de Jesucristo.

(c) Cualquiera que fuera la situación cuando Pablo estaba escribiendo esto, no cabe duda de que algo después, en los días de la persecución, se daba a los cristianos la posibilidad de evitar la muerte maldiciendo a Cristo. En el tiempo de Trajano, la prueba que imponía Plinio, el gobernador de Bitinia, a los sospechosos de ser cristianos era que maldijeran a Cristo. Cuando Policarpo, el anciano obispo de Esmirna, fue arrestado, lo que le exigía el procónsul Statius Quadratus era: «Di: «¡Mueran los ateos!» ¡Jura por la divinidad del César, y maldice a Cristo!» Y Po licarpo le contestó: «Ochenta y seis años he servido a Cristo, y El nunca me ha hecho ningún mal. ¿Cómo voy a blasfemar a mi Rey Que me salvó?» No cabe duda de que hubo un tiempo cuando los cristianos tenían que escoger entre maldecir a Cristo o morir de cualquiera de aquellas horribles maneras. «Los ateos» eran los cristianos para los paganos, porque no creían en sus dioses.

(d) Existía la posibilidad de que, aun en la iglesia, alguien en un extraño trance gritara: «¡Maldito sea Jesús!» Si aquello era una manifestación de un espíritu, es seguro que no lo sería del Espíritu Santo. También el anciano Juan tenía que advertir posteriormente de la necesidad de probar los espíritus. Aquí Pablo establece con toda claridad que nadie puede hablar mal de Jesús y atribuírselo a la influencia del Espíritu Santo.

(e) Frente al grito anterior estaba el auténtico testimonio cristiano: « ¡Jesús es el Señor!» En tanto en cuanto la Iglesia Primitiva llegó a tener un credo, estaba contenido en esta breve frase (cp. Filipenses 2:11, y Romanos 10:9). La palabra para Señor era Kyrios, que era una palabra extraordinaria. Era el título oficial del emperador romano. La exigencia de los perseguidores era: « ¡Di «César es el Señor! (Kyrios)» Era la palabra que traducía el tetragrámaton hebreo en la traducción griega del Antiguo Testamento. Si uno podía decir: «Jesús es el Señor», quería decir que Le daba a Jesús la suprema lealtad de su vida y la suprema adoración de su corazón.

Hay que fijarse en que Pablo creía que una persona podía decir «Jesús es el Señor» solamente cuando el Espíritu Santo le capacitaba. El señorío de Jesús no era tanto algo que una persona descubría por sí misma, como algo que Dios, en Su gracia, le había revelado.

Diversos dones de Dios

Hay diferencias entre las distintas clases de dones especiales, pero no hay más que un Espíritu. Hay diferencias entre las distintas clases de servicio, pero no hay más que un Señor. Y hay diferencias entre las distintas clases de obras, pero no hay más que un Dios, Que las produce en cada persona. A cada persona se le concede una manifestación del Espíritu que de es propia, aunque todas dirigidas siempre a un fin benéfico. A una persona en particular se le otorga por medio del Espíritu la palabra de sabiduría; a otra, la palabra de conocimiento por medio del mismo Espíritu; todavía a otra, la fe, por el mismo Espíritu; a otra, los dones especiales de sanidades por medio del mismo Espíritu; a otra, la habilidad de realizar obras maravillosas de poder; a otra, profecía; a otra, la habilidad de distinguir entre diferentes clases de espíritus; a otra; distintas clases de lenguas; a otra, el poder para interpretar las lenguas. Uno solo y siempre el mismo es el Espíritu que produce todos esos efectos, repartiéndolos individualmente a cada persona, como al Espíritu Le parece.

Lo que Pablo se propone en esta sección es hacer hincapié en la unidad esencial de la Iglesia. La Iglesia es el Cuerpo de Cristo; y la característica de un cuerpo sano es que cada uno de sus miembros o sistemas realiza su propia función para bien del conjunto; pero unidad no quiere decir uniformidad; y, por tanto, dentro de la Iglesia hay diversos dones y funciones diferentes, que son, colectiva e individualmente, dones del mismo Espíritu diseñados, no para la gloria del miembro individual, sino para el bien de todo el Cuerpo.

Pablo empieza por decir que todos los dones especiales (jarísmata) proceden de Dios, y está convencido de que, por tanto, deben usarse en el servicio de Dios. El fallo de la iglesia, por lo menos en los tiempos modernos, es que ha interpretado la idea de los dones especiales con excesiva estrechez. Demasiado a menudo ha actuado sobre la supuesta base de que los dones especiales que puede usar consisten en cosas como hablar, orar, enseñar, escribir -es decir, más o menos dones intelectuales.

Estaría bien que la iglesia se diera cuenta de que los dones de la persona que puede hacer cosas con las manos son tan dones de Dios como los otros. El albañil, el carpintero, el electricista, el pintor, el mecánico, el fontanero, todos tienen dones especiales que proceden de Dios y pueden usarse para Dios.

Es sumamente interesante examinar la lista de dones especiales que da Pablo, porque por ella podemos aprender mucho del carácter y obra de la Iglesia Primitiva.

Empieza con dos cosas que suenan muy parecidas: la palabra de sabiduría y la palabra de conocimiento. La palabra griega que traducimos por sabiduría es sofía. Clemente de Alejandría la define como « el conocimiento de cosas humanas y divinas y de sus causas.» Aristóteles la describía como « proponerse los mejores fines usando los mejores medios.» Esta es la clase superior de sabiduría; procede, no tanto de los pensamientos, como de la comunión con Dios. Es la sabiduría que conoce y reconoce a Dios. Conocimiento -la palabra griega es gnósis- es una cosa mucho más práctica. Es el saber qué hacer en una situación determinada. Es la aplicación práctica de la sofía a la vida y las cuestiones humanas. Las dos cosas son necesarias -la sabiduría que conoce las cosas profundas de Dios mediante la comunión con Él, y el conocimiento que puede poner esa sabiduría en práctica en la vida cotidiana de la iglesia y del mundo.

Lo siguiente en la lista es la fe. Pablo quiere decir más de lo que normalmente entendemos por fe. Esta clase de fe se ha definido como la fe potente, y como el poder que hace realidad lo espiritual. Es la fe que de veras produce resultados; la que, según la frase que mejor la define, puede de veras mover montañas. No es sencillamente la convicción intelectual de que una cosa es verdad, sino el creer apasionadamente en algo que le hace a una persona invertir en ello todo lo que tiene y es. Es la fe que le acera la voluntad y le infunde valor a una persona para la acción, la que hace realidad la visión.

A continuación Pablo habla de los dones especiales de sanidades. La Iglesia Primitiva vivía en un mundo en el que los milagros de sanidades eran corrientes. Cuando un judío se ponía enfermo, era más probable que fuera al rabino que al médico; y lo más probable era que se pusiera bueno. Esculapio era el dios de la sanidad en la mitología griega. A sus templos iba la gente corrientemente a pasar una noche allí para curarse, y a menudo se curaban. Frecuentemente se encuentran en las ruinas de aquellos templos inscripciones conmemorativas de sanidades y exvotos. (La definición de esta última palabra que da el D.R.A.E. es: «Don u ofrenda, como muletas, mortajas, figuras de cera, cabellos, tablillas, cuadros, etc., que los fieles dedican a Dios, a la Virgen o a los santos en señal y recuerdo de un beneficio recibido. Cuélganse en los muros o en la techumbre de los templos. También se dio este nombre a parecidas ofrendas que los gentiles hacían a sus dioses»). Se supone que no se molestarían ni gastarían dinero en hacer un exvoto por nada. En el templo de Epidaurus hay una inscripción que dice que un cierto Alketas, «aunque ciego, tuvo una visión en sueños. Le pareció que el dios se dirigía a él y le abría los ojos con sus dedos, y lo primero que vio fueron los árboles que había en el templo. A1 amanecer se fue curado.» En el templo de Roma -hay una inscripción que dice: «A Velerius Aper, un soldado ciego, el dios le dio un oráculo para que viniera, tomara la sangre de un gallo blanco mezclada con miel y se la pusiera en los ojos como colirio durante tres días, y recibió la vista y vino a darle las gracias al dios públicamente.» Era un tiempo de milagros de curación.

No hay la más ligera duda de que los dones de sanidad existieron en la Iglesia Primitiva; Pablo no los habría citado si no hubieran sido reales. En la carta de Santiago (5:14) se da la instrucción de que, si una persona está enferma, debe dirigirse a los ancianos de la iglesia para que la unjan con aceite. Es un hecho histórico indudable que, hasta el siglo IX; el sacramento de la unción era para impartir sanidad; a partir de entonces pasó a ser la extremaunción, para preparar a morir a los fieles. La Iglesia nunca perdió del todo este don de sanidad; y en tiempos recientes se ha redescubierto en cierta manera. Montaigne, uno los escritores más sabios de todos los tiempos, decía acerca de la educación de un chico: «Me gustaría que entrenara sus miembros no menos que su cerebro. No es una mente ni un cuerpo lo que estamos educando, sino a una persona humana. Y no debemos dicotomizarla.» La iglesia ha pasado mucho tiempo dicotomizando al ser humano en cuerpo y alma, y asumiendo responsabilidad por el alma pero no por el cuerpo. Es una cosa buena que en nuestro tiempo hemos aprendido una vez más a tratar a la persona como un todo indivisible.

Lo siguiente en la lista de Pablo son las obras maravillosas de poder. Es casi seguro que se refiere a los exorcismos. En aquellos días muchas enfermedades, a menudo todas, y especialmente las enfermedades mentales se atribuían a la acción de los demonios; y era una de las funciones de la iglesia el exorcizar a esos demonios. Si eran o no reales, la persona así aquejada estaba convencida de que lo eran, y la iglesia podía ayudarla y de hecho la ayudaba. El exorcismo tiene todavía una gran importancia en el campo misionero; y en todos los tiempos es la función de la Iglesia el ministrar a las mentes perturbadas y enfermas.

Pablo pasa a mencionar la profecía. Nos daría una idea más clara del sentido de esta palabra el traducirla por predicación. Nos hemos pasado asociando la profecía con la predicción de lo que va a suceder; pero la profecía ha sido siempre proclamación más que predicción. El profeta es el que vive tan cerca de Dios que conoce Su mente y corazón y voluntad, y puede hacérselos saber a los demás. Precisamente por eso, su función es doble. (a) Aporta reprensión y advertencia, diciéndole a la gente que su manera de vivir no está de acuerdo con la voluntad de Dios. (b) Aporta consejo y dirección, buscando la manera de encaminar a la gente como Dios quiere que vaya.

Pablo menciona a continuación la habilidad de distinguir entre diferentes clases de espíritus. En una sociedad en la que la atmósfera estaba tensa y había toda clase de manifestaciones extrañas que se consideraban normales, era de capital importancia el distinguir entre lo que era real y lo que no era más que histeria, entre lo que venía de Dios y lo que del diablo. Hasta hoy en día, cuando algo está fuera de nuestra órbita ordinaria, es sumamente difícil decir si es de Dios o no. El único principio que debemos poner en práctica es entender antes de condenar.

Por último, Pablo lista el don de lenguas y la habilidad de interpretarlas. Esta cuestión de las lenguas causaba mucha confusión en la iglesia corintia. Era frecuente que, en el culto, alguien se pusiera en éxtasis y lanzara un torrente de sonidos ininteligibles en una lengua desconocida. Este era un don extremadamente codiciado, porque se consideraba que era debido a la influencia directa del Espíritu de Dios. Para la congregación era algo ininteligible. A veces la misma persona era capaz de interpretar lo que había dicho, pero por lo general se requería que otro tuviera el don para interpretarlo. Pablo no pone nunca en duda la autenticidad del don de lenguas; pero se daba perfecta cuenta de ,que tenía sus riesgos; porque el éxtasis y una cierta clase de autohipnotismo son muchas veces difíciles de distinguir.

El cuadro que se nos presenta es el de una iglesia realmente viva. Sucedían cosas; hasta cosas alucinantes. La vida era elevada e intensificada. No había nada de aburrimiento ni de rutinario en la Iglesia Primitiva. Pablo sabía que toda esa actividad viva y poderosa era la obra del Espíritu, Que daba a cada cual su don para que lo usara para bien de todos.

El cuerpo de cristo

De la misma manera que el cuerpo es una unidad aunque tenga muchos miembros, y que todos los miembros del cuerpo, aunque sean muchos, no forman más que un solo cuerpo, así sucede también con Cristo. Porque por un solo Espíritu hemos sido bautizados todos de forma que hemos llegado a formar un solo cuerpo, ya seamos judíos o griegos, esclavos o libres, y a todos nos ha inundado el mismo único Espíritu.

Porque el cuerpo no está formado por un solo miembro, sino por muchos. Si el pie hubiera de decir: « Como no soy mano, no pertenezco al cuerpo.» ¿Es que por eso no sería parte del cuerpo? Y si el oído hubiera de decir: « Como no soy ojo, no formo parte del cuerpo. » ¿Por eso no sería parte del cuerpo? Si todo el cuerpo fuera ojo, ¿por dónde se podría oír? Y si todo el cuerpo fuera el sentido del oír, ¿dónde estaría el sentido del olfato? Pero tal como son las cosas, Dios ha colocado los miembros, individuales como son, como Le ha parecido bien. Si la totalidad no fuera más que un miembro, ¿dónde estaría el cuerpo? Pero, tal como es, hay muchos miembros, pero no hay nada más que un cuerpo. El ojo no le puede decir a la mano: «No te necesito para nada. » Ni tampoco le puede decir la cabeza a los pies: «No me hacéis ninguna falta. » Al contrario: aquellas partes del cuerpo que parecen más débiles, son las más esenciales; y a aquellas partes del cuerpo que parecen ser menos respetables les adscribimos un honor muy especial; y a las partes menos decorosas las tratamos con más decoro; porque las partes más dignas no necesitan una consideración especial. Dios ha compuesto el cuerpo dándole un honor especial a las partes que parecían carecer de él, para que no haya divisiones en el cuerpo, sino que los miembros tengan el mismo cuidado todos para con todos. De esa manera, si un miembro sufre, todos los miembros se conduelen; y si un miembro recibe honores, todos los miembros se congratulan.

Todos vosotros sois el Cuerpo de Cristo, y cada uno de vosotros en particular es un miembro de Él. De acuerdo con eso, Dios nombró apóstoles a algunos en primer lugar; en segundo lugar, a otros, profetas; en tercer lugar, a otros, maestros; y luego, el poder de obrar maravillas; y luego, dones especiales de sanidades; la habilidad de ayudar; la capacidad para administrar; las distintas clases de lenguas. ¿Verdad que no son todos apóstoles? ¿Verdad que no son todos profetas? ¿Verdad que no son todos maestros? ¿Verdad que no todos tienen el poder de obrar maravillas?

¿Verdad que no todos poseen dones de sanidades? ¿Verdad que no todos hablan en lenguas? ¿Verdad que no todos saben interpretar? ¡Anhelad los dones que son aún mayores! Os indicaré un camino que es todavía más excelente.

Aquí tenemos una de las más famosas alegorías de la unidad de la Iglesia que se hayan escrito nunca. Siempre ha sido fascinante el considerar la forma en que cooperan las diferentes partes del cuerpo. Hace mucho, Platón había trazado una famosa semblanza del cuerpo, presentando la cabeza como una ciudadela; el cuello era el istmo entre la cabeza y el cuerpo; el corazón era la fuente del cuerpo; los poros eran los senderos; las arterias y las venas, los canales. De la misma manera, Pablo traza aquí el esquema de la Iglesia como un cuerpo. Un cuerpo consta de muchas partes, pero tiene una unidad esencial. Platón había indicado que no decimos: «Mi dedo tiene un dolor,» sino « Yo tengo dolor.» Hay una personalidad que da unidad a las muchas diversas partes del cuerpo. Lo que el yo es al cuerpo, lo es Cristo a la Iglesia. Es en Él donde todos los diversos miembros encuentran su unidad.

Pablo pasa a considerarlo de otra manera. «Vosotros -dice= sois el Cuerpo de Cristo.» Aquí hay una idea impresionante.

Cristo ya no está en este mundo en cuerpo; por tanto, si quiere que se haga algo en el mundo tiene que encontrar a una persona que lo haga. Si quiere que enseñen a un niño, tiene que buscarse un maestro; si quiere que curen a un enfermo, tiene que buscarse un médico o un cirujano que haga su trabajo; si quiere que se cuente Su historia, tiene que buscarse a alguien que la cuente. Literalmente, tenemos que ser el Cuerpo de Cristo: unas manos que hagan Su trabajo, unos pies que vayan a Sus recados, una voz que hable por Él.

Él no tiene más manos que las nuestras para hacer hoy Su obra; Él no tiene más pies que nos nuestros para mostrar Su camino; Él no tiene más voz que la nuestra para contar cómo murió; necesita que Le ayudemos llevando a otros hasta Él. Aquí radica la suprema gloria del cristiano: ser parte del Cuerpo de Cristo en el mundo.

Así que Pablo traza una alegoría de la unidad que debe existir dentro de la Iglesia si ha de cumplir su misión. Un cuerpo es sano y eficiente sólo cuando cada una de sus partes funciona como es debido. Las partes del cuerpo no tienen celos unas de otras, ni codician las funciones de las otras. De la descripción de Pablo deducimos ciertas cosas que deberían existir en la Iglesia, el Cuerpo de Cristo.

(i) Deberíamos darnos cuenta de que nos necesitamos unos a otros. No puede haber tal cosa como aislamiento en la Iglesia.

Demasiado a menudo, los miembros de una iglesia están tan inmersos en la porción de la obra de la que se ocupan y tan convencidos de que es de suprema importancia que olvidan y hasta critican a otros que hacen otra labor. Si la Iglesia va a ser un Cuerpo sano, se necesita lo que pueda hacer cada cual.

(ii) Deberíamos respetarnos unos a otros. En el cuerpo no hay tal cosa como una importancia relativa. Si un miembro u órgano deja de funcionar, todo el cuerpo se descabala. Eso sucede también en la Iglesia. « Todos los trabajos cuentan igual para Dios.» Siempre que nos ponemos a pensar en nuestra propia importancia en la iglesia, desaparece la posibilidad de una labor verdaderamente cristiana.

(iii) Deberíamos sentir solidaridad unos con otros. Si una parte del cuerpo es afectada, todas las otras sufren y tratan de ayudarla. La Iglesia es una unidad. La persona que no puede ver más allá de su propia organización, o congregación, o -todavía peor- su propio círculo familiar, no ha empezado siquiera a comprender la unidad real de la Iglesia.

Al final del pasaje, Pablo habla de varias formas de servicio en la Iglesia. Algunas ya las había mencionado, y otras aparecen aquí por primera vez.

(i) A la cabeza de la lista coloca a los apóstoles. Eran, incuestionablemente, las grandes figuras de la Iglesia. Su autoridad no estaba confinada a un solo lugar; no tenían un ministerio localizado, sino que se extendía por toda la Iglesia. ¿Por qué tenía que ser así? La cualificación esencial de un apóstol era haber estado con Jesús durante Su ministerio público y ser testigo de Su Resurrección (Hechos 1:22). Los apóstoles eran los que habían estado en íntimo contacto con Jesús en los días de Su carne y en los de Su poder resucitado. Jesús no escribió nunca nada en papel, que sepamos; escribió Su mensaje en unas personas, que eran los apóstoles. No hay ceremonia humana que pueda conferirle a una persona una autoridad real; eso debe venir siempre del hecho de haber estado en compañía con Jesús. Una vez alguien le dijo a Alexander White después de un culto: «Doctor White, usted ha predicado hoy como si viniera directamente de la Presencia.» «Tal vez era así» -le contestó White con naturalidad. El que viene de la presencia de Cristo tiene autoridad apostólica independientemente de su filiación eclesiástica.

(ii) Ya hemos hablado de los profetas; pero ahora Pablo añade los maestros. Es imposible exagerar su importancia. Estos eran los que tenían que edificar a los convertidos por la predicación de los evangelistas y los apóstoles. Tenían que instruir a hombres y mujeres que no sabían literalmente nada del Evangelio. Su tremenda importancia consistía en lo siguiente: Marcos, el primer evangelio, no se escribió hasta alrededor del año 60 d.C.; es decir, unos treinta años después de la Crucifixión de Jesús. Tenemos que retrotraernos a un tiempo en el que no existía la imprenta, y los escasos libros que existían se tenían que copiar a mano, lo que los hacía inasequibles por su precio para la mayoría de la gente. En consecuencia, la historia de Jesús se tenía que transmitir oralmente al principio, y esa era la labor de los maestros. Y debemos recordar que un alumno aprende más de un buen maestro que de ningún libro.

Ahora tenemos libros en abundancia; pero sigue siendo verdad lo que decía Adolfo Araujo: «Esto último explicará la ventaja natural que hallan cuantos han sido preparados para un examen del hecho de Cristo por la recomendación ferviente, sentida, tierna, reverente, de una persona respetada y amada: una madre, un maestro, un amigo. Cristo quería testigos suyos en todas partes, y éste es testimonio de primera calidad. Nadie puede comunicar a otro su propia convicción personal, su fe y el fervor de su corazón, pero sí puede disponerle a hacer por sí mismo el hallazgo que transformará su vida» (Cristianidad, pág. 23s).

(iii) Pablo habla de los que tienen la habilidad de ayudar. Eran personas que se encargaban de socorrer a los pobres, los huérfanos, las viudas, los forasteros y los marginados. Desde su mismo principio, el Cristianismo era algo eminentemente práctico. Uno puede que no tenga facilidad de palabra ni el don de predicador; pero está dispuesto a ayudar al que sea. (iv) Pablo habla de los que la Reina-Valera llama «los que administran» (kybernesis). La palabra griega es muy interesante: se refiere literalmente al trabajo de un piloto que dirige la nave al puerto entre las rocas y los bajíos. De esta palabra griega procede la española gobierno. Pablo se refiere a los que llevan la administración de la iglesia. Es una labor tremendamente esencial. El predicador y el maestro ocupan el centro de la escena; pero no podrían hacer su trabajo en absoluto si no fuera porque, entre bastidores, están los que arriman el hombro a la diaria labor rutinaria de la administración. Hay partes del cuerpo que no están nunca a la vista, pero cuya función es más importante que ninguna otra; están los que sirven a la iglesia de una manera que no adquiere publicidad, pero sin cuyo servicio la iglesia no marcharía.

Pero al final, Pablo va a pasar a hablar de un don que es mayor que todos los demás. El peligro está siempre en que los que tienen diferentes dones estén en desacuerdo entre sí, lo que imposibilitaría el eficaz funcionamiento del cuerpo. El amor es la única cosa que puede armonizar la Iglesia en una unidad perfecta; así es que Pablo pasa a cantar su himno al amor.

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