1 Corintios 11 Importancia del pudor

1 Corintios 11: Importancia del pudor

Los capítulos 11 al 14 son muy interesantes, porque en ellos vemos a la joven iglesia debatiéndose con el problema de ofrecerle a Dios el culto que Le es debido. Nos hará más fácil esta sección el empezar por trazar las partes que la componen.

(i) 11:2 – 11:16 trata de si las mujeres deben ir al culto con la cabeza cubierta o no.

(ii) 11:17 -11:23 trata de los problemas que habían surgido en relación con el Agápé o fiesta del amor fraternal, la comida congregacional que se celebraba todas las semanas.

(iii) 11:24 – 11:34 trata de la correcta celebración de la Santa Cena o Comunión.

(iv) 12 expone la manera de conjuntar armoniosamente los diferentes dones. Aquí vemos a la Iglesia como el Cuerpo de Cristo, y cada creyente como un miembro del mismo.

(v) 13 es el gran himno del amor que nos muestra el camino más excelente.

(vi) 14:1 – 14:23 trata del hablar en lenguas.

(vii) insiste en la necesidad de que haya orden en el culto público, y trata de someter a la necesaria disciplina el entusiasmo desbordado de una joven iglesia.

(viii) 14:24 – 14:36 discute el lugar de las mujeres en el culto público de la iglesia de Corinto.

Hacéis bien en acordaros de mí para todo y en seguir las tradiciones que os transmití. Pero quiero que sepáis que Cristo está ala cabeza de todo varón, y que el varón está a la cabeza de la mujer, y que Dios está a la cabeza de Cristo. Todo varón que ora o predica con la cabeza cubierta, deshonra su cabeza; y toda mujer que ora o predica con la cabeza descubierta, deshonra su cabeza, porque se encuentra en el mismo caso que si se hubiera rapado. Porque, si una mujer no se cubre la cabeza, para eso que se corte el pelo. Si es impropio el que una mujer lleve el pelo corto o vaya rapada, que se cubra la cabeza. El varón no debe cubrirse la cabeza porque es la imagen y la gloria de Dios; pero la mujer es la gloria del varón; porque el varón no surgió de la mujer, sino la mujer del varón; porque el varón no fue creado para la mujer, sino la mujer para el varón. Por esto es por lo que la mujer debe conservar en la cabeza la señal de que está bajo la autoridad de otro, por causa de los ángeles. Pero también es verdad que, en relación con el Señor, la mujer no es nada sin el varón, ni el varón sin la mujer; porque, como la mujer procedió del varón, el varón también nace de la mujer, y todas las cosas proceden de Dios. Aplicad vuestro juicio en esta cuestión: ¿Está bien el que una mujer ore a Dios descubierta? ¿Es que la misma naturaleza de las cosas no nos enseña que es deshonroso para el hombre el llevar el pelo largo? Pero, para una mujer, el tener el pelo largo es su gloria, porque se le ha dado el pelo como cobertura. Pero, de cualquier modo, si alguien quiere discutir por discutir, baste decir que no tenemos esa costumbre, ni tampoco las iglesias de Dios.

Este es uno de los pasajes que tienen una significación puramente temporal y local; parece a primera vista como si no tuvieran más que un interés de anticuario, porque tratan de situaciones que hace mucho que han dejado de ser relevantes para nosotros; y sin embargo, tales pasajes tienen muchísimo interés, porque arrojan un haz de luz sobre las cuestiones domésticas y los problemas de la Iglesia Primitiva; y para el que tenga ojos para ver, tienen gran importancia porque Pablo los resuelve de acuerdo con principios que son eternos.

El problema era si una mujer sin velo tenía derecho a participar en un culto. La respuesta de Pablo era tajantemente que el velo es siempre una señal de sumisión que llevaba el inferior en presencia del superior; ahora bien: la mujer es inferior al varón en el sentido de que este es el cabeza de familia; por tanto está mal el que un varón aparezca en el culto público velado, e igualmente mal el que aparezca una mujer destocada. Es más que improbable que en el siglo XX estemos dispuestos a aceptar este punto de vista de la inferioridad y subordinación de las mujeres; pero debemos leer este capítulo, no a la luz de nuestro siglo, sino del siglo I, y al leerlo debemos tener presentes tres cosas.

(i) Debemos tener presente el lugar del velo en Oriente. Hasta el día de hoy la mayor parte de las mujeres, sobre todo en los países musulmanes, usan el yashmak, largo velo que no deja descubiertos más que los ojos y la frente y que llega casi hasta los pies. En los tiempos de Pablo, el velo oriental « velaba» todavía más: pasaba por encima de la cabeza sin más abertura que la mínima para los ojos, y llegaba literalmente hasta los pies. Una mujer respetable no habría pensado jamás aparecer en público sin él. T. W. Davies escribe en el Hastings› Dictionary of the Bible: «Ninguna mujer respetable de una ciudad o aldea oriental sale sin él; y si lo hace, se arriesga a que la juzguen mal. Hasta los misioneros ingleses y americanos en Egipto le dijeron al presente autor que sus propias mujeres e hijas lo usaban cuando salían.»

El velo indicaba dos cosas.

(a) Era señal de inferioridad.

(b) Pero también era una gran protección.

El versículo 10 es muy difícil de traducir. Hemos puesto: « Por esto es por lo que la mujer debe conservar en la cabeza la señal de que está bajo la autoridad de otro.» Pero en griego dice literalmente que una mujer debe conservar «su autoridad sobre su cabeza.» William Ramsay lo explica de la siguiente manera: « En los países de Oriente, el velo es el poder y el honor y la dignidad de la mujer. Con el velo en la cabeza puede ir a cualquier parte con seguridad y respeto profundo. No se la ve; es una señal de terriblemente malos modales el quedarse mirando a una mujer velada en la calle. Va sola. El resto de la gente a su alrededor es como si no existieran para ella, y ella para ellos. Es suprema en la multitud… Pero sin el velo, la mujer es una cosa de nada que cualquiera puede insultar… La autoridad y la dignidad de una mujer se desvanecen juntamente con el velo cubrelotodo que descarta.»

En el Este, pues, el velo tiene una importancia suprema. No solamente indica el estado inferior de la mujer, sino que es la inviolable protección de su pudor y castidad.

(ii) Debemos tener presente la condición de la mujer a los ojos de los judíos. Para la ley judía, la mujer es notablemente inferior al hombre. Había sido formada de una costilla de Adán (Génesis 2:22s), y había sido creada para ser la ayuda idónea del varón (Génesis 2:18). Había un ejemplo de exégesis rabínica fantástica que decía: «Dios no formó a la mujer de la cabeza del varón para que no fuera soberbia; ni del ojo, para que no fuera lujuriosa; ni del oído, para que no fuera curiosa; ni de la boca, para que no fuera charlatana; ni del corazón, para que no fuera celosa; ni de la mano, para que no fuera codiciosa; ni del pie, para que no fuera zascandil; sino de una costilla, para que siempre vaya tapadita; por tanto, el pudor debe ser su cualidad superlativa.»

Es una lamentable verdad que, para la ley judía, la mujer era una cosa, y formaba parte de la propiedad de su marido sobre la que él tenía todos los derechos. Era verdad que en la sinagoga, por ejemplo, las mujeres no tomaban parte en el culto y estaban segregadas completamente de los varones en una galería cerrada o en alguna otra parte del edificio. En la ley y en las costumbres judías era inconcebible el que las mujeres pretendieran ningún tipo de igualdad con los varones.

En el versículo 10 encontramos la curiosa frase de que las mujeres deben llevar velo «por causa de los ángeles.» No es seguro lo que quiere decir; pero probablemente se retrotrae a la peregrina vieja historia de Génesis 6:Is, que nos cuenta que los ángeles quedaron prendados de los encantos de las mujeres mortales y cayeron en pecado; puede que sea que una mujer destocada es una tentación hasta para los ángeles, porque una vieja tradición rabínica decía que había sido la belleza del pelo largo de las mujeres lo que había tentado a los ángeles.

(iii) Siempre hay que tener presente que esta situación se produjo en Corinto, que era probablemente la ciudad más licenciosa del mundo antiguo. El punto de vista de Pablo era que en tal situación era mejor pasarse de precavido y de estricto antes que de nada que pudiera dar ocasión a los paganos de criticar a los cristianos de ser demasiado permisivos, o de poner tentación a los mismos cristianos.

Sería erróneo dar a este pasaje una aplicación universal. Era intensamente relevante en la situación de la iglesia de Corinto, pero no tiene nada que ver con la cuestión de si las mujeres tienen la obligación de llevar la cabeza cubierta cuando van al culto aquí y ahora. Sin embargo, es precisamente por su colorido local por lo que contiene tres grandes verdades permanentes.

(i) Siempre es mejor pecar de estricto que de laxista. Es mejor renunciar a los derechos que pueden convertirse en piedras de tropiezo para algunos que reclamarlos. Ahora está de moda ir contra los convencionalismos; pero hay que pensárselo dos veces antes de desafiar o escandalizar a los demás. Es verdad que no debemos ser esclavos de los convencionalismos; pero debemos recordar que por algo se habrán impuesto.

(ii) Después de subrayar la subordinación de las mujeres, Pablo pasa a hacer aún mayor hincapié en la solidaridad esencial de hombre y mujer. Ninguna de las dos partes puede vivir sin la otra. Si ha de haber subordinación, es con el fin de que el compañerismo sea más fructífero y amable para ambos.

(iii) Pablo termina el pasaje con una reprensión a los que discuten por discutir. Cualesquiera que sean las diferencias de opinión que puedan surgir, no hay lugar en la iglesia para la persona contenciosa. Hay momentos en los que se deben mantener los principios; pero no debe haberlos para las peleas, aunque sean sólo de palabras. Siempre tiene que ser posible no estar de acuerdo y seguir el paz.

Una celebración impropia

En lo que no puedo deciros que hacéis bien es en lo que os advierto a continuación. Porque, cuando os reunís, os hacéis más mal que bien. En primer lugar, me he enterado de que cuando os reunís en asamblea hacéis grupos exclusivos; y hasta cierto punto lo creo. Es normal que haya diferencias entre vosotros, para que quede claro cuáles son auténticos y de valor a toda prueba. Pero de la manera que os reunís en un mismo lugar, lo que tomáis no es la Cena del Señor; porque cuando estáis comiendo juntos, cada uno se da prisa a comerse lo suyo primero; y el resultado es que unos tienen hambre y otros han bebido hasta emborracharse. ¿Es que no podéis comer y beber en vuestras propias casas? ¿No le tenéis ningún respeto a la asamblea de Dios? ¿Es que queréis avergonzara los que son pobres? ¿Qué queréis que os diga? No os voy a felicitar por esto; seguro que no.

El mundo antiguo era mucho más social que el nuestro en muchos sentidos. Era costumbre habitual el reunirse grupos de personas para celebrar comidas. Había, en particular, una cierta clase de fiesta que se llamaba éranos en la que cada participante aportaba una parte de la comida y luego todo era para todos. La Iglesia Primitiva adoptó esa costumbre, y llamaba a sus fiestas Agápé o Fiesta del Amor. Todos los miembros de la iglesia venían, aportando cada uno lo que podía, y todos participaban de la comida congregacional. Era una costumbre encantadora que es una pena que se haya perdido en muchas iglesias. Era una manera de producir y alimentar el sentimiento de la comunión cristiana.

Pero en la iglesia de Corinto la Fiesta del Amor fraternal se había degenerado lamentablemente. Había en ella ricos y pobres; unos que podían llevar mucho, y esclavos que no podrían contribuir con casi nada. De hecho, para muchos de aquellos esclavos seria en la Fiesta del Amor donde tomaran la única comida decente de toda la semana. Pero en la iglesia corintia se había perdido el arte de compartir. Los ricos no repartían lo suyo, sino se lo comían en sus grupos exclusivos, dándose prisa no fuera que tuvieran que compartirlo con otros, mientras que los pobres no comían casi nada. El resultado era que la comida en la que las diferencias sociales tenían que haberse borrado todavía las marcaba más. Pablo lo expone y desaprueba sin reservas.

(i) Puede ser que los diferentes grupos representaran las diversas opiniones. Un gran investigador ha dicho: «Tener celo sin llegar a ser un fanático es una señal de la verdadera devoción.» Cuando no pensamos lo mismo que otro, si seguimos en contacto puede que con el tiempo lleguemos a comprenderle y a simpatizar con él; pero, si nos cerramos y negamos a hablar las cosas con él, sin dejar cada uno nuestro grupito, no hay esperanza de que lleguemos a entendernos.

(ii) La Iglesia Primitiva era el único lugar del mundo antiguo en el que se suprimían las barreras. El mundo estaba rígidamente dividido: libres y esclavos, griegos y bárbaros, judíos y gentiles, romanos y salvajes, cultos e ignorantes. La Iglesia era el único lugar en el que todos podían estar juntos y en comunión. Un gran historiador de la Iglesia escribió sobre aquellas primeras congregaciones: « En sus reducidos límites habían resuelto casi de pasada los problemas sociales que agobiaban a Roma y que siguen agobiando a Europa y al mundo. Habían elevado a la mujer a su debido nivel, restaurado la dignidad del trabajo, abolido la mendicidad y suprimido el estigma de la esclavitud. El secreto de la revolución era que el egoísmo de raza y clase se había olvidado a la Mesa del Señor, y se había encontrado una nueva base para la sociedad en el amor de la imagen visible de Dios en todas las personas por las que Cristo había muerto.»

Una iglesia en la que sigan existiendo las distinciones sociales y de clase no es una verdadera iglesia cristiana. La iglesia auténtica es un cuerpo de hombres y mujeres unidos entre sí porque cada uno de ellos está unido a Cristo. Hasta la palabra para describir el sacramento es sugestiva: la llamamos La Santa Cena. Pero cena es confusa en cierto sentido. Para muchos no representa la comida principal del día; pero en griego se la llamaba deipnon. Los griegos no tomaban para desayunar nada más que un poco de pan mojado en vino; la comida del mediodía se tomaba en cualquier sitio, hasta en la calle o en alguna plaza; pero el deipnon era la comida principal del día, cuando los comensales se sentaba a la mesa sin prisa y no sólo saciaban su hambre, sino estaban juntos conversando o lo que fuera. La misma palabra indica que la comida congregacional debería ser una comida en la que las distintas personas disfrutaran sin prisa de la mutua compañía.

(iii) Una iglesia no es como es debido cuando se ha olvidado el arte de compartir. Cuando cada uno quiere guardarse sus cosas para sí y para su círculo íntimo, no ha empezado siquiera a ser cristiano. El cristiano verdadero no puede soportar tener demasiado cuando otros no tienen lo suficiente; su mayor placer no está en reservarse celosamente sus privilegios, sino en ompartirlos.

La Santa Cena

Porque yo he recibido del Señor lo que ya os he transmitido: Que el Señor Jesús, la noche que fue traicionado, tomó pan y, después de dar gracias a Dios, lo partió y dijo: «Esto es mi Cuerpo para vosotros; haced esto para tenerme presente.» De la misma forma, después de la comida, tomó la copa y dijo: «Esta copa es el Nuevo Pacto que ha costado Mi sangre. Haced esto para tenerme presente cada vez que la bebáis.» Porque todas las veces que comáis este pan y bebáis esta copa, proclamáis la muerte del Señor hasta que venga. Por tanto, quienquiera que tome este pan y beba esta copa del Señor sin estar en condiciones es culpable de pecado contra el cuerpo y la sangre del Señor. Por eso, que cada uno se examine a sí mismo antes de tomar este pan y beber esta copa; porque el que come y bebe como algunos de vosotros, no come y bebe más que su propia sentencia, porque no se da cuenta de lo que quiere decir el Cuerpo. Por esto es por lo que muchos de vosotros estáis enfermos y débiles, y algunos han muerto. Porque, si de veras fuéramos conscientes de cómo somos, no estaríamos sujetos a juicio; pero en este mismo juicio del Señor somos disciplinados para no ser definitivamente condenados con el mundo. Así que, hermanos, cuando os reunís, esperaros unos a otros. El que tenga hambre, que coma en casa; para que no os reunáis en tales condiciones que os pongáis en peligro de que se os someta a juicio. En cuanto a los otros asuntos, ya los pondré en orden cuando vaya por allí.

No hay ningún otro pasaje en todo el Nuevo Testamento que tenga tanto interés como este. Entre otras cosas, es la base para el acto de culto más sagrado de la Iglesia Cristiana, la Santa Cena; y también, como esta carta es anterior a los primeros evangelios, este es de hecho el primer reportaje que tenemos, no sólo de la institución de la Santa Cena, sino de ninguna palabra del Señor Jesús.

La Santa Cena no querrá decir nunca lo mismo para dos personas diferentes; pero no tenemos que entenderla totalmente para recibir bendición. Como ha dicho alguien, « no tenemos que entender la composición química del pan para digerirlo y asimilarlo y alimentarnos de él.» Pero, a pesar de eso, haremos bien en intentar entender por lo menos algo de lo que quería decir Jesús cuando habló así del pan y del vino.

« Esto es Mi cuerpo» -dijo del pan. Un hecho muy sencillo nos impide tomar estas palabras literalmente. Cuando Jesús estaba hablando, estaba todavía en Su cuerpo humano; y nada estaba más claro que el que Su cuerpo y el pan eran dos cosas bien diferentes y aparte. Pero tampoco dijo simplemente: « Esto representa Mi cuerpo.» En un sentido, eso es cierto: el pan que troceamos en el sacramento representa el cuerpo de Cristo; pero hace más que representar. Para la persona que lo toma en su mano y se lo lleva a la boca con fe y amor, es un medio no sólo de recuerdo sino de contacto vital con Jesucristo. Para uno que no fuera creyente no sería nada más que pan; para el que ama a Cristo es una manera de entrar en comunión con ÉL « Esta copa -dijo Jesús, según las traducciones corrientes- es el Nuevo Pacto en Mi sangre.» Lo hemos traducido un poco diferente: «Esta copa es el Nuevo Pacto que ha costado Mi sangre.» La preposición griega en suele querer decir en en español; pero también quiere decir frecuentemente al precio de, por, refiriéndose a lo que se paga por algo, sobre todo cuando se usa para traducir la preposición hebrea be. Ahora bien: un pacto es una relación en la que entran dos personas. Había un Antiguo Pacto entre Dios y el pueblo de Israel que estaba basado en la Ley. En él Dios había elegido y se había acercado al pueblo de Israel, llegando a ser de una manera especial su Dios; pero había una condición: si esa relación había de durar, tenían que cumplir la Ley (cp. Éxodo 24:1-8). Con Jesús se ofrece a la humanidad una nueva relación que depende, no de la ley, sino del amor; no de la fidelidad con que el hombre cumpla la ley -porque no puede-, sino de la buena voluntad gratuita y generosa de Dios que nos la ofrece.

Bajo el Antiguo Pacto uno no podía hacer más que temer a Dios, porque estaba siempre en deuda con Él ya que no podía nunca cumplir perfectamente la ley; bajo el Nuevo Pacto uno acude a Dios como un hijo a su padre. Mírese como se mire, Le costó la vida a Jesús hacer posible esta nueva relación con Dios. «La sangre es la vida,» decía la ley (Deuteronomio 12:23); costó la vida de Jesús, Su sangre, como diría un judío. Así que el vino rojo de la Comunión representa la sangre vital de Cristo, sin la cual el Nuevo Pacto, la nueva relación con Dios, no habría sido posible.

Este pasaje continúa hablando de comer y beber el pan y el vino indignamente; y esa indignidad consiste en «no discernir el Cuerpo del Señor.» Esta frase puede querer decir una de dos cosas; y cada una de ellas es tan importante que es muy probable que estén implicadas las dos.

(i) Puede que quiera decir que la persona que come y bebe indignamente no se da cuenta de ló que quieren decir esos símbolos sagrados. Puede que quiera decir que come y bebe irreverentemente y sin sentir el amor que estos signos representan, o la obligación que adquiere.

(ii) Puede que también quiera decir esto: la frase el Cuerpo de Cristo indica una y otra vez a la Iglesia, como veremos en el capítulo 12. Pablo acaba de reprender a los que, con sus partidismos y diferencias de clases dividen la Iglesia; así es que esto puede querer decir que el que come y bebe indignamente es el que no se ha dado cuenta de que toda la Iglesia es el Cuerpo de Cristo, y no está en armonía con su hermano. Toda persona en cuyo corazón hay odio, amargura, desprecio contra otro, al acercarse a la Mesa del Señor come y bebe indignamente. Así que comer y beber indignamente es no tener el sentimiento de la grandeza de lo que se está haciendo, y hacerlo cuando no se está en armonía con el hermano por quien Cristo murió.

Pablo pasa a decir que las desgracias que han sobrevenido a la iglesia de Corinto puede que sean debidas al hecho de que se acercan a la Mesa del Señor cuando hay divisiones entre ellos; pero esas desgracias no son para destruirlos, sino para disciplinarlos y hacerlos volver al camino de Dios. Debemos tener clara una cosa. La frase que prohíbe el que una persona coma y beba indignamente no excluye al que es pecador y lo sabe. Un antiguo pastor de las Highlands de Escocia, viendo que una anciana dudaba ante la copa de la comunión, se la acercó diciendo: « ¡Tómala, mujer! ¡Es para los pecadores! ¡Es para ti!» Si la Mesa del Señor fuera sólo para los perfectos, ninguno podríamos acercarnos. El acceso no está nunca cerrado para el pecador arrepentido. Para el que ama a Dios y a sus semejantes, el camino está siempre abierto; y sus pecados, aunque sean como la grana, como la nieve serán emblanquecidos.

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