1 Corintios 1 La introducción de un apóstol

1 Corintios 1: La introducción de un apóstol

Pablo, llamado por la voluntad de Dios para ser apóstol de Jesucristo, y nuestro hermano Sóstenes, escriben esta carta a la Iglesia de Dios que se encuentra en Corinto; es decir, a los que están consagrados en Jesucristo, que han recibido el llamamiento para formar parte del pueblo de Dios en compañía de los que en todas partes invocan el nombre del Señor Jesús, su Señor y el nuestro: ¡Gracia a vosotros y paz de parte de Dios nuestro Padre, y del Señor Jesucristo!

En los primeros diez versículos de la Primera Carta de Pablo a los Corintios, el nombre de Jesucristo aparece no menos de diez veces. Esta iba a ser una carta difícil, porque iba a tratar de una difícil situación; y en tal situación, el pensamiento de Pablo se centraba en primer lugar y repetidamente en Jesucristo. A veces en la iglesia intentamos tratar una situación difícil aplicando un reglamento y en un espíritu de justicia humana; a veces en nuestros propios asuntos intentamos resolver una situación difícil con nuestros propios poderes mentales o espirituales. Pablo no hacía así las cosas; llevaba a sus situaciones difíciles a Jesucristo, y buscaba tratarlas a la luz de la Cruz de Cristo y del amor de Cristo.

Esta introducción nos habla de dos cosas.

(i) Nos dice algo acerca de la Iglesia. Pablo habla de La Iglesia de Dios que se encuentra en Corinto. No era la Iglesia de Corinto, sino la Iglesia de Dios. Para Pablo, dondequiera que estuviera una congregación individual, era una parte de la Iglesia de Dios. Pablo no habría hablado de la Iglesia de Escocia o de la Iglesia de Inglaterra; no le habría dado a la Iglesia una designación local, y mucho menos habría identificado una congregación con la denominación determinada a la que perteneciera.

Para él la Iglesia era la Iglesia de Dios. Si pensáramos en la Iglesia de esa manera, nos acordaríamos más de la realidad que nos une, y menos en las diferencias locales que nos dividen.

(ii) Este pasaje nos dice algo acerca del cristiano individual. Pablo dice tres cosas acerca de él.

(a) Está consagrado en Jesucristo. El verbo consagrar (haguiázein) quiere decir apartar algo para Dios, hacerlo santo ofreciendo sobre ellos un sacrificio. El cristiano ha sido consagrado a Dios mediante el sacrificio de Cristo. Ser cristiano es ser una persona por la que Cristo murió, y saberlo, y darse cuenta de que ese sacrificio hace que pertenezcamos a Dios de una manera muy especial.

(b) Describe a los cristianos como los que han sido llamados a ser el pueblo dedicado a Dios / recibido el llamamiento para formar parte del pueblo de Dios. Hemos traducido una sola palabra griega por toda esta frase. La palabra es háguios, que la Reina-Valera traduce por santos. Esa palabra no nos sugiere lo que aquí quiere decir. Háguios describe a una persona o cosa que se ha consagrado como propiedad y al servicio de Dios. Es la palabra que se usa para describir un templo o un sacrificio o un día que se han señalado para Dios. Ahora bien: si una persona está señalada como propiedad exclusiva de Dios, debe mostrarse idónea en su vida y carácter para tal servicio. Así fue como háguios llegó a significar santo.

Pero la idea de la raíz de esta palabra es separación. Una persona que es háguios es diferente de los demás, porque ha sido apartada de lo ordinario para pertenecer a Dios de una manera especial. Este era el adjetivo con el que los judíos se definían a sí mismos: eran el háguios laós, el pueblo santo, la nación que era completamente diferente de las demás porque pertenecían a Dios y estaban apartados para Su servicio. Cuando Pablo dice que el cristiano es háguios quiere decir que es diferente de las demás personas porque pertenece a Dios y está al servicio de Dios. Y esa diferencia no consiste en retirarse de la vida corriente, sino en una calidad de vida que distingue de los demás a los que la viven.

(c) Pablo dirige esta carta a los que han sido llamados en la compañía de los que en todas partes invocan el nombre del Señor. El cristiano es llamado a formar parte de una comunidad cuyas fronteras incluyen toda la Tierra y todo el Cielo. Nos haría mucho bien si a veces eleváramos la mirada por encima de nuestro pequeño círculo y nos viéramos como parte de la Iglesia de Dios que es tan amplia como el mundo.

(iii) Este pasaje nos dice algo acerca de nuestro Señor Jesucristo. Pablo menciona a nuestro Señor Jesucristo, e inmediatamente, como si se corrigiera, añade su Señor y el nuestro. Ninguna persona ni iglesia tiene el monopolio de Jesucristo. Él es nuestro Señor, pero también el Señor de toda la humanidad. La maravilla del Cristianismo es que cada uno de nosotros puede decir de Cristo: «Él me amó y se entregó a Sí mismo por mí;» y que «Dios ama a cada uno de nosotros como si no tuviera a nadie más a quien amar, y así a todos.»

La necesidad de la gratitud

Siempre estoy dándole gracias a mi Dios por vosotros, porque os ha otorgado Su gracia en Jesucristo. Y tengo motivos, porque en El habéis llegado a enriqueceros en todos los sentidos en la expresión y en el conocimiento de tal manera que lo que os prometimos que Cristo podía hacer por Su pueblo se ha demostrado en vosotros que era cierto. El resultado es que no hay don espiritual en el que os hayáis quedado rezagados, mientras esperáis anhelantes la aparición de nuestro Señor Jesucristo, Quien os mantendrá a salvo hasta el mismísimo fin para que nadie os pueda echar nada en cara el Día de nuestro Señor Jesucristo. ¡Podéis confiar en el Dios Que os ha llamado a participar en la compañía de Su Hijo, nuestro Señor Jesucristo!

En este pasaje de acción de gracias hay cuatro cosas que sobresalen.

(i) Está la promesa que se cumplió. Cuando Pablo les predicó el Evangelio a los corintios, les dijo que Cristo podía hacer ciertas cosas por ellos; y ahora está satisfecho de que todo lo que él aseguró que Cristo podía hacer se ha hecho realidad. Un misionero le dijo a uno de los antiguos reyes pictos de Escocia: « Si aceptas a Cristo, descubrirás maravilla tras maravilla, y todas se harán realidad.» En último análisis, no se puede convencer a nadie para que se haga cristiano; pero sí le podemos decir: «Haz la prueba, y ya verás lo que pasa,» en la seguridad de que, si lo hace, lo que le hemos anunciado se hará realidad en su vida.

(ii) Está el don que se otorgó. Pablo utiliza aquí una de sus palabras favoritas, járisma -de donde viene la palabra carisma-, que quiere decir un regalo que se le da a una persona que no lo merece ni paga de ninguna manera. Este don de Dios, como lo veía Pablo, nos llega de dos maneras.

(a) La Salvación es el járisma de Dios. El llegar a estar en una relación perfecta con Dios es algo que nadie podría lograr por sí mismo. Es un don inmerecido, que nos llega de la absoluta generosidad del amor de Dios (Romanos 6:23).

(b) A cada persona Dios le da los dones que posea y los recursos especiales que necesite en la vida (1 Corintios 12:410; 1 Timoteo 4:14; 1 Pedro 4:10). Si uno tiene el don de la palabra, o el de la sanidad, si tiene el don de la música o de cualquier arte, si tiene los dones de artesanía en las manos, todos estos son dones de Dios. Si nos diéramos cuenta de esto como es debido, la vida tendría para nosotros un ambiente y un carácter nuevos. Las habilidades que poseemos no son nuestro mérito, sino dones de Dios que tenemos como en depósito. No los podemos usar como nos dé la gana, sino como Dios manda; no para nuestro exclusivo provecho o prestigio, sino para la gloria de Dios y el bien de los demás.

(iii) Hay un fin definitivo. En el Antiguo Testamento se usa frecuentemente la frase El Día del Señor. Quería decir el día que los judíos esperaban que Dios interviniera directamente en la Historia, el día en que desaparecería el mundo antiguo y nacería un mundo nuevo, el Día del Juicio de toda la humanidad. Los cristianos asumieron esa idea, pero tomando El Día del Señor en el sentido de El Día del Señor Jesucristo, cuando Jesús volverá a la Tierra con todo Su poder y gloria.

Está claro que ese sería un día de juicio. Caedmon, uno de los poetas ingleses primitivos, trazó un cuadro del Día del Juicio en uno de sus poemas. Se figuró que la Cruz estaba en medio del mundo, y que de ella salía una luz extraña que tenía la cualidad de los rayos X de penetrar más allá de los disfraces de las cosas y de las personas, mostrándolas tal como eran. Pablo creía que, cuando llegara el juicio, el cristiano -es decir, la persona que está en Cristo- podría presentarse sin miedo, porque no estaría vestido con sus propios méritos, sino con los de Cristo, de tal manera que nadie podría echarle nada en cara.

Una iglesia dividida

Hermanos: Os suplico por el nombre de nuestro Señor Jesucristo que dirimáis vuestras diferencias y que hagáis todo lo posible para que no se produzcan divisiones entre vosotros, sino que estéis como una piña teniendo una misma mentalidad y una actitud en común. Porque he visto muy claro, hermanos, por la información que he recibido de los de la casa de Cloe, que hay brotes de peleas entre vosotros. Me refiero a eso de que cada uno va diciendo: « ¡Yo soy de Pablo!», o « ¡Yo soy de Apolos!», o «¡Yo soy de Cefas!», o «¡Yo soy de Cristo!» ¿Es que vais a repartiros a Cristo? ¿Fue Pablo crucificado por vosotros u os habéis bautizado en el nombre de Pablo? Por el giro que han tomado las cosas, me alegro de no haber bautizado a ninguno de vosotros más que a Crispo y a Gayo, para que nadie vaya por ahí diciendo que fue bautizado en mi nombre. Ahora que me acuerdo, también bauticé a la familia de Esteban; pero de los demás no sé si bauticé a ningún otro. Y es que Cristo no me mandó a bautizar, sino a proclamar el Evangelio; y eso, no con oratoria intelectual, no fuera que se vaciara de su eficacia la Cruz de Cristo.

Pablo inicia la tarea de remediar la situación que ha surgido en la iglesia de Corinto. Escribía desde Éfeso. Esclavos cristianos que pertenecían al establishment de una señora llamada Cloe habían tenido ocasión de visitar Corinto, y habían vuelto con la triste historia de la disensión y desunión.

Dos veces se dirige Pablo a los corintios llamándolos hermanos. Como el antiguo comentarista Beza dijo, «También en esa palabra hay escondida una razón.» Por el mismo uso de la palabra Pablo hace dos cosas. Primera, suaviza la reprensión dándola, no con la palmeta como un maestro de escuela, sino como alguien que no tiene más argumentos que los del amor. Segunda, debería habérseles ocurrido lo equivocadas que eran sus disensiones y divisiones. Eran hermanos, y deberían vivir unidos en amor fraternal.

Al tratar de aproximarlos, Pablo usa dos frases interesantes. Los exhorta a dirimir sus diferencias. La frase que usa es la habitual entre partidos hostiles que llegan a un acuerdo. Quiere que se suelden, un término médico que se refiere a los huesos que han estado fracturados, o que se coloque en posición una coyuntura dislocada. La desunión es contraria a la naturaleza y debe curarse para restaurar la salud y eficacia del cuerpo de la iglesia.

Pablo identifica a cuatro partidos en la iglesia de Corinto. No se han separado de la iglesia; las divisiones son por lo pronto internas. La palabra que usa para describirlas es sjísmata, que es la que se usa para una ropa que se rasga. La iglesia corintia corre peligro de ponerse tan fea como una ropa hecha jirones. Debe notarse que las grandes figuras de la Iglesia que se mencionan -Pablo, Cefas y Apolos- no tenían nada que ver con las divisiones. No había disensiones entre ellos. Sin su conocimiento y sin su consentimiento, aquellas facciones corintias se habían apropiado de sus nombres. No es infrecuente el que los supuestos partidarios de una figura le traigan más problemas que sus enemigos declarados. Echémosles una ojeada a estos partidos a ver si podemos descubrir lo que representaban.

(i) Había algunos que pretendían estar de parte de Pablo. Sin duda serían principalmente gentiles. Pablo siempre había predicado el Evangelio de la libertad cristiana y el fin de la ley. Es muy probable que los de este partido estaban convirtiendo la libertad en libertinaje, y usando el Cristianismo como excusa para hacer lo que les daba la gana. Bultmann ha dicho que el indicativo cristiano siempre conlleva el imperativo cristiano. Aquellos corintios habían olvidado que al indicativo de la Buena Nueva va unido inseparablemente el imperativo de la ética cristiana. Habían olvidado que eran salvos para ser libres del pecado, no libres para pecar.

(ii) Había algunos que pretendían estar de parte de Apolos. Tenemos un boceto de Apolos en Hechos 18:24. Era judío, de Alejandría, elocuente y versado en las Escrituras. Alejandría era un centro de actividad intelectual. Fue allí donde los estudiosos crearon la ciencia de la interpretación alegórica de las Escrituras, descubriendo los significados más recónditos en los pasajes más sencillos. Veamos un ejemplo de la clase de cosas que hacían. La epístola de Bernabé, una obra cristiana alejandrina cuya inclusión en el Nuevo Testamento se discutió durante un tiempo, deduce de la comparación de Génesis 14:14 con 18:23 que Abraham tenía 318 varones en su familia a los que había circuncidado. En griego se usan las letras como números, y el 18 se pone con la iota seguida de la eta, que son las dos primeras letras del nombre de Jesús (lésús); y 300 se indica en griego con la letra tau, que tiene la forma de la Cruz; por tanto, ¡este antiguo incidente es un anuncio de la muerte de Jesús en la Cruz! La erudición alejandrina estaba llena de cosas así. Además, los alejandrinos eran unos entusiastas de los recursos literarios. De hecho, eran personas que intelectualizaban el Evangelio. Los que se presentaban como partidarios de Apolos serian, sin duda, los intelectuales que se estaban dedicando a toda prisa a convertir el Evangelio en una filosofía.

(iii) Había algunos que pretendían estar de parte de Cefas. Cefas, o Kefa, era el apodo original de Pedro, Petros, y los dos quieren decir piedra. Estos serían muy probablemente judíos que trataban de enseñar que los cristianos tenían que observar la ley tradicional judía. Serian legalistas que exaltaban la ley aun a costa de rebajar la gracia.

(iv) Había algunos que pretendían estar de parte de Cristo. Esto puede querer decir una de dos cosas.

(a) No se usaban los signos de puntuación en los manuscritos antiguos griegos, ni se dejaba un espacio entre las palabras. Puede que aquí no se trate de otro partido corintio, sino del comentario de Pablo mismo. Tal vez deberíamos puntuarlo así: «Yo soy de Pablo», o «Yo soy de Apolos», o « Yo soy de Cefas»… ¡Pero yo soy de Cristo!» Bien puede ser esta la reacción de Pablo a toda esa desgraciada situación.

(b) Si no es eso y aquí se describe a otro partido, como ha dicho alguien, « ¡Serían los peores!»: puede que fueran una secta rígida e intolerante que pretendían ser los únicos cristianos que había en Corinto. El mal no estaba en decir que pertenecían a Cristo, sino en actuar como si Cristo les perteneciera exclusivamente a ellos. No hay que pensar que Pablo menospreciara el Bautismo. Los que él mismo bautizó eran conversos muy especiales.

Esteban fue probablemente el primer convertido (1 Corintios 16:15); Crispo había sido antes nada menos que el moderador de la sinagoga de Corinto (Hechos 18:8); Gayo probablemente había hospedado a Pablo (Romanos 16:23). Lo que Pablo quiere subrayar aquí es que el Bautismo era hacia dentro del nombre de Jesús: que representa nuestra incorporación a la Iglesia, que es el Cuerpo de Cristo.

La frase en griego implica la más íntima conexión posible. En griego eis, en inglés into, quieren decir hacia dentro. El dar dinero eis el nombre de alguien quería decir meterlo en su cuenta. El vender a un esclavo eis el nombre de una persona era pasarlo a su indiscutible posesión. Un soldado juraba lealtad eis el nombre del César; pertenecía totalmente al emperador. Hacia dentro del nombre de implica absoluta posesión. En la Iglesia implicaba todavía más: no sólo que el cristiano era posesión de Cristo, sino que, de alguna manera, estaba identificado con Él. Lo que Pablo está diciendo es: «Me alegro de haber estado tan ocupado predicando; porque, si hubiera bautizado, a lo mejor os habría hecho creer que por ello estabais conmigo en esa relación tan absoluta que no tenéis realmente nada más que con Cristo.» No es que para él el Bautismo fuera algo que no tenía importancia, sino que tenía tanta que no se podían correr riesgos con él. Pablo estaba contento de no haber hecho nada que pudiera haberse interpuesto en la relación que los convertidos debían tener solamente con Cristo.

Pablo no se proponía más que presentar lo más claramente posible delante de las personas la Cruz de Cristo. El decorar la historia de la Cruz con retórica o dialéctica habría hecho que las personas prestaran más atención al lenguaje que al mensaje. El propósito de Pablo era poner a la gente, no ante sí mismo, sino ante Cristo en toda Su absoluta grandeza.

Escándalo para los judios y estupidez para los griegos

Porque la historia de la Cruz les parece una estupidez a los que siguen el camino que lleva a la destrucción, pero es el poder de Dios para los que estamos en el camino de la Salvación. Por algo dice la Escritura: «Borraré la sabiduría de los sabios, y anularé la listeza de los listos.» ¿Qué ha sido de los sabios? ¿Y qué de los expertos en la ley? ¿Adónde han ido a parar los que discutían acerca de la sabiduría de este mundo? ¿Es que no ha dejado Dios la sabiduría de este mundo como pura necedad? Porque cuando vio la sabiduría de Dios que el mundo, con toda su sabiduría, no llegaba a conocerle, Le plugo a Dios salvar a los que creen con lo que llama la gente la estupidez que proclama el mensaje cristiano. Y es que dos judíos no quieren más que señales, y los griegos, sabiduría; pero nosotros proclamamos a un Cristo en una Cruz, blasfemia flagrante para los judíos e insultante estupidez para los griegos; pero para los llamados por Dios, tanto de los judíos como de los griegos, Cristo es el poder de Dios y la sabiduría de Dios; y es que cuando Dios actúa como necio demuestra más sabiduría que toda la humanidad, y cuando Se presenta como impotente, es más fuerte que toda la humanidad.

Tanto a los cultos griegos como a los piadosos judíos, lo que contaban los cristianos les sonaba a pura necedad. Pablo empieza haciendo un uso libre de dos citas de lsaías (29:14, y 33:18) para demostrar que la mera sabiduría humana está abocada al fracaso. Cita el hecho innegable de que, con toda su sabiduría, el mundo no ha llegado a encontrar a Dios, y sigue buscándole a tientas. Esa búsqueda le ha sido asignada por Dios para que comprenda su propia incapacidad, y prepararle el ‹camino para la aceptación del Que es el único Camino.

¿Cuál era, entonces, el Mensaje cristiano? Si estudiamos los cuatro grandes sermones del Libro de los Hechos (2:14-39; 3:12-26; 4:8-12, y 10:36-43) nos encontramos con que hay ciertos elementos constantes en la predicación cristiana.

(i) Se anuncia que el gran momento prometido por Dios ha llegado.

(ii) Se presenta un resumen de la vida, muerte y resurrección de Jesús.

(iii) Se afirma que todo aquello ha sido el cumplimiento de la profecía.

(iv) Se anuncia que Jesús volverá otra vez.

(v) Se invita a los oyentes a que se arrepientan y reciban el don del Epíritu Santo que Dios había prometido.

(i) Para los judíos, eso era un escándalo por dos razones.

(a) Para ellos era inaceptable el que Uno que había acabado Su vida en una Cruz pidiera ser el Escogido de Dios. Señalaban a su ley, que declaraba de forma inconfundible: «¡Maldito por Dios es el colgado!» (Deuteronomio 21:23). Para los judíos, el hecho de la crucifixión descartaba definitivamente el que Jesús pudiera ser el Hijo de Dios. Puede parecernos extraordinario; pero, hasta con Isaías 53 delante de los ojos, los judíos no habían soñado jamás con un Mesías doliente. La Cruz era y es para los judíos la barrera infranqueable para creer que Jesús es el Mesías prometido.

(b) Los judíos no querían más que señales. Cuando llegara la edad dorada de Dios, se esperaba que se produjeran hechos sorprendentes. Por el tiempo en que Pablo estaba escribiendo, hubo una cosecha abundante de falsos mesías, cada uno de los cuales sedujo al pueblo a que le aceptara prometiéndole alguna señal maravillosa. En el año 45 d.C. surgió un tal Teudas. Había convencido a miles de personas a que dejaran sus hogares y le siguieran al Jordán, prometiéndoles que las aguas se dividirían a su voz de mando y ellos pasarían en seco. En el año 54 d.C. llegó uno de Egipto a Jerusalén que pretendía ser el Profeta.

Persuadió a treinta mil personas a que le siguieran al monte de los Olivos, prometiéndoles que a su palabra se derrumbarían los muros de Jerusalén. Esas eran las cosas que los judíos esperaban. En Jesús veían a Uno Que era manso y humilde, Que evitaba intencionadamente todo lo espectacular, Que servía a los necesitados, Que acabó en una Cruz… y Que no se parecía en nada a la imagen que se habían forjado del Escogido de Dios.

(ii) Para los griegos, ese Mensaje no tenía el menor sentido. Aquí también había dos razones.

(a) Para los griegos, la cualidad característica de Dios era la apatheía, que quería decir mucho más que su derivada española, apatía; quería decir una incapacidad total para sentir. Lo razonaban diciendo que, si Dios pudiera sentir alegría o tristeza, eso querría decir que algo Le podía afectar; y, por tanto, era mayor que Dios. Así que Dios tenía que ser incapaz de sentir nada, para que nada Le pueda afectar. Un Dios doliente era para los griegos una contradicción en términos.

Aún iban más lejos. Plutarco declaraba que era insultar a Dios el implicarle en los asuntos humanos. Por necesidad, Dios era inasequible. La mera idea de una encarnación, de que Dios Se hiciera hombre, era repulsiva para la mentalidad griega. Agustín, que era un gran pensador desde mucho antes de convertirse al Cristianismo, dijo que había encontrado paralelos a muchas de las enseñanzas cristianas; pero hubo algo, dijo, que nunca encontró: que «la Palabra Se hizo carne, y habitó entre nosotros.» Celso, que con tanto vigor atacó el Cristianismo a finales del siglo II d.C., escribía: «Dios es bueno y hermoso y feliz, y es por ello por lo que es más hermoso y bueno. Entonces, si «descendiera a los hombres,» eso supondría un cambio para Él, y un cambio de bueno a malo, de hermoso a feo y de feliz a desgraciado, de lo mejor a lo peor. ¿Quién escogería ese cambio? Porque a lo mortal le es natural cambiar y cambiarse; pero a lo inmortal, el permanecer inalterable eternamente. Dios no podría aceptar tal cambio.» Para un pensador griego la encarnación era absolutamente inconcebible. Para los que pensaban de esa forma era increíble el que Uno que había sufrido como Jesús pudiera ser el Hijo de Dios.

(b) Los griegos buscaban la sabiduría. La palabra sofista viene del griego, y quería decir en un principio sabio en el buen sentido de la palabra; pero llegó a significar una persona lista de mente y astuta de lengua, un acróbata intelectual, de retórica alucinante y persuasiva, que podía presentar el mal como un bien; llegó a querer decir el palabrero que se pasa la vida discutiendo pelillos sin importancia, sin ningún interés en encontrar soluciones, sino sólo en dedicarse a la prestidigitación intelectual. Dión Crisóstomo los describe de la siguiente manera: «Croan como las ranas en el pantano; son de lo más miserables porque, aunque ignorantes, se creen sabios; son como pavos reales, desplegando su reputación y el número de sus discípulos como hacen los pavos reales con la cola.»

Es imposible exagerar la influencia fantástica que ejercía en Grecia el retórico de pico de oro.. Ya Plutarco decía: «Suavizan la voz con cadencias musicales y modulaciones de tono y resonancias de eco.» No pensaban en lo que estaban diciendo, sino en cómo decirlo para recibir aplausos. Sus ideas podían estar envenenadas, siempre que estuvieran envueltas en una expresión meliflua. Filostrato nos cuenta que el sofista Adriano tenía tanta fama en Roma que, cuando llegaba su pregonero con la noticia de que iba a dar una conferencia, se vaciaba el senado y hasta se perdía los juegos la gente para oírle.

Dión Crisóstomo traza una caricatura de esos llamados « sabios» y de sus competiciones en el mismo Corinto, en los juegos ístmicos: «Podrás oír a muchos de esos desgraciados sofistas chillándose e insultándose unos a otros, y a sus discípulos, como los llaman, disputando; y muchos autores de libros leyendo sus estúpidas producciones, y muchos poetastros cantando sus poemas, y muchos juglares exhibiendo sus gracias, y muchos adivinos interpretando señales, y miríadas de retóricos enrevesando pleitos, e innumerables comerciantes pregonando sus diversas mercancías.» Los griegos se drogaban con palabras altisonantes; el predicador cristiano con su Mensaje escueto les parecía una figura tosca, inculta y ridícula, que más provocaba la risa que la atención.

La gloria de la vergüenza

Hermanos: No tenéis más que fijaros en quiénes sois los que Dios ha llamado. Está claro que no hay muchos entre vosotros de los que el mundo considera sabios, ni muchos poderosos, ni muchos aristócratas; sino que a los que Dios ha escogido ha sido a los que el mundo considera ignorantes, para vergüenza de los sabios; y a los que el mundo tiene por débiles, para vergüenza de los fuertes; y a los parias y a los marginados y a los que no cuentan para nada en el mundo, para anular a los que se creen algo, para que nadie se las pueda dar de nada delante de Dios.

Es a Dios a Quien Le debemos el estar en Jesucristo, a Quien Dios ha hecho que sea para nosotros la única sabiduría, y justicia, y santidad, y libertad, para que se haga realidad en nosotros lo que dice la Escritura: «¡EL que quiera estar orgulloso de algo, que lo esté del Señor!»

Pablo se siente orgulloso del hecho de que la mayor parte de los miembros de la Iglesia fueran la gente más sencilla y humilde que se podía encontrar en el mundo. No debemos creer que la Iglesia Primitiva estaba formada exclusivamente por esclavos. En el Nuevo Testamento también se mencionan convertidos que procedían de los estratos más elevados de la sociedad. Entre ellos recordamos a Dionisio de Atenas (Hechos 17:34), Sergio Paulo, procónsul de Creta (Hechos 13:6-12); las señoras de la nobleza de Tesalónica y Berea (Hechos 17:4,12), y Erasto, tesorero de la ciudad, posiblemente, de Corinto (Romanos 16:23). En el tiempo de Nerón, Pomponia Grecina, la mujer de Plautio, el conquistador de Britania, fue ejecutada por ser cristiana. En el tiempo de Domiciano, la segunda mitad del siglo I, Flavio Clemente, que era primo del Emperador, también fue un mártir cristiano. A finales del siglo II, Plinio, el gobernador de Bitinia, le escribe al emperador Trajano que los cristianos procedían de todas las clases sociales. Pero sigue siendo verdad que la gran masa de cristianos eran gente normal y corriente.

Allá por el año 178 d.C., Celso escribió uno de los ataques más amargos que se hayan escrito jamás contra el Cristianismo.

Era precisamente la atracción que ejercía el Cristianismo entre la gente sencilla lo que más ridiculizaba. Denunciaba que el punto de vista cristiano era: « ¡Que no se acerque por aquí ninguna persona culta, ni inteligente, ni sensata, porque todo eso es del diablo! Pero si hay algún ignorante, sin sentido ni cultura, o algún idiota, ¡que venga sin miedo!» De los cristianos escribía: « Los vemos en sus casas: tejedores, zapateros y abatanadores; la gente más vulgar y analfabeta.» Decía que los cristianos eran «enjambre de mosquitos, u hormigas saliendo a rastras de su hormiguero, o ranas celebrando un simposio en un pantano, o gusanos en un conventículo de barro.»

Esa era precisamente la gloria del Cristianismo. Había sesenta millones de esclavos en el imperio romano. A los ojos de la ley, un esclavo no era más que «una herramienta viva,» es decir, no una persona sino una cosa. Un amo podía tirar un esclavo viejo como si fuera una azada o una hoz. Se podía divertir torturando a sus esclavos, o matándolos. Para ellos no existía la posibilidad del matrimonio; y, si tenían hijos porque al amo le convenía, eran propiedad del amo como los corderos del rebaño, que no pertenecían a las ovejas sino al pastor. El Cristianismo convirtió a gentes que eran cosas en hombres y mujeres de verdad; más aún: en hijos e hijas de Dios. Dio a los indignos una dignidad propia; a los que no tenían vida personal, la vida eterna. Les dijo a esas personas que, si no importaban para la sociedad, sí Le importaban inmensamente a Dios. Les dijo que, si no tenían ningún valor a los ojos del mundo, a Dios Le habían costado la sangre de Su Hijo y, por tanto, tenían un valor incalculable. El Cristianismo era, y aún es, lo que redime y eleva más a la persona en todo el universo.

La cita con la que Pablo termina esta párrafo procede de Jeremías 9:23-24. Como dijo Bultmann, el pecado fundamental es la autoafirmación, o el deseo de ser reconocido. La verdadera religión empieza solamente cuando nos damos cuenta de que no podemos hacer nada por nosotros mismos y que Dios es el Que puede hacer y lo hará todo. El hecho alucinante de la vida es que son las personas que se dan cuenta de su debilidad e ignorancia las que son fuertes y sabias a fin de cuentas. Es un hecho de la experiencia que el que se cree que puede arrostrar la vida por sí solo es el que suele sufrir naufragio.

Debemos fijarnos en las cuatro cosas en que insiste Pablo que Cristo es para nosotros.

(i) Sabiduría. Sólo siguiéndole a Él vamos por el buen camino, y sólo escuchándole a Él oímos la verdad. Jesús es el experto en la vida.

(ii) Integridad. En los escritos de Pablo, integridad (R-V, justicia) quiere decir la debida relación con Dios. Por nuestro propio esfuerzo nunca podremos alcanzarla; solamente es nuestra cuando nos damos cuenta por medio de Jesucristo de que no es por lo que nosotros podamos hacer por Dios, sino por lo que El ha hecho por nosotros.

(iii) Consagración. Es solamente en la presencia de Cristo cuando la vida puede llegar a ser lo que debe ser. Epicuro solía decirles a sus discípulos: « Vivid como si Epicuro os estuviera viendo siempre.» No hay «como sí» en nuestra relación con Cristo. El cristiano camina con Él, y sólo en Su compañía puede mantener su conducta sin mancha de este mundo.

(iv) Liberación. Diógenes solía quejarse de que la gente siempre esté yendo al oculista y al dentista, pero nunca acude a la persona (quería decir el filósofo) que puede curarle el alma. Jesucristo es el único que puede librarnos del pecado pasado, de la impotencia presente y del miedo al futuro. Es el emancipador de la esclavitud del pecado y del yo.

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